Razón y anatema

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Las ominosas torres del despiadado Mercado, irguiéndose altivas ante el despavorido Pueblo, que espera la llegada del caballero Progresismo para que le salve.

Yo no creo que el principal partido de la oposición, y evidentemente me refiero al Partido Popular, vaya a renovar la vida política española. Yo creo que ha tenido tiempo de demostrar su capacidad de gestión, y ha probado su incompetencia, su indiferencia hacia las corruptelas y corrupciones y otros flagrantes defectos. Yo creo que ese ejercicio patrimonialista de la política efectuado por el partido en el gobierno de la nación, y evidentemente me refiero al PSOE, se manifiesta también en la experiencia de gobierno del PP en sus feudos. Yo no creo que el programa económico del PP difiera mucho del programa económico del PSOE, y creo que tiene muy poca voluntad de distinguirse.

Creer no es lo mismo que opinar, aunque en las polémicas  políticas cotidianas los dos conceptos sean intercambiables. Creer es dar como verdadero o como válido un enunciado dejando a un lado la razón. Opinar es tener una vaga idea de un hecho real y cierto.

La opinión pública, por encima de todo, cree, tiene convicciones. Es decir, no sabe, con frecuencia no quiere saber (para qué, se dice, no nos van a hacer maldito caso).

La opinión pública es la masa informe que los partidos políticos y sus dirigentes manipulan para dar forma a sus fantasías y a sus ambiciones, a su pragmatismo y a su codicia.

En los últimos años, el partido en el gobierno, léase PSOE, ha encontrado una manera eficaz para sus intereses (que no son ni los de su electorado ni los de la población) de amasar la materia bruta de la opinión pública.

Se dirige de forma exclusiva a la parte de la O.P. que considera cautiva de la doctrina que dicta que la izquierda posee una superioridad moral sobre cualquier otra ideología. Y  esos postulados que en los últimos tiempos vienen escuchándose en bocas progresistas son estos:

1.- Cuando gobierne el PP nos vamos a enterar de lo que vale un peine.

2.- El PP va a destruir todos y cada uno de los avances sociales que se han conseguido hasta la fecha.

3.- El PP va a privatizar todo lo que pueda y le dejen las circunstancias.

4.- El Estado del Bienestar se está derrumbando, y el PP acelerará la caída.

5.- La corrupción se extenderá como una plaga letal con el PP en el gobierno.

6.- A partir del gobierno del PP la renta per cápita caerá en picado, aumentará la jornada de trabajo, disminuirán los salarios, nos quedaremos sin coberturas sociales, etc.

Y así hasta llegar al Apocalipsis divino, porque como el PP es de derechas (de la ultraderecha) y tiene de su parte a Dios, castigará despiadadamente a la Humanidad por sus pecados diabólicos.

Cada vez que escucho alguno de estos postulados (o todos seguidos) en la boca de un amigo, conocido, compañero de trabajo o viajero del metro, me entra un pesimismo nada antropológico. Si acabamos yéndonos a la porra será no sólo por causa de los políticos y sus mezquindades, sino por la inclinación a la creencia, a la opinión, a las proposiciones sin fundamento con las que la población se orienta como si fueran una brújula emocional. Es como ese anuncio en el que un tipo se queja con voz melodramática del daño que le están haciendo “las dichosas tarjetas”, que no le dejan dormir y le están arruinando. Como si cada vez que saca una tarjeta del bolsillo y se compra algo que no necesita lo hiciera presionado por una fuerza ineluctable, como si su libre albedrío, su voluntad, su conciencia humana no existieran.

No sé qué pasará cuando gobierne el PP, si es que gobierna. Pero desde luego no sobrevendrá el fin del mundo. Y hasta es probable que lo hagan mejor (al menos, que lo intenten) que el PSOE, por la cuenta que le trae a sus dirigentes.

Dar por buenos esos postulados cenizos, y otros que siguen en lista inacabable, es admitir que los ciudadanos, los votantes, no podemos hacer nada, somos seres inertes en manos de la férrea voluntad de los gobernantes. Creer esos postulados lleva a una conclusión necesaria: no votar, para qué, convertirnos de una vez en esclavos, renunciar a la razón y a la capacidad transformadora de nuestra voluntad, entregarnos a una orgía de destrucción, comernos a nuestros hijos, masturbarnos con guantes de espinas, arrojarnos desde los puentes, entrar en formación o alocadamente en el infierno.

Desmontar con razonamientos los pronósticos de las bocas progresistas ante el advenimiento de la peste (el PP) me parece un esfuerzo baldío.  La Fe es inmune a la razón.

Pero hay uno bien sencillo que no me resisto a citar, el del Estado del Bienestar. ¿Cuándo empezó el Estado del Bienestar en España?

Pues sí, aunque a la rectitud política le repugne, los cimientos del Estado del Bienestar en España se echaron a lo largo de la última etapa del Franquismo.

¡Anatema! ¡Antema!

 

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2 comentarios sobre “Razón y anatema

    Joan M escribió:
    14/07/2011 en 20:20

    Es muy refrescante que podemos atrevernos a contemplar las cosas con nuestros propios ojos, más allá de ideologías y esterotipos obsoletos y cegadores. Las mismas ideologías, por cierto, que nos han traido a donde estamos, y no saben como salir. Si conseguimos mirar y hablar con menos prejuicios, es posible que encontremos caminos por trillar para seguir caminando juntos.

    Peter escribió:
    31/07/2011 en 15:20

    Yo me conformo con que nadie saque la mayoría absoluta y una cucharadita de chapapote para todos ;))

    Un abrazo!!!

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