El complot del negro

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Detrás de estas puertas, en la calle de las Infantas de Madrid, quizá se urdieron terribles complots. ¿Por qué no?

No está el patio digital para ensuciarlo con nuevos discursos cataclísmicos. Las hojas afiladas del Apocalipsis caen de los árboles, y cada día se nos hace más difícil andar descalzos por el parque bloguero de la Red sin estropearnos los pies.

Es todo lo que se me ocurre al observar el panorama político-económico que pintan los amos del planeta desde las terminales mediáticas. Poesía rimbombante. Eso y ponerme a cubierto para cuando empiecen a caer chuzos de punta de verdad. ¿O no van a caer?

El mundo está lleno de decepciones y apariencias. Lo advirtió ya Parménides hace veinticuatro siglos. Y todavía seguimos empeñados en confundir lo que es y no puede no ser con lo que no es y no puede ser.

Estas raras reflexiones me provocó el otro día la película “El Escritor”, “The Ghost Writter”, o sea El Negro, de Polanski.

Tuve la oportunidad de verla en el cine de verano municipal de Valencia por tres euritos y en versión original. El patio de sillas de plástico estaba a rebosar, y era la tercera vez que la proyectaban. El público, progres de todas las edades que, como yo (no, yo no soy progre), habían acudido animados por las buenas palabras de amigos y vecinos sobre el filme, algunos en bicicleta, que es la prueba inapelable de progresismo (yo voy en bici por la ciudad, o sea que tampoco es prueba de nada).

El Negro se ha convertido casi en una película de culto. Y no es para tanto.

Es, básicamente, entretenida, está bien contada, bien hecha, bien montada, buena música, buenos actores, sin violencia ni sexo explícitos. Aprobado tirando a notable.

Pero si uno se pone a reflexionar sobre la historia en términos un poquito críticos, descubre que El Negro no es más que un cuento para pasar el rato a la luna de Valencia.

Evitaré hacer un inventario de las trampas que contiene para que quien no la haya visto y lea esta bitácora no pierda interés en la acción. Mi objeción fundamental es la falsedad del complot. Se nos quiere hacer creer que el primer ministro de Gran Bretaña, retirado después de su actuación en las guerras de Irak y Afganistán, es señalado por un colega suyo como responsable directo del traslado de cuatro pakistaníes a una base yanqui, donde son torturados, uno de ellos hasta la muerte. Y en este apuntar con el dedo de la responsabilidad se basa todo el misterio. ¿Era o no era responsable? ¿Era o no era muñeco de Washington? ¿Estaba involucrado con la CIA desde su juventud o no lo estaba? ¿El periodista que escribía sus memoria y que aparece muerto en una playa, había o no había descubierto algo espantoso?

El complot, la conspiración es un argumento eficaz en la ficción contemporánea y en la realidad calenturienta de muchos progres. Pero es un argumento inválido.

¿Dónde esta el complot, pongamos, del señor Aznar, nombrado consejero editorial de Ruper Murdoch, el rey de la trampa mediática? ¿Dónde está el complot y los secretos de las actividades de la CIA en Guantánamo, en Afganistán, en todas partes?

Son curiosos complots que se publican a diario en los periódicos en papel y digitales. Uno indaga en Google y descubre las conexiones de los grandes del planeta con los canallas del planeta. No es ningún secreto. O es un secreto a voces. Resulta patético que el ministro de Asuntos Exteriores de El Negro se entere por Internet que un fulano académico de Harvard estuvo a sueldo de la CIA en su juventud, según cierta afirmación casi casi de Wikipedia.

En definitiva, el día que nos caigamos todos del guindo y empecemos a tomarnos a chacota ese abrumador esfuerzo desinformativo que nos mete cucharadas de agencias de calificación y diferencial de riesgo, los últimos conceptos metafísicos, los nuevos dioses (junto con el Mercado), la superstición moderna, ese día, aunque se hunda el mundo, estaremos más desahogados.

¡ fer la ma los complots de tres al cuarto, concho!

 

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