Apuesta optimista

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Pronto la cosecha estará madura

En estos momentos existe un abismo entre la realidad y los negros augurios de los medios de comunicación. Pero los augurios indican que el abismo no tardará en cerrarse. Sin embargo, las jeremiadas que pueblan a diario los medios fomentan el escepticismo de los consumidores de información, porque quienes la producen tan pronto hacen un análisis como su contrario, pronostican una catástrofe inminente, y al cabo de los días se olvidan de que lo han dicho.

Leer las columnas de opinión equivale a meterse en una jungla llena de lianas, de árboles frondosos, de socavones ocultos, de fieras amenazadoras pero que no llegan a morder, en resumen, un paseo indoloro pero turbador por el infierno. ¿Es un infierno inventado? ¿Habrá que reconocer al final, como ha hecho la Iglesia, que el Infierno es un concepto moral más que una realidad abrasadora?

Al margen de las contradicciones y de los matices, el escenario que se deduce de lo que escriben y dicen los considerados analistas económicos y políticos, es negro como la pez. Ni los ayuntamientos ni los gobiernos autonómicos ni el central tienen dinero. No pagan a sus proveedores ni podrán disponer de crédito en los próximos años.

Esto significa que cada vez cerrarán más pequeñas y medianas empresas dependientes de la Administración del Estado en todas sus escalas, que las obras públicas se paralizarán, que el mantenimiento de servicios públicos (hospitales, escuelas, carreteras, urbanismo, basuras, parques, mobiliario urbano, servicios sociales, cultura, deportes, bomberos, policía, protección civil, etc.) se irá deteriorando. Según sentencian cada vez más forjadores de opinión, tras el deterioro vendrá la privatización total o parcial de los servicios. Y en lógica consecuencia, con una población plagada de parados y de arruinados, el consumo se vendrá a abajo y las privatizaciones de servicios públicos fracasarán por falta de clientes.

Un paso más en la misma dirección nos lleva al hambre y a la violencia desorganizada. Luego…

No estoy fantaseando, sino llevando la lógica del pesimismo a sus consecuencias inevitables.

Pero, como he dicho al principio, la realidad desmiente todavía el caos.

¿Por qué entonces se insiste en él?

La primera y más fácil sospecha es que “los poderosos de siempre” preparan al rebaño a comportarse con docilidad, con el objetivo de no perder su poder y sus privilegios. Cuando a uno le embarga la ira por lo que ve, escucha y lee, cede a este tipo de explicaciones simplistas por puro desahogo.

Pero si dejamos la ira y la frustración a un lado, concluiremos que no existe tal conspiración de poderosos, puesto que todos hemos sido cómplices de una manera de vivir y de gastar que al parecer se ha vuelto obsoleta. No podemos pedir a los políticos que hemos votado más responsabilidad que a nosotros mismos. Flaco consuelo.

¿Qué se puede hacer, pues?

Para empezar, prepararnos a vivir de otra manera, empeño imposible mientras el consumo creciente, la obsesión del crecimiento y las añagazas publicitarias de vida una fácil y eterna machaquen a la sociedad.

El empeño es imposible a gran escala. La mayoría de la población no variará de hábitos mientras pueda mantenerse con los antiguos, por fallidos que se hayan mostrado. Pero a pequeña escala sí es posible y de hecho funciona. Mal, pero funciona. De un modo sectario, dogmático, simplista, buenista, utopista, hay mucha gente dispuesta a cambiar de régimen de vida. También funciona a escala individual, personas que no nos identificamos con ninguna ideología ni solución política, que concebimos la convivencia como una constante transacción, que intentamos alejarnos lo más posible de la violencia física y psicológica. Creemos que debe protegerse al débil, pero no solucionarle la vida para que se convierta en un parásito. Creemos que hay servicios fundamentales que se han de poner al alcance de toda la población, pero que se ha de defender el derecho de los más talentosos a recibir un trato distinto al de esa mayoría que carece de estímulos. Creemos que una de las mayores obligaciones del Estado es estimular intelectualmente a esa mayoría de ciudadanos inertes cuyo horizonte vital es el consumo pasivo de bienes. Creemos unas cuantas cosas como estas que no son utópicas, sino que están basadas en el sentido común y en la vida sencilla. Y aunque cada cual va por su propio camino, algún día llegaremos a encontrarnos y a ser conscientes del enorme poder que poseemos.

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