Cine, sexo y guerra civil

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La muestra de las dos mujeres en el cartel de la película evidencia la voluntad de la distribuidora de "humanizar" un filme filosófico con un conflicto sentimental

De todas las artes que practica el ser humano son las artes plásticas las más adecuadas a la expresión del fenómeno del erotismo y de la sexualidad: el dibujo, la pintura, la escultura, la fotografía y luego ésta en movimiento, el cine, el video y la ilustración animada. La danza también es vehículo del erotismo y la sexualidad. Pero menos el teatro, porque el límite entre la recreación figurada y la práctica explícita del sexo en un escenario es muy difuso; y la música, más bien un acompañamiento, un envoltorio, que una manifestación del erotismo.

Desde hace más de un siglo en el cine se expresa el erotismo y la sexualidad mejor que en ningún otro arte. Y gracias a él, la mayoría de los mortales llegamos a conocer aspectos del fenómeno que no adquirimos de ninguna otra manera, ni por información verbal, ni por formación escolar o académica ni por la práctica privada.

El cine hasta hace poco, y hoy, la televisión, el video o las descargas de Internet, son la gran escuela de sexualidad del  mundo contemporáneo, igual que lo es de otro tipo de conocimientos científicos y mundanos útiles y necesarios.

Las manos de Yves Montand en la espalda de Geneviève Bujold

Sin embargo, la sexualidad en la cinematografía tiene mala fama.

Para empezar, se desacredita a un determinado género etiquetándolo como pornográfico, derivado del término “porné”, prostituta en griego. Es verdad que la creatividad en la pornografía es algo excepcional, y también es cierto que la pornografía cumple más una función didáctica que artística. Pero la condena a la pornografía cinematográfica se hace por razones morales, no estéticas ni científicas. Como la moral dominante en el primer y segundo mundos es que el sexo es algo oscuro, fangoso, íntimo y apartado, peligroso, desequilibrante, no es nada extraña esta criminalización, porque el cinematógrafo consiste en la exhibición pública de una historia inventada o de una realidad observable. Reducir la pornografía a la lujuria es una aberración consecuencia de la censura indiscriminada del sexo ejercida por la tradición judeo-islamo-cristiana.

Pero la pornografía es una excepción en el arte cinematográfico, mientras que el erotismo y el sexo tienen una presencia general en las películas.

Acabo de ver una que puede servir de referencia en esta reflexión. “La Guerre est Finie”, de Alain Resnais, con guión de Jorge Semprún y protagonizada por Yves Montand, Ingrid Thulin y Geneviève Bujold.

El descanso del revolucionario profesional, Yves Montand con Ingrid Thulin

Me sirve como ejemplo precisamente porque no es una película erótica. Sin embargo, en ella el erotismo adquiere una relevancia especial, a la altura de otros asuntos evocados en el filme, como los efectos de la clandestinidad en la vida de los individuos, la doble vida de los “revolucionarios profesionales” y las controversias políticas de la época.

La primera idea que se extrae de “La Guerre est Finie” es que su argumento resulta hoy incomprensible. Aquellos que no hayan vivido la atmósfera ideológica en Europa de los años sesenta y setenta, no se enteran de casi nada. Eso, al margen del estilo de Resnais, con esos relámpagos o chispas semánticas  desconcertantes que tanto gustan a los postmodernos.

La segunda idea se refiere al papel del erotismo en la película. He escuchado al dramaturgo Boadella decir que, a su juicio, se podía rodar una escena típica de sexo y colocarla en todas las películas, porque esa clase de escenas son un estereotipo. Es la exageración de un profesional del escándalo, no exenta de juicio, por la misma razón que todas las muertes por estrangulamiento, por disparo, por catástrofe, por razones naturales, etc. en el cine son estereotipadas. También podría decirse que todas las imágenes de Venus (incluidas las de Picasso) y todos los sátiros y ninfas y temas eróticos semejantes en la pintura son un estereotipo.

Las escenas eróticas de “La Guerre est Finie”, curiosamente, dan la razón a Boadella. No porque sean tópicas y prescindibles, sino porque se inscriben en un marco moral muy preciso, el de la moral de los comunistas, tan semejante a la moral de los cristianos en lo referente al sexo. Es preciso haber sido comunista y antes cristiano (ambas cosas a la vez debe ser algo explosivo) para comprender la carga moral del erotismo en el arte. Como yo  he sido cristiano y luego comunista, sé de lo que hablo.

Yves Montand, el protagonista de “La Guerre est Finie”, es un miembro de la dirección del PCE responsable de las relaciones del aparato con sede en Francia y la organización clandestina extendida por toda España. El guión de Jorge Semprún tiene rasgos autobiográficos, y su experiencia real se traduce en la película en situaciones y personajes verosímiles y de carne y hueso. La mano de Resnais deshumaniza un poco a esos individuos, pero puedo asegurar por experiencia propia que podían haber sido así.

Semprún guioniza su crisis personal en el PCE, enmarcada en la vida doméstica de los protagonistas. Y es aquí donde interviene el erotismo. Al regreso de una azarosa misión, Yves Montand, mantiene una fugaz relación sexual con una muchacha, Geneviève Bujold. Ese mismo día, al legar a su casa hace lo mismo con su mujer (que no su esposa, en algo se tenía que notar el “atrevimiento” del relato), Ingrid Thulin, quien le cuenta, como buena y retorcida francesa, que ha estado a punto de acostarse con otro hombre, para inmediatamente preguntarle, interpretando el matrimonio o la vida en pareja como una sesión de psicoanálisis, si él le confesaría  a ella una aventura.

La intriga, la acción del filme es el entrelazamiento de dos historias en el núcleo central de la crisis personal del protagonista: una, la urgencia de salvar a un camarada enviado a Madrid, donde la policía franquista (este adjetivo está ausente de la película, y se agradece) acaba de desmantelar la organización; y dos, el conflicto ideológico entre los revisionistas o carrillistas (término también ausente, aunque “Carrillo” aparece sin gafas ni peluca) y los recientemente desgajados izquierdistas, que en la película se muestran como terroristas, ignoro si por no molestar a los prochinos o porque estos todavía no habían cuajado (la película es de 1966, cuando el conflicto chino-soviético tenía poca historia).

Sin embargo, que Semprún haya introducido un problema sentimental, moral y sexual y Resnais lo haya traducido en dos escenas de sexo evidencia el propósito de ambos de “humanizar” el cimiento político, ideológico de la película.

Y ahora vuelvo a Boadella. No sé casi nada de Resnais, pero deduzco por las escenas de sexo de “La Guerre est Finie” que era un pacato de tomo y lomo. ¿Por qué evidencia que Yves Montand y Geneviève Bujold, primero, e Yves Montand e Ingrid Thulin después están fornicando? Se lo podía haber ahorrado, sobre todo porque son secuencias cursis. En el segundo acto (sexual) la cámara se desvía de vez en cuando al techo de la habitación, donde se refleja el tránsito de la calle. Es mucho más efectiva esta metáfora que la espalda, los brazos y las piernas de los copuladores. En el primer acto, la cámara muestra unas tomas “artísticas” de los muslos y pantorrillas de la Bujold, que parecen relatar más un ejercicio gimnástico que una práctica sexual.

Me pregunto qué película le habría salido a Resnais si hubiera invertido la historia, si la hubiera centrado en el instinto sexual desatado de personas comprometidas con la política y la cultura, con los conflictos ideológicos de fondo, una historia porno-política. Posiblemente, hoy se podría entender mejor, estaría al alcance de todas las conciencias.

Pero la versión existente de “La Guerre est Finie” es el sórdido relato de un atolladero moral, pero que tuvo a media intelectualidad europea a su merced. Qué cenicienta era la vida del militante político de aquellos años. Tanto como su vida erótica y sentimental. Alabado sea el paso del tiempo. Claro que, ¿qué se dirá de nosotros dentro de treinta años, de las patologías sociales del momento presente?

Jorge Semprún en sus últimos años.

Monólogo de Yves Montand en un momento d ela película, uno de los mejores momentos de la película a mi parecer.

La desgraciada España, la España heroica, la España en el corazón: estoy hasta la coronilla. España se ha convertido en la buena conciencia lírica de toda la izquierda: un mito para antiguos combatientes. Mientras, catorce millones de turistas se van de vacaciones a España. España ya no es más que un sueño turístico o la leyenda de la Guerra Civil. Todo eso mezclado con el teatro de Lorca, y ya estoy harto del teatro de Lorca. ¡Ya está bien de mujeres estériles y de dramas rurales! ¡Y ya está bien de leyendas! Yo no estuve en Verdún, ni tampoco en Teruel, ni en el frente del Ebro. Y los que hacen cosas en España, cosas verdaderamente importantes, tampoco estuvieron. Tienen ahora veinte años y no es nuestro pasado lo que les hace moverse sino su futuro. España ya no es el sueño de 1936, sino la realidad de 1965,aunque esta parezca desconcertante. Han pasado treinta años y me joden los antiguos combatientes.

 

 

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Un comentario sobre “Cine, sexo y guerra civil

    Juan Carlos escribió:
    21/10/2011 en 09:27

    Fernando, es una crítica distinta, algo extraña y muy bien escrita. No deberías ser tan modesto. Tu estilo literario es personal, y el hecho de que no seas un cinéfilo, le da un punto de vista singular y enriquecedor al comentario. Brillante y sincera la siguiente reflexión: “Es preciso haber sido comunista y antes cristiano (ambas cosas a la vez debe ser algo explosivo) para comprender la carga moral del erotismo en el arte. Como yo he sido cristiano y luego comunista, sé de lo que hablo”. De toda la crítica, me gusta especialmente lo que dices sobre el puritanismo de Alain Resnais (aunque la época y la censura eran más restrictivas que ahora) y ese sugerente apunte sobre la cámara que, abandonando la imagen de espalda y muslos, se dirige hacia el techo, y es precisamente entonces cuando la metáfora y la intensidad sexual cobran vuelo.

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