Don DeLillo en blanco y negro

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Al fondo, la gran ciudad

Leer a DeLillo me ha dejado exhausto.

White Noise cuenta la historia de Jack Gladney y de su esposa Babette, ambos obsesionados y espantados por su propia muerte, ni esperada a medio plazo ni inminente. Dice la contraportada: “Jack es jefe del departamento de estudios sobre Hitler en College-on-the-Hill. Su colega Murray dirige un seminario sobre accidentes automovilísticos. Juntos ponderan las muertes de celebridades, desde Elvis a Marilyn o Hitler. A lo largo de los diálogos entre Jack y Murray, brillantes y con frecuencia divertidos, DeLillo exhibe nuestra obsesión con la mortalidad y subraya la conmovedora relación entre Jack y Babette y su miedo mayor, ¿quién morirá primero?”

En primera persona, Jack Gladney nos pasea por una obsesión que a mí me parece un recurso literario, porque conocemos a un paranóico socarrón y jovial. Se diría que la originalidad de White Noise estriba en lo que no es: una novela formulada como una serie de diálogos entre platónicos y shakesperianos; unos personajes vulgares que contemplan la vida desde abismos filosóficos; una ciudad en la que nunca pasa nada, pero donde acecha la catástrofe; una acción ficcional sin conflictos sobresalientes que acaba en una tragedia con rasgos bufonescos.

En algunos momentos el estilo de DeLillo (pulcro, sentencioso, de gramática esencial pero muy elaborada, con imágenes a veces forzadas, a veces geniales) me ha recordado a Woody Allen. Ambos utilizan un complejo sarcasmo para cachondearse del mundo. A veces me parecía estar leyendo un guión de teleserie humorística escrito por un profesor de literatura, una especie de Eclesiastés laico.

DeLillo nos cuenta historias cotidianas con personajes comunes que mantienen conversaciones nada cotidianas: escatológicas (con Babette y con el chiflado Murray), teológicas (desternillante, al final del libro, con una monja “atea”), científico-filosóficas (con los médicos), psico-morales (con los hijos mayores). En mitad de la novela, un accidente químico obliga a la evacuación de la ciudad, y la descripción de ese pequeño apocalipsis urbano está teñida de un humor soberbio. Otro escenario que el autor perfila con estupenda gracia es el de los supermercados y los centros comerciales. Y también el hogar en el que vive la familia, las casas de amigos y personajes secundarios, la sórdida “gran ciudad” vecina a la de los protagonistas, un decorado de ruinas industriales.

Ahora ya puedo introducirme en Jonathan Franzen. Son el doble de páginas, y según él, ha conseguido revitalizar la novela social. Daré cuenta de si lo ha conseguido o no.

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