El cordial y remoto mundo de J.J. Pérez Benlloch

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Revisaba ayer una página digital de convocatorias valencianas (Agenda Urbana), cuando encontré una cita con Juan José Pérez Benlloch en un local de los considerados alternativos, Ca Revolta.

Se festejaba en pública convocatoria el 75 cumpleaños del entrañable periodista valenciano a quien se conoce por J.J. y por Juanito entre quienes hemos trabajado con él. Salí disparado al lugar y conseguí darle un abrazo. El tipo está como una rosa, aunque dicen que el corazón le flaquea.

J.J. es un periodista de los de antaño, y no por edad, sino por constitución biológico-profesional. En su juventud se movió como una anguila por las procelosas aguas del periodismo valenciano, dominadas, como otros océanos españoles, por la aquiescencia hacia el Régimen de Franco.

J.J. no tiene naturaleza de caudillo, como no la tenían Viriato ni El Empecinado, pero se diferencia de ellos en la rebeldía constitucional. Aquellos valientes se vieron obligados por las circunstancias a sacrificar su existencia pastoral, la vida les hizo rebeldes, cuando eran tipos pacíficos. Las circunstancias históricas en las que ha crecido J.J. no propiciaban personalidades fuertes, sino mediocridades eficientes. J.J. no es ni un tipo mediocre ni un hombre obsesionado por la eficiencia. Es un rebelde. Por eso sus aventuras como director editorial tienen fiascos, de los que no siempre J.J. ha sido responsable.

Trabajar con J.J. no era fácil, pero era divertido. Permitía la audacia, incluso la promovía, amenazaba con organizar la marimorena en el periódico,  te llevaba de farra y te daba la impresión de ser un calavera, y al final descubrías que era un hombre sin malas intenciones, sólo un inadaptado con gracia y energía. Su peor leche la ha exhibido después, actuando de columnista independiente, con una pluma larga como un látigo.

Sin embargo, J.J. tuvo la fortuna de nacer en el momento oportuno. Su inadaptación habría resultado letal en tiempos de la República (habría sido fusilado por unos o por otros, o su exilio habría sido un drama), y calamitosa (para él y para algún otro) si hoy tuviera que dirigir un periódico o una televisión.

Lo estupendo de J.J. es que se le encuentra a gusto en todos los ambientes, de izquierdas, de derechas, falleros, catalanistas, españolistas, acríticos. Se le suele identificar con el nacionalismo izquierdista, pero esto es una etiqueta que él cree apropiada, y además le permite irse de juerga (sin alcohol ni tabaco, el corazón le ha advertido varias veces) con festeros como él.

La izquierda nacionalista valenciana de más de 50 años está compuesta en su mayoría por gente “cachonda”, radical, inconsecuente, poco perseverante, pesimista de boquilla, pero entregada  a la fiesta. Lo que distingue a J.J. de esos amigos suyos que reivindican apropiárselo es la ausencia total de dogmatismo. Los valencianos izquierdistas que yo he conocido son la proyección sobre el plano opuesto al de un dogmático católico, pongamos por caso, aunque también serviría de ejemplo un fundamentalista islámico o un japonés suicida. Eso sí, no se espere de ellos una consecuencia absoluta con los ideales que proclaman, antes de sacrificarse, se irán a la playa por la noche a libar frente al mar como Ciclopes revoltosos.

J.J. es un hombre honrado y un periodista decente y respetuoso con los que no piensan como él Su mundo, mi mundo, periclita como el astro sol en el ocaso. Era un mundo cordial y ya remoto.

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