¿Por qué la lluvia? Y ¿Por qué también?

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No era yo el único que se hacía estas preguntas al salir el otro día del cine después de ver También la lluvia, la película de Icíar Bollaín. En el folletito editado por la sala no se hacía ninguna mención explícita al extraño título.

Juan Carlos Aduviri, Daniel, un líder boliviano, interpretando a un líder caribeño

Sólo daba a entender que la directora está refiriéndose al agua de lluvia que los ricos malos impiden recoger a los nativos pobres y buenos de la película, lo natural habría sido titularla Tampoco la lluvia o algo así.

Fuera lo que fuese es un enigma menor, acaso creado artificialmente para atraer la atención del público (como esos anuncios incomprensibles de automóviles), o acaso como prueba de la fe postmoderna de la autora. La doctrina postmoderna sostiene que el pensar de las artes es uno de los modos de la racionalidad superior, que ha escapado al acorralamiento de la sobrevivencia sufrido por la vida creativa. ¿Que qué quiere decir esto? Pues más o menos que También la lluvia.

El caso es que También la lluvia es un excelente melodrama. Icíar Bollaín se sube, pues, al tren internacional de alta velocidad que ocupan ya Pedro Almodóvar y Alejandro Amenábar. ¡Ave, Icíar!

A decir verdad, no son pocos los cineastas españoles de calidad. Es curioso que un sector de ellos haya segado la hierba debajo de sus propios pies, identificándose con un gobierno o con un gobernante que probablemente pasará a la historia como uno de los peores de la historia contemporánea, en todos los sentidos, sobre todo en el económico, en el político y en el cultural.

Volvamos a mojarnos.

También la lluvia, o Tampoco la lluvia, decía, es un excelente melodrama. Contiene los elementos clásicos del género: conflictos emocionales e ideológicos, personajes contradictorios y humanos, y un escenario exótico  pero cercano a la vez.

Es oportuno preguntarse cuál habría sido el resultado si en lugar de haber realizado el guión un escocés lo hubiera escrito un español. Quizá el escocés, aunque también sea progre, no siente su conciencia histórica carcomida por la culpa, puesto que los suyos se dedicaron a hacer tropelías más al norte, pero precisamente por la parte alícuota de mala conciencia progresista que le toca, estaba en buenas condiciones de reflejar en la película la culpa.

¿Qué culpa? Ningún español de hoy es responsable de las atrocidades cometidas por los españoles del siglo XVI en las Indias. Ni tampoco somos responsables de los crímenes de las oligarquías iberoamericanas de hoy.

El valor estético y moral de la película es, primero, que está muy bien hecha, y segundo, que expone un doble conflicto ético y moral en unos términos convincentes y asumibles por cualquier público medianamente inquieto.

Espero que esta película tenga una buena acogida pública y  que sirva para demostrar, una vez más, que en España se hace buen cine (y muy mala televisión, sobre todo series), a pesar de la ideologización de un género que siempre lo estuvo, aunque de una forma tan astuta que sólo los desconfiados percibían la trampa.

Los desconfiados de antaño han creído que sólo con manifestar su fe en la doctrina progresista iban a hacer buenas películas. En realidad lo que esperaban es que les dieran buenas ayudas. Desgraciadamente tenían razón.

Si no, que se lo pregunten a Antonio Fernández del Real, de quien algún día hablaré (bien) en esta bitácora.

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Un comentario sobre “¿Por qué la lluvia? Y ¿Por qué también?

    elversodeluniverso escribió:
    22/02/2011 en 17:28

    😉

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