Los papeles de Rajoy

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Los debates televisados entre candidatos se han convertido en un elemento imprescindible de la democracia. No me parece que esta proposición sea cierta, porque quienes la promueven tienen intereses creados: los medios de comunicación. El debate Rubalcaba – Rajoy (Ra vs Ru) habría pasado desapercibido sin el aparato propagandístico que lo precedió y el circo mediático que lo envolvió. Esto no es una crítica, sino la constatación de una falacia. Los urdidores de los Mass Media se han empeñado en que si no estás en ellos no existes, y casi todo el mundo lo da por bueno. La realidad desmiente semejante infundio, porque las ciudades y los pueblos están llenos de personas con algún rasgo extraordinario, que son perfectos desconocidos incluso para sus vecinos.

Me han llamado la atención ciertas reacciones de los formadores de opinión radiofónicos, que son los que escucho con cierta regularidad. La de saliva que habrán gastado discutiendo si ganó Ru o ganó Ra. Alguna opinión he escuchado lamentando que se hubieran dejado fuera del debate temas candentes como la corrupción política. Sospecho que la decisión o el acuerdo de hacerlo se basaba en la fundada sospecha por parte de los políticos de que la población está bastante harta de sus corruptelas y de los pugilatos que se derivan de ellas, sin que nadie haga lo más mínimo por remediarlas. Ahorrémonos esta vergüenza, deben haber pensado.

Pero lo más indecente de todo es la formalidad de las críticas que hacen los opinadores de uno y otro bando. Lo decisivo es cómo han actuado, cómo han hablado, si han hecho rictus con la boca o no, si sudaban o si se les secaba la boca, si su mirada revelaba nerviosismo, si sus gestos manifestaban segmentos malévolos ocultos a la luz pública… Lo que dijeron, a lo que se comprometieron, lo que se resistieron a confesar, todo eso parece carecer de importancia.

Entre las observaciones más chuscas está la de los papeles de Ra, y la naturalidad de Ru. No puedo evitar indignarme ante este supuesto análisis. Es que la tele es imagen, y hay que cuidarla, dicen. Pues llevando el argumento al extremo, vamos a promover como candidatos políticos sólo a aquellos que sean jóvenes, guapos, versátiles, fotogénicos, graciosos y con una retórica de teleserie, porque son los más televisivos. Convirtámos el ejercicio de la política en un show guionizado, todo el poder para los guionistas. Fuera los políticos y las políticas sin salero y feos de cara, aunque sean fabulosos economistas, aunque sean negociadores natos, aunque tengan experiencia nacional e internacional, aunque sepan idiomas. Nada, lo único que vale es que no miren a los papeles, que fascinen como serpientes pitones a los televidentes.

Como dice un personaje de la tele: ¡Vaya-usté-a-la-mierda!

Afortunadamente, los electores tenemos más criterio del que los opinadores y directores de campaña nos otorgan.

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