Menos mal que nos queda Portugal

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El Centro de Criatividade de Póvoa de Lanhoso en Portugal, una experiencia pionera en la Península Ibérica

Teresa exaltada como "rainha" de Portugal

La época de vacas gordas de la cultura se ha saldado con un inventario de pabellones de lujo en pequeños municipios. Poblaciones de 5000 habitantes han construido auditorios de grandes capitales. Paralelamente, la programación cultural es un coto reservado a gestores municipales obsesionados por el peso inerte de la producción audiovisual de éxito; marginan las condiciones y oportunidades existentes en su tierra por considerarlas rurales y anacrónicas. El público de los teatros y casas de cultura locales tiene que conformarse con comedias clonadas de las teleseries y con los conciertos de grupos de moda. Por fortuna, hay excepciones. Una de ellas es la de un pueblecito portugués, donde se ha permitido que la cultura propia y tradicional fluya y enriquezca la vida presente.

Un reportaje informativo de Fernando Bellón

El elenco después de la función.

Póvoa de Lanhoso es un municipio portugués próximo a Braga con poco más de 8.000 habitantes. Tiene un centro urbano nada denso y una multitud de “freguesías” o barrios desparramados por un paisaje de colinas plantadas de eucaliptos y de pinos. Colinas que en otro tiempo fueron ricas en oro. Hoy, sin embargo, Póvoa de Lanhoso sufre la peste que aflige al Sur de Europa, crisis económica, desempleo especialmente juvenil y un futuro incoloro tirando a negro.

¿Cómo es posible, pues, que esta puebla casi tan vieja como el mismo Portugal, haya contabilizado 86.000 espectadores de teatro y otras artes escénicas en el año 2010, casi once veces más que habitantes tiene?

La explicación de este enigma se llama Centro de Criatividade, asociado al Teatro Club y financiado y apoyado por la Cámara Municipal o Ayuntamiento. Todavía más curioso es que la cabeza que rige la actividad cultural y social del Centro sea un gallego de Vigo formado en Brasil, Moncho Rodríguez. Los vecinos de Póvoa pueden ir al teatro, y van muchas veces al año.

El lema casi obsesivo de este hombre veterano de la escena es “el teatro es una celebración”. Y la mina aurífera de la que Moncho Rodríguez extrae toda su riqueza escénica es la tradición, una idea que adquirió en su juventud en el Nordeste brasileño, el territorio de los bandidos “cangaçeiros”, de la Guerra del Fin del Mundo, de los judíos fugitivos de la Península Ibérica, de un cruce feracísimo de razas, y del “forró”, un ritmo popular autóctono tan pegadizo como la samba.

Moncho Rodríguez advierte que “la globalización impone una determinada modernidad y postmodernidad, que induce a los jóvenes a abandonar su propia identidad.  ¿Tenemos miedo de ser quienes somos? ¿Nos sentimos inferiores ante el poder extranjero? ¿Necesitamos afirmar constantemente que somos modernos, y para serlo debemos ser parecidos o iguales a los que vienen de fuera? ¿Dónde se perdió nuestra memoria? ¿Dónde nos perdimos? ¿Ser autóctonos significa ser folklóricos? Comprometemos nuestra identidad para participar en un mercado cultural falso.”

Moncho Rodríguez y Antonia Bueno. Al fondo, elementos escenográficos de Moncho.

El 24 de junio pasado se estrenó en el Auditorio de Fontarcada, una instalación universitaria en desuso en las afueras de Póvoa,  la obra “Teresa, Rainha de Portugal”. Los autores han sido el propio Moncho Rodríguez y la dramaturga española Antonia Bueno, residente en Valencia, España, y la han escrito según una técnica poco tradicional, un febril intercambio de correos electrónicos y unos puñados de euros en conferencias telefónicas. Moncho y Antonia trabajaron juntos hace casi 20 años, en diversos proyectos teatrales de cooperación entre España, Portugal y el Brasil nordestino.

La tradición como recurso del teatro

“Teresa, Rainha de Portugal” es una licencia de los autores, porque la hija bastarda de Alfonso VI, nunca fue coronada. Fue el hijo de Teresa, Afonso Henriques, quien, aprovechando que el de León se hacía llamar Imperator Hispanorum, se autonombró Rex Portocalensis en 1139. La obra cuenta la épica biografía de Teresa, desde su nacimiento en 1083 hasta su muerte en Póvoa, donde su propio hijo la encerró probablemente para impedir que fuera reina antes que él.

Moncho ha convertido este texto suyo y de Antonia en una mezcla entre ópera medieval y musical contemporáneo. Narciso Fernández es el responsable de la música, y su partitura subraya con eficacia los episodios dramáticos que se desarrollan ante el público.

En la realización de “Teresa” han intervenido casi cincuenta personas[1], desde sastras hasta voces de un coro musical, que cantan una historia representada por multitud de actores y actrices, la mayoría de ellos jóvenes aficionados, aprendices o, como diríamos ahora, becarios. Junto con la recuperación de tradiciones populares, la participación de ciudadanos en el Centro de Criatividade es para Moncho Rodríguez la clave de su éxito. Busca costureras o carpinteros en paro en el pueblo, y les da un trabajo y una razón de vivir.

En pocas semanas, el Centro estará en mejor ubicación

La sede del “Centro de Criatividade” es una vieja escuela municipal en las afueras de Póvoa, en la que se ha invertido lo imprescindible para modificar algunos tabiques y repintar las paredes[2]. “Está pensado”, dice Moncho, “para que los especialistas y profesionales se mezclen con los nuevos actores salidos de los talleres que se imparten. Desarrollamos programas continuos de formación, talleres de reconversión de oficios y profesiones, creación de espectáculos especiales con la participación al mismo nivel del actor/ciudadano con el actor profesional,  en las escuelas locales fomentamos las clases de arte y teatro, y diseñamos proyectos diferenciados para niños, jóvenes, adultos y mayores. Y como salida, realizamos acciones conjuntas donde todos ponen en práctica su experiencia y su aprendizaje.”

Esto suena a retórica de buenos deseos, pero un sólido repertorio avala las palabras.[3] Al repasarlo, se observa la sabia decisión de los políticos locales de invertir en personas y no en edificios monumentales.

Antonia Bueno, coautora de “Teresa” y antigua colega de Moncho, asegura que este recurso a la tradición lo tomaron en sus inicios profesionales de las experiencias del “teatro pobre” de Grotowski, que desarrolló en un pueblo de Dinamarca una iniciativa similar a la de Póvoa.  Moncho y Antonia también se reconocen herederos del teatro del “espacio vacío” de Peter Brooks y del Téatre du Soleil de Arianne Mouskine, que trabajan los vínculos entre la tradición local y las nuevas fórmulas teatrales universales.

Moncho Rodríguez es consciente de que su “Centro de Criatividade” es un hecho excepcional, porque la mayoría aplastante de las Casas o Centros de Cultura municipales de España y Portugal, algunos de ellos obras faraónicas, responden a motivaciones nada o casi nada culturales.

“Los centros de cultura municipales forman parte de una estrategia política para adornar las ciudades con palacios arquitectónicos para la posteridad.  El edificio ‘público’ atiende a intereses particulares, que se conectan con intereses partidarios, ideológicos, elitistas e clientelistas. Los Centros o Casas de Cultura Municipales no nacen de una necesidad artística, están desconectados de los creadores y productores de cultura; no se construyen como espacio para manifestaciones de cultura popular, ni sirven a la voluntad del desarrollo cultural de un pueblo o comunidad. No estoy en contra de la construcción de espacios que puedan albergar experiencias y productos culturales que sirvan para la evolución de una cultura, de un pueblo. Lo que no entiendo es por qué se tienen que hacer tantas réplicas, copiar, repetir modelos ajenos; por qué no se piensa la cultura junto con el pueblo, con los creadores, con aquellos que tienen por oficio el arte. Los Centros de Cultura Municipales reflejan los gustos, la estética, los intereses de una elite de programadores, y sólo sirven como escaparates de productos importados de un determinado mercado, especializado en producir y reproducir fórmulas que atienden al gusto de algunos consumidores del prescindible arte de la incomunicación modernista.”

La tierra nutricia de Moncho Rodríguez ha sido el nordeste brasileño, la costa y el “sertão”, un territorio inmenso que poblaron a la vez portugueses y españoles, porque se formó en el Siglo XVI, cuando toda la península sólo tuvo un rey, primero Felipe II y luego Felipe III. El vehículo de expansión fueron los mercaderes y artesanos, los buhoneros, los aventureros, los fugitivos de un continente que se había vuelto dogmático.

El arte popular contra el arte Fast Food

“Lo que me llevó al Nordeste del Brasil fue descubrir que la poética de la cultura ibérica medieval permanecía allí viva, transportada hace cuatro siglos por judíos españoles y portugueses, que escapaban de la Inquisición dominante en la Península. Perseguidos por la Inquisición, esas gentes de artes y oficios llevaron al interior del Nordeste brasileño la memoria ancestral de sus pueblos. Ese manantial riquísimo de saberes y costumbres, de ritos y tradiciones, de leyendas, cuentos, poética, se mezcla con tradiciones indígenas y negras de los pueblos de Brasil, transformándose en algo que para un creador es como encontrar la llave de muchos misterios. En ese Nordeste de raíces ibéricas pude encontrar muchas respuestas y estímulos para desarrollar nuevos proyectos y renovar experiencias.”

Moncho no sabe muy bien si es español, portugués o brasileño, algo que tampoco le importa mucho, y que se manifiesta en su lenguaje, donde se mezclan involuntariamente términos de las dos lenguas y conceptos de las tres culturas.

“El portugués, así como las distintas nacionalidades españolas o como otros tantos pueblos, tiene miedo de que su identidad sea empobrecedora. Caminamos hacia un mundo sin fronteras, y buscar la identidad puede parecer que consiste en levantar muros de separación. La influencia de otras culturas más ricas y poderosas se hace sentir tanto aquí como en cualquier parte del mundo. Lo que buscamos es hacer que lo particular pueda ser universal y que participe en la construcción de un mundo contemporáneo que explote las diferencias.  España y Portugal estuvieron en el mundo entero. Con los descubrimientos iniciaron el camino de la globalización, pero no supieron respetar ni desarrollar las riquezas de tantas diferencias culturales. Somos ibéricos, árabes, orientales y negros, somos moros, judíos y cristianos, nuestra identidad esta poblada de culturas y tradiciones, memorias e imaginarios, y todo ese manantial debe ser preservado, trabajado y reinventado pues con él podemos encontrar el núcleo de un arte, un teatro y una cultura contemporáneos.”

Defiende su sistema de investigación, de producción y de programación con argumentos. “Si dicen que la cultura cuesta mucho dinero, que prueben cuánto cuesta la ignorancia. Que hagan cuentas  de  lo que supone a las arcas públicas la manutención de un escaparate de programación y cuales son los beneficios reales que esas programaciones dejan en los ciudadanos”

Para Moncho Rodríguez, que viaja varias veces al año a Brasil con producciones del “Centro de Criatividade” y para renovar su reserva de folklore popular, el programa de su Centro forma parte de una estrategia contra la crisis económica.

“Hay cantidad de gente que cada día pierde su trabajo, que no sabe qué hacer.  Tienen que volver a empezar y no saben por dónde. Las consecuencias de una escuela donde la creatividad fue olvidada, donde soñar es ‘peligroso’, donde el imaginario puede ser confundido con rebeldía o subversión de las buenas costumbres, todo eso nos lleva a creer que  la ‘vanguardia artística’” moderna y acrobática se exhibe tan lejos de la realidad, que su público o es hipócrita o es extra terrestre. Lo mismo da producir en Madrid que en Tokio, los productos culturales parecen salir de una sola madre: la del fácil consumo inmediato, el arte como Fast-food.

El Centro de Criatividade de Póvoa de Lanhoso es una evidencia más de ese estereotipado pero certero dicho decidero español: “Menos mal que nos queda Portugal.”

[1] En total, 48 personas, algo que no se puede permitir más que una compañía nacional. 13 personas en producción, dirección y recursos técnicos; 7 actrices principales, cinco actrices secundarias, 13 actrices y actores en el coro dramático, y 15 cantantes del coro do Vale do Cávado.

 

[2] El “Centro de Criatividade” prepara su traslado a las instalaciones más amplias y más adecuadas de Fontarcada en las próxima semanas.

 

[3] “Ir, Vir e ir” (Ir, venir e ir), la historia de un matrimonio desde los 70 a la actualidad. “Castelo de Paixoes” (Castillo de Pasiones), un espectáculo onírico creado para representarse en el castillo medieval. “O Donzel do cavaleiro Don Quixote” (El Doncel del Caballero Don Quijote), un joven con ansias de aventuras recorre con don Alonso Quijano el universo de los libros de caballerías viajando en un lecho mágico. “O Pranto de María Parda” “El llanto de María Parda”, un auto del autor clásico hispano-portugués Gil Vicente. “O Pássaro de Papel” (El Pájaro de Papel), un aproducción presentada en el Festival de Teatro de Recife, Brasil.”A Visita” (La Visita), un drama rural. “A Saga de Zacarias contra a Morte e o Diabo” (La Saga de Zacarías contra la Muerte y el Diablo), un experimento teatral y culinario.

 

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2 comentarios sobre “Menos mal que nos queda Portugal

    Fernando Bellon respondido:
    18/10/2011 en 09:56

    Un reportaje sobre el Centro de Criatividade de Póvoa de Lanhoso

    […] con resultados sólidos. Sobre el anterior trabajo de Moncho en Póvoa de Lanhoso, se puede ver este reportaje publicado en su día en la bitácora […]

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