Calcuta

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Energía biológica

La política es el dominio de la razón. Da igual la fórmula de gobierno, despótica, tiránica, absolutista, democrática, socialdemocrática o socialista. Cuando los gobernantes ponen por encima de la razón el interés privado o partidista, la ideología, la doctrina, la fantasía política, la sociedad se va al garete o se enfrenta a algún vecino que no tiene culpa de la estupidez o el fanatismo de los gobernantes irrazonables.

En Occidente, lo segundo es hoy imposible. Sólo una catástrofe inconcebible azuzaría a los españoles contra los franceses, a los franceses contra los ingleses o a los ingleses contra los alemanes. En términos intercontinentales, las grandes potencias tampoco pueden permitirse un conflicto armado, porque la consecuencia inevitable sería la destrucción de gran parte del planeta. Así pues, los escenarios bélicos probables para encubrir la incapacidad, tozudez o estupidez de los gobernantes de los países privilegiados se limitan a unos pocos espacios propicios, y entre ellos el más adecuado ahora mismo es Oriente Medio, en concreto Irán.

Las voces sensatas del planeta deben de alzarse para evitar una guerra en Irán o contra Irán. Porque las consecuencias de tal conflicto es casi seguro que desbordarían el territorio limitado en el que supuestamente se desarrollaría. China está bastante harta de la incompetencia del capitalismo (al que sus mandarines se han vinculado con jovial cinismo), y a Rusia no le vendría mal una excusa externa para hacer olvidar a sus ciudadanos que podrían vivir mejor sin la casta corrupta que les dirige.

Por otro lado, si la guerra contra o en Irán no se desata, el fracaso de los políticos occidentales supuestamente democráticos será evidente. La llamada crisis o recesión económica se les ha escapado ya de las manos, y sencillamente no saben qué hacer.

Por ejemplo, Europa es hoy un ancho río revuelto. En España, país montañoso y de corrientes menos caudalosas, las aguas se revuelven más y bajan todavía más turbias.

Si la incapacidad política de los dirigentes europeos de allende los Pirineos y norteamericanos es palmaria, la ceguera de los políticos y las elites económicas españolas es escalofriante. En España se emiten y se publican opiniones y propuestas disparatadas, que quieren hacerse pasar por grandes hallazgos.

Por un lado están los discursos demagógicos. Por otro, los discursos bandoleros.

Las izquierdas acusan al gobierno de derechas de haber urdido un plan para hundir en la miseria a los trabajadores. La derecha se defiende, es decir, da por descontado que algo de razón tiene la izquierda y, como mejor argumento, atribuye a las izquierdas la responsabilidad exclusiva del hundimiento de la economía en el país.

La demagogia es un recurso extremo, de extrema izquierda y de extrema derecha. ¿Por qué lo emplean los políticos españoles de hoy con tanta libertad, si el ámbito parlamentario está dominado por el centro? Sólo hay una respuesta, por estupidez, por ignorancia por incompetencia.

Si la demagogia es una exclusiva de los políticos, el bandolerismo suele ser practicado por los magnates de la economía y los que aspiran a serlo.

Lo que algunos reputados empresarios están diciendo sobre la aplicación de la reforma laboral es sencillamente repugnante. Habrá que trabajar más y cobrar menos, las vacaciones se tendrán que reducir y aprendamos de los chinos, son los grandes lemas de individuos que creen ser poderosos porque valen más que el resto de los mortales y por designación de la diosa Fortuna.

Por su lado, los sindicatos responden con diatribas hueras. En un país con los millones de parados que parece tener el nuestro, los sindicatos se están quedando sin clientela, y ante este problema, lo único que se les ocurre es recurrir a argumentos del siglo XIX, cuando parecía evidente que sólo acabando con el capitalismo se impondría la justicia social.

La causa eficiente de los males que afligen a la economía mundial hoy se resumen en una palabra con ecos morales: despilfarro y, en ocasiones, saqueo.

O se termina con esa forma de producir, de comprar, de vivir, de gozar, de sufrir, o el planeta se convertirá en una inmensa Calcuta, pero dominada no por la inercia vital y la resignación sino por la ley del más fuerte.

En 1969 Louis Malle filmó un documental descarnado en esa ciudad. Descarnado quiere decir que grabó lo que veía y lo montó sin someterse a ningún plan preconcebido. Lo que en ella se muestra es a multitudes de personas por la calle, la mayoría activas, pero muchas de ellas tiradas en el suelo, enfermas, moribundas o simplemente desocupadas. La Calcuta de hoy no es la misma que la de 1969, un basurero donde las personas sobrevivían inexplicablemente, a pesar de la suciedad, la miseria y la hacinación. La observación de la Calcuta de Malle me hace deducir que la fuerza cohesiva de aquella población era una energía biológica, la inercia vital, la aceptación sin reproches del escenario de su existencia, una tradición religiosa que impregna la mayoría de las actividades cotidianas de los habitantes.

No he estado en Calcuta ni me apetece visitarla, porque me parece el más insoportable de todos los escenarios en los que un ser humano puede vivir, descontados los escenarios bélicos. Pero se me ocurre que esa Calcuta de 1969 es el modelo al que vamos de cabeza si la inepcia y la codicia, la demagogia y el bandolerismo continúan dominando en Occidente.

La razón nos asista.

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Un comentario sobre “Calcuta

    Antonia Bueno Mingallón escribió:
    09/03/2012 en 13:59

    De acuerdo en todo menos en la primera afirmación. Yo no creo que la política es el dominio de la razón. Más bien, la apariencia de razón para encubrir diversas formas de sinrazones, abusos e incluso barbaries.
    Efectivamente, como dice la última frase: “La razón nos asista.” Porque los políticos ya no pueden asistirnos.

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