Fallas y Caos

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Significativos paralelismos encuentro yo entre la fiesta y los ritos falleros y los ritos sociales y económicos que nos han conducido a este Caos Crítico en el que llevamos varios años como náufragos.

La fiesta de las Fallas es la fiesta del exceso. ¿Qué mayor exceso que quemar literalmente dinero? Este sinsentido viene acompañado de correspondientes desmesuras: ruido atronador, interrupción absoluta de las rutinas de tránsito, procesiones interminables, cuchipanda a todas horas, iluminaciones disparatadas…

Dar rienda al exceso es un recurso antiguo como la humanidad. Lo practicaban griegos y romanos, y garantizaban la cohesión social abriendo espitas a las frustraciones diarias. Las Fallas casi se superponen con las Carnestolendas, y en la ciudad de Valencia las sustituyen como fiesta de la primavera.

            El turismo ha sido el gran detonante del exceso fallero en la segunda mitad del siglo XX. En beneficio del turismo se construyen monumentos formidables, se realizan públicamente actos cortesanos disfrazados de religiosidad, se desencadena un programa de truenos, rayos y centellas a diario, se despliegan en las calles cientos de chiringuitos gastronómicos, y se invierte la rutina urbana: supuestamente se deja de trabajar y se dedica todo el tiempo posible, algunos las 24 horas, al ocio.

Esta imagen es por completo ficticia, la ha inventado la publicidad. Cuando uno recorre los casales y los solares falleros (excluidos los de fallas monstruosamente grandes) estos días, encuentra estampas aparentemente idílicas: grupos de vecinos jugando al dominó en las aceras, mamás paseando a los niños, multitudes de criaturas de todas las edades haciendo estallar petardos, terrazas de bar improvisadas llenas de consumidores joviales, y sobre todo turistas a manta sacando fotos a todo lo que se menea y a todo lo que brilla en esta policromía mediterránea que inventaron en Creta hace tres mil y pico años.

Estas personas que practican juegos de mesa apaciblemente, las mamás que vigilan a los niños, todos implicados en las Fallas han trabajado como negros para poder derrochar en cuatro días lo ganado en un año. Y siguen trabajando. Porque los monumentos no se levantan solos, los chiringuitos no están atendidos por robots, las fiestas no se improvisan.

Lo cierto es que detrás de cada fiesta mayúscula hay una falacia mayúscula, pero esa es la esencia del divertimento: no importa lo que gastemos, no importa lo que nos cueste física y mentalmente, no importa si nos empeñamos, no importa ningún tipo de molestia que nos demos y que hagamos pagar a los demás. Lo que importa es que nos lo pasemos en grande durante cinco días. El supuesto es tan fuerte, que se convierte en realidad a toda costa.

El paralelismo con el Caos Crítico presente es tan obvio que no hace falta ni buscar elementos similares. La esencia es el dispendio, el derroche.

La diferencia entre las Fallas y el Caos Crítico es que la fiesta valenciana está sistematizada, organizada, programada, presupuestada, ritualizada al máximo. Nada hay que se escape del control establecido entre la autoridad competente y la autoridad sin autoridad de la sociedad civil organizada en casales. Posiblemente las Fallas dejen víctimas, personas que se arruinan, otras que pierden una mano por hacer el gamberro con la pólvora, los ciudadanos no falleros que soportamos estoica o desesperadamente el cachondeo a toda pastilla de los alegres falleros. Todo eso está previsto.

El Caos Crítico presente es otra cosa. Lo hemos organizado todos con nuestro ritmo de vida desenfrenado, con las hipotecas, con el uso inmoderado de las tarjetas y de los créditos. La han fomentado los bancos, los gobiernos nacionales, autonómicos, locales, los medios de comunicación.

Aparentemente, igual que las Fallas, somos responsables de lo que estamos haciendo. Pero esto no es así. No hay control, no hay organización, no hay nada más que un mercado en ebullición en el que todos nos sentíamos tan contentos. Era la fiesta perpetua, no se limitaba a unos días, no tenía un principio, un clímax y un final.

Dicen que los días de fiesta han pasado, que ahora tenemos que empezar a vivir de otra manera. Nueva falacia. El objetivo es sacrificarnos para volver a la fiesta cuanto antes. Como si la vida humana tuviera un calendario parecido al fallero: trabajar, ahorrar, construir, y luego en cinco días, pegarle fuego a todo, emborracharnos de alcohol y de ruido, descansar un poquito y volver a empezar.

Pues no. La vida humana no es una fiesta, por mucho que nos hayamos creído esa tontería del estado del bienestar. La vida tiene fiestas. Pero la vida no es una fiesta. Ya lo dejó escrito Hemingway.

La razón nos asista.

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Un comentario sobre “Fallas y Caos

    Joan escribió:
    16/03/2012 en 22:07

    Buena descripción de los excesos de un sistema que pretende comercializar la alienacion, y exprimir la desesperanza.

    Pero el aspecto lúdico, cítico, cohesionador social, y sincronizador con los ritmos cósmicos que estas fiestas celebran, creo que es recuperable. Celebrar el desprendimiento de lo viejo, para concentrarse en lo nuevo, es un ejercicio que nos puede mantener en una eterna juventud ilusionada.

    Con el espíritu nuevo de la austeridad y el respeto, claro, pero no renunciando a una expresión de la comunidad que se siente viva, capaz de reir, cantar y bailar contra viento y marea, rompedora y crítica con lo viejo… esperanzada contra toda esperanza.

    ¿Sería posible repensar desde la ciudadanía esa fiesta tan antigua y arraigada? ¿No cabría un mañana diferente, solo porque ayer se corrompió la tradición?

    Los valencianos no podemos dejar que el dinero nos robe la tradición, pero tampoco podemos renunciar a esta por los excesos de aquel.

    Tal vez tengamos que «quemar estas fallas», para encontrar entre todos otra forma de saludar el nuevo ciclo solar. Y «quemar lo viejo» es un simbolismo y una costrumbre que sería interesante no perder.

    Todo es cuestión de conversar sobre el tema, y ya veremos…

    Joan

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