El Vendaval

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El autor, perplejo ante el vendaval

Releo mis comentarios en esta feria de bitácoras, y me hago cruces de mi propia insolencia. Si no fuera un intelectual compulsivo, dejaría de escribir. El planeta está saturado de palabras. El ciberespacio debe ser un estropajo verbal pringado de bazofia.

¿Qué sabemos de nuestro mundo? ¿Qué conocemos de nuestra condición y de nuestras circunstancias? De acuerdo a las academias, las bibliotecas especializadas, las universidades y los ministerios de cultura, muchísimo.

¿Cómo es posible que, sabiendo tanto, estemos empantanados  física, moral, política y científicamente?

Ni siquiera juntando los conocimientos (supuestos y reales) de los siete mil millones de habitantes del planeta podemos añadir una pizca de luz a nuestra ignorancia.

El vendaval de hipótesis, teorías, acertijos, soluciones y arbitrios sobre la crisis que atraviesa la prosperidad occidental agita todavía más el turbio panorama. ¿Serviría de algo que nos calláramos todos un par de horas, un par de días? ¿Aliviaría algo nuestros males que la Red se quedara muda un rato?

Lo peor de todo son los pronósticos, que caen sobre nosotros como un bombardeo de metralla.  El futuro que se cierne sobre este aturdidor presente no será ni como lo esperamos, ni como lo deseamos, ni como lo tememos ni como lo anticipamos geoestratégica, científica, lógicamente. Sólo basta con echar una ojeada a las predicciones que se han sucedido a lo largo de la historia. Ni siquiera las que se han hecho en los últimos tiempos, sirviéndose de máquinas, de imaginación, de modelos informatizados, dan cerca del blanco.

¿Nos conquistarán los chinos? ¿Echarán a puntapiés a España del Euro? ¿Nos devorarán las deudas? ¿Se derrumbará la Bolsa? ¿Será la próxima generación la más desdichada de los últimos siglos?

Enviemos a la porra  a los jeremías. Démosle la espalda al pesimismo. Entreguémonos a la confianza. Rompamos los moldes de viejas morales enquistadas en el miedo. Desnudémonos de prejuicios y obsesiones. Hagamos oídos sordos a los que nos previenen de guerras (aunque sean nuestras propias voces), que es lo que inevitablemente sucedería si las cosas siguen como dicen que son.

Pongámonos a la cola del Sistema, dejemos que el Sistema se separe de nosotros, que continúe su deriva esquizofrénica, paranoica. Saludémonos y tratémonos como personas dignas de razón. Dejemos que los fanáticos de la riqueza, del consumo, del crecimiento, nos adelanten.  Clamemos para que llueva  a cántaros. Volvámonos perezosos, insumisos, perroflautas (cada cual a  su modo). Despidámonos del progreso. Si el mundo está a la deriva, no hagamos nada por dirigirlo, él solito encontrará su rumbo. A la porra los dogmas, las doctrinas, las ideologías. Viva yo, vivas tú y todos los que queremos vivir con tranquilidad y decencia y desean lo mismo para sus semejantes.

Al final, va a estar bien eso de recurrir a la utopía, que como no tiene lugar, puede aparecer en cualquier parte.

 

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Un comentario sobre “El Vendaval

    Joan escribió:
    14/04/2012 en 18:46

    Totalmente de acuerdo. Es un principio…

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