¿UNA CUESTIÓN DE FORMAS?

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La opinión pública

Crecí y me eduqué en una dictadura, y en la cúspide de mi vida adulta fui protagonista pasivo (aunque yo me creía activo) de una transformación política que ha dado lugar a la llamada democracia parlamentaria.

Disfruto, pues, de dos perspectivas desde las que observar el agitado escenario de la vida política. Disfrutar de dos perspectivas permite establecer comparaciones, posibilidad de la que carecen quienes que nacieron en los años 70 o después.

Como casi todos los sujetos de mi generación, me he hecho con frecuencia una enfadosa pregunta: ¿en qué se diferencia la dictadura franquista de la democracia parlamentaria realmente existente (no de la que se atiene a la letra de la Constitución)?

Voy a ser sintético y a ahorrarme largas explicaciones. Al fin y al cabo esto es una bitácora, no una cátedra.

El sistema económico es exactamente el mismo. La sociedad es básicamente la misma. Las relaciones sociales no han variado mucho.

Nos queda sólo el ámbito de las relaciones políticas, los instrumentos, las instituciones, las leyes.

Ahora los ciudadanos deciden periódicamente quién les gobierna por medio de votaciones. Pero, ¿qué sucede una vez que han ejercido esta facultad? ¿Se comportan los políticos democráticamente elegidos como representantes de los ciudadanos?

No. Se comportan como representantes de una cosa vaga, oscura, poderosa, mítica, casi mitológica: el partido en cuyas listas se encuadraron el día que se permitió a los ciudadanos depositar un voto determinado sólo por esos partidos.

Si los políticos no se atienen a otro interés que el de su partido, ¿Cuál es su compromiso con los ciudadanos? En la práctica, ninguno. Y en la teoría, tampoco, según la ley electoral.

De este razonamiento se deduce que la única diferencia visible entre la dictadura y la democracia se reduce a las llamadas libertades públicas. De expresión, de reunión, de sufragio; esta última restringida en la práctica a las posibilidades que les ofrecen los partidos constituidos como máquinas electorales.

En definitiva, ahora podemos decir lo que nos rote, insultos incluidos, sin que la policía nos lleve presos. Podemos reunirnos con quien queramos, cuando queramos y donde queramos, con el propósito (legal) que más nos atraiga, sin que la autoridad se inmiscuya en nuestras decisiones (legales).

La ley por encima de todo.

Pero, ¿no es esto una farsa?

No me refiero a las arbitrariedades de la Justicia, al tratamiento que se da a delincuentes con escaño o con poder económico, excluyéndoles de procedimientos legales que caen como mazazos sobre el resto de delincuentes. (Igual que en el franquismo.)

Me refiero a algo que la ley no siempre define, pero que la responsabilidad política exige. Por ejemplo: ¿por qué tantos políticos se van por los cerros de Úbeda cuando se les hacen preguntas concretas a cuestiones concretas? Ante los periodistas y en el propio Parlamento.

Estos días, por ejemplo, el prestigio del señor Pérez Rubalcaba ha pegado un salto estratosférico (utilizo adrede la exageración mediática) por su gracejo y sarcasmo al contestar una interpelación del señor Gil Lázaro. (Pongo este ejemplo por ser reciente, pues la situación inversa es exactamente la misma.) Así que, el prestigio, el mérito de un político consiste en ser gracioso y oportuno. Los cafés teatro y los clubs de la comedia están repletos de personas así, ¿por qué no se hacen las listas electorales con ellos? Las sesiones parlamentarias serían la monda.

Si la responsabilidad de los políticos democráticos es tan invulnerable como en una dictadura, ¿de qué nos sirve al común de los ciudadanos la libertad de expresión, de reunión, de sufragio?

¡Es usted un neofascista!, escucho ya las voces de los demócratas fundamentalistas, ¡un irresponsable, un temerario!

Vaya por Dios. Los políticos en ejercicio pueden ser irresponsables, temerarios, hipócritas, cínicos, necios, ignorantes, falaces, ladrones…  Y los ciudadanos debemos ser ejemplos de virtud. Yo creía que era, no al revés, sino que la exigencia había que aplicarla con mayor e infinita fuerza a los políticos.

En otra cosa veo yo una diferencia entre el franquismo y la actual democracia realmente existente. Antes, se cuidaban las formas. Los políticos eran hipócritas, pero no cínicos. Los que habían sido designados por la mano de la autoridad, si eran cortitos, mantenían la boca cerrada. Los que se estaban aprovechando de su cargo para llenarse los bolsillos, lo hacían con sumo cuidado de que no se notara.

¿Así que las diferencias son sólo formales?

Dejo la repuesta abierta. Igual que otra, todavía más gorda, más importante, fundamental:

¿Qué podemos hacer los ciudadanos?

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2 comentarios sobre “¿UNA CUESTIÓN DE FORMAS?

    Olmedilla escribió:
    26/03/2011 en 17:44

    Hagamops como en Helsinki!

    oliverrock respondido:
    28/03/2011 en 11:16

    Me ha dicho el profesor Olmedilla que, enla precipitación se equivocó. Quería decir Reikiavik, la capital de Islandia, donde sus ciudadanos han tomado cartas en el asunto de los desmanes de sus políticos.

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