LA LIBERTAD PRIVILEGIADA DE JONATHAN FRANZEN

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Ejercicio de Artistas

Me prometí a mí mismo en público, es decir, en esta bitácora, que leería y comentaría Freedom, Libertad, la agasajada novela de Jonathan Franzen, que dice venderse como rosquillas entre el público culto. Compré el libro en septiembre en la estación de ferrocarril de Nurenberga, y lo puse en la cola de novelas por leer. La edición en inglés (“Freedom. A Novel”. Picador. NY 2011.) tiene 706 páginas. He  llegado exactamente a la mitad, pág 349, y la he devuelto a la estantería.

Lo que me incitó a leer Libertad, además de la buena prensa que acompañaba a su publicación, fue unas afirmaciones de Franzen publicadas en 1996 y exhumadas con motivo de la campaña publicitaria de Freedom. En un ensayo publicado en la pulcra revista Harper’s, dijo que la gran novela de crítica social había muerto, y que él se proponía resucitarla. Franzen salvaba la cara de De Lillo, de Pynchon y de algún otro autor norteamericano, al decir de ellos que estaban menospreciados, dirigiendo el pecado  a la literatura anglosajona llamada mainstream, popular.

Lo poco que conozco de ella me hizo reaccionar con una miajita de ira. Me parecía una fantasmada que un joven novelista sin currículum voceara cosas así en público. Alguien que está convencido en serio de poder renovar algo oxidado en la cultura, arriesga mucho anunciando su propósito, y deja ver que no es precisamente un tipo sensato, sino, quizá, todo lo contrario.

He leído a John Irving, a Richard Russo, a Ian McEwan, Kazuo Ishiguru, y tengo referencias de otros autores anglosajones  como Martin Amis. Afirmar que la gran novela de crítica social ha muerto es abofetear a estos autores y a algunos más.

Después de leer Freedom confirmo mi sospecha de que a Franzen se le llenó la boca  al pretender salvar a la literatura. Es un buen escritor, pero en absoluto mejor que los citados. No he abandonado su novela por una inflación de ira, sino  por aburrimiento.

Me ha pasado lo mismo con Dickens, con Balzac, con Zola, con Benito Pérez Galdós, incluso con Clarín. Los periodos largos, la concatenación de subordinadas, las precisiones secundarias incrustadas en la narración de hechos principales, todo esto me fatiga, sin duda porque mi  percepción se ha acostumbrado a la tuitera pasión sintética de lo postmoderno.

He leído diálogos y situaciones de Libertad que se me hacían larguísimos. Estoy seguro que a Franzen le parecían necesariamente amplios. Pues, muy bien.

Quería escuchar los ecos de nuestro tiempo en los textos de un novelista yanqui. Por eso compré la edición en inglés. Y sólo he conseguido oír esos ecos a medias. Me ha costado penetrar en el lenguaje de Franzen. Emplea angloamericanismos con los que no estoy familiarizado, de clases sociales similares a la progresía española. Angloamericanismos que no vienen en los diccionarios que poseo. Y no tenía ganas de leer la novela al lado de un ordenador. Así que me he quedado con las ganas de saborear las delicias que Franzen ha preparado a sus lectores.

Otra cosa que he advertido en la novela es la intervención moral del autor en las acciones de sus personajes, algo que, por ejemplo, su admirado De Lillo no hace.

He aguantado el relato desolado de Patty, pero al entrar el novelista en el hijo de esta progre (en Norteamérica se les llama liberals) colmada de frustraciones he empezado a aburrirme.

Me gustaría saber qué piensa Franzen de Michel Houellebecq. Este francés es el novelista europeo de la sordidez que alberga la clase media educada de su patria, extensible a casi todos los países que hoy disfrutamos y padecemos el euro. La sordidez de Franzen es mucho más llevadera, aunque coincide con los novelistas sórdidos en ignorar la parte no sórdida de sus personajes. A mí, Houellebecq no me gusta en absoluto. Tampoco me gusta Belén Gopegui, en cierto modo la representante de la novela sórdida española, y es una excelente narradora.

Acabo con una referencia a la impregnación política o ideológica de Freedom. Dice su autor que estuvo atascado durante los años de la presidencia de Bush, pero que en cuanto Obama fue elegido presidente, le llegó la fluidez. Esto me parece una muestra de idiocia. Algo curioso, porque estoy seguro de que Franzen es bastante menos idiota que los personajes que retrata con tan pesada precisión.

En resumen, temo que la estrella de Franzen brillará menos de lo que él esperaba que lo hiciera, desde luego por proponerse salvar la literatura anglosajona de un naufragio inexistente.

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