La Ola: Una película con truco

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Un fotograma de Die Welle

Un amigo me recomendó la película alemana La Ola (Die Welle).

La he visto, y me ha parecido fraudulenta en su esencia.

Como se trata de un filme de los que llaman “de culto”, con la aureola de “denuncia del fascismo”, es preciso que argumente mi afirmación, porque la película está bien hecha y conduce al espectador a conclusiones que, a mi entender, son producto de la prestidigitación cinematográfica y no de un discurso sólido.

La Ola cuenta la experiencia (real, en su origen) de un profesor de instituto que quiere demostrar a sus alumnos de la Alemania actual, cómo fue posible el nazismo. Dicho de otra manera, cualquier sociedad (incluso democrática, estable, equilibrada social y económicamente) debidamente manipulada puede derivar hacia el fascismo. Para ello, idea un programa que ejecuta con los alumnos, basado en la disciplina, la identidad y la cohesión del grupo, el vestido uniforme, etc. Los muchachos y muchachas se lo toman tan en serio (según el profesor esperaba) que llegan a creerse un grupo elegido. El asunto acaba en tragedia (cosa no prevista por el profesor) y en una lección moral: no juguéis con fuego que os quemaréis, siendo el equivalente del fuego la ideología nazi.

En puridad, este resumen es equívoco. Faltan puntos esenciales en la historia que explican la deriva autoritaria (que no fascista) de la experiencia y las causas impulsoras de la tragedia.

Para empezar, los “hechos reales” en los que se basa la película se produjeron en 1967 en un instituto de California, no en la Alemania de 2008, aunque los chicos y el resto de los personajes están cortados por patrones más hollywoodianos que alemanes.

En segundo lugar, la historia arranca con la frustración del profesor, a quien un colega mayor y de aspecto académico-burgués “roba” el seminario sobre anarquismo que el treintañero quería dar. Se queda con el seminario de autocracia. Es decir, la motivación del profesor se nos presenta como una perversa debilidad psicológica. Como si el nazismo estuviera relacionado con la frustración artística de Hitler.

En tercer lugar, la única chica que se resiste y termina sublevándose a la revuelta autoritaria es hija de un padre y una madre que se nos presentan como hippies póstumos, amigos del buenismo y la intervención cero en la educación de sus vástagos, a quienes dejan campar por sus respetos en plan roussoniano. El resto de los muchachos y muchachas pertenecen a familias de un convencionalismo que podíamos calificar de atroz. Tanto, que el desencadenante de la tragedia es un chaval minusvalorado por su padre, con lo que se nos pretende justificar su trauma. De nuevo la evocación a los maltratos psicológicos que sufrió Hitler en su juventud.

Pero la trampa más sutil de la película es la deriva de las propuestas del profesor. En principio se reducen a introducir en la clase aquello que no debería faltar en ninguna: disciplina, respeto, sentido de la responsabilidad. El salto de esta base razonable al abismo autoritario lo dan los alumnos, los chicos y chicas llevados por un evidente impulso biológico, no por ninguna manipulación de nadie; en todo caso son ellos mismos los que se lavan el cerebro unos a otros. Pero ante los ojos del espectador existe una relación causa efecto entre los valores propios de la educación y el supuesto fascismo. A mí esto me indignó.

Luego hay detalles absurdos, como el malestar súbito entre el profesor y su esposa, con la que parece llevarse de maravilla al principio. La mujer de repente le echa en cara lo peligroso de su acción didáctica, sin que el pobre hombre se haya enterado de lo que está pasando (algo poco verosímil, la verdad).

El desenlace de la película es de guión normativo de Hollywood, nada que ver con el cine europeo “independiente” (en virtud del cual se premió la película en el festival de Sundance): bronca monumental entre el despistado profe y su indignada esposa, locura progresiva del desencadenador de la tragedia (que consigue una pistola por Internet, algo extremadamente raro en Europa), conflictos amorosos entre la valiente opositora y su novio “fascistizado”, y un partido de waterpolo en el que, sin explicar bien cómo, la cosa deriva en motín.

Acabo con una pregunta que no se hace nadie en la película. ¿Por qué demonios el modelo es el fascismo? ¿Por ser Alemania el supuesto escenario? En la paranoica Corea del Norte, en la castigada Cuba, en el Irán Jomeinita, ¿no se dan casos semejantes, a gran escala? ¿Son fascistas esos regímenes?

Vale.

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