CONTRA LA MISERICORDIA INSTITUCIONAL

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A las diez y cuarto de la mañana del Día de Todos los Santos de 1755 el suelo empezó a moverse en la ciudad de Lisboa. El zarandeo estuvo acompañado de unos bramidos que surgían de las entrañas de la Tierra. Los edificios se quebraron, muchos se hundieron, y anchas grietas se abrieron en el suelo. La gente que echó a correr hacia la playa, observó pasmada que el océano se retiraba, como asustado por la catástrofe. El fuego empezaba a prender en las ruinas. Media hora después regresó el mar, en dos olas de entre seis y veinte metros de alto, terminando de arrasar la ciudad, ya envuelta en llamas.

Dicen las fuentes que murieron entre sesenta mil y cien mil personas, casi la mitad de la población. También se perdieron tesoros artísticos y archivos, albergados en iglesias y palacios que se desmoronaron y ardieron.

El terremoto de Lisboa destruyó otras localidades costeras. En España murieron unos pocos miles. En Marruecos, más aún.

El impacto de la catástrofe fue hondo y duradero. Había ocurrido en un momento oportuno para la ciencia y para la filosofía.

Los Ilustrados se habían convencido del triunfo de la razón, que convertiría el mundo en un Paraíso. La catástrofe fue para ellos algo inexplicable, como si la cólera de Dios se hubiera precipitado sobre una capital, que además era católica, en desafío a la osadía de los hombres por creer en su sola capacidad.

Pero los científicos reaccionaron con más tino. Se dedicaron a estudiar el terremoto, sus causas, sus consecuencias, su prevención. Los arquitectos aprendieron a construir edificios a prueba de sacudidas. Gracias a la sorpresa, se abrió el camino de la sismología

A los filósofos les dio por moralizar. Primero Voltaire, luego Kant y otros menos conocidos, cavilaron sobre el asunto e hicieron públicas sus conjeturas. Dedicaron miles de páginas a intentar comprender por qué había sucedido aquello. Concluyeron que no vivían en el mejor mundo posible, como habían determinado, sino en el que había sido siempre inestable e impredecible.

La conmoción que produjo el terremoto en los europeos y americanos de entonces fue imborrable. Y eso que, salvo los afectados, todo el mundo se enteró de oídas. Las imágenes que vieron eran reproducciones aproximadas de dibujantes que habían ido a Lisboa; o no, y eran inventadas.

¿Es posible que, después de dos siglos y medio de avances científicos y del establecimiento de la red de comunicaciones más amplia y densa de la historia de la humanidad, las catástrofes naturales y las guerras no conmuevan ni a los sabios ni a las poblaciones del planeta del mismo modo que a nuestros predecesores?

Esto no es Haití


Veo las imágenes de la devastación en Haití, un año después del terremoto que mató a doscientas y pico mil personas.

El pico es una muestra acusadora de la indiferencia. Se habla de 250 mil, pero ya ha pasado el tiempo suficiente como para conocer un número muy aproximado de víctimas. Es posible que se sepa, pero los medios de comunicación se han atascado en el número redondo, porque es el que impacta.

Hablo con un bombero que acaba de volver de Haití, a donde han llevado medicinas y plantas potabilizadoras. Dice que el Haití de hace una semana no se diferencia apenas del que contempló en enero de 2010. Teme que la vida de los diez millones de personas que sobreviven (otro número redondo) apenas cambie con el paso del tiempo, años, decenios, siglos.

Tan terrible predicción se basa en sus propias observaciones y en el intercambio de ideas, opiniones y comentarios con especialistas de los distintos oficios, que llevan en Haití desde el terremoto.

Por pura casualidad, han coincidido esta conversación mía con el bombero y mi asistencia a un acto cultural-recaudatorio en beneficio de Haití.

El portavoz del acto aseguraba que sólo el diez por ciento de la ayuda internacional está llegando a los damnificados de la isla, que considera a aquella población perdida, como si un destino cruel le hubiera puesto la etiqueta de prescindible. Dice que las violaciones y el menosprecio de casi todos los varones haitianos hacia los efectos de la satisfacción de sus instintos sexuales en las mujeres jóvenes harán aumentar la población exponencialmente. Dice más, pero es necesario abreviar.

Me importa una reflexión sobre el trabajo de los periodistas, mis colegas.

He trabajado como enviado especial en algunos países sacudidos por la guerra (Kuwait) o sometidos a una maldición histórica, por utilizar un término ambiguo que vale para muchas cosas (Colombia, Suráfrica, Israel y Palestina). Los equipos de E.N.G. (Electronic News Gathering), compuestos por un cámara, un redactor y un productor, íbamos a la caza de las imágenes más impactantes, llamativas, conmovedoras, absurdas, exclusivas.  Cuando pasaba unas horas en un campo de refugiados, observaba a los hombres y mujeres obligados a vivir allí con conmiseración, y agradecía a la fortuna el trato favorable que me había dado al hacerme nacer en Europa. La mayoría de los que he conocido trabajando en esos escenarios lo hacía del mismo modo, salvo excepciones (una de las más sangrantes es la de un académico y novelista superventas, que escribe artículos llenos de indignación moral en algunos periódicos; nunca coincidí con él, pero los que lo habían hecho, contaban cosas nada moralizantes).

¿Qué efecto tenía mi trabajo y el de mis compañeros en las personas a las que nos dirigíamos? ¿Por qué no era ni lejanamente proporcional al de los dibujos y rumores de catástrofes de otras épocas en las que no había ni radio ni televisión ni periódicos? ¿Es acertado atribuir a la indigestión informativa, el exceso de datos, de imágenes, de comentarios histéricos, la indiferencia de la población? ¿Es ésta producto de un vaciamiento moral que ha atacado a los seres humanos del mundo rico?

Hay que quitar dramatismo a la cuestión, poner los pies en la tierra.

Nunca en la historia de la especie humana han funcionado tantos servicios de atención a emergencias sociales, tanta infraestructura táctica y estratégica, tanto dinero yendo de un lado para otro, tanto material, tantas personas dedicadas a atender a quien se ha quedado sin nada.

También es cierto que este mecanismo tiene una consecuencia perversa. Cuando en un país pobre y arruinado ocurre una catástrofe o es sacudido por una guerra, millares, millones de personas se juntan como rebaños en gigantescos apriscos, y esperan que lleguen otras personas preparadas para auxiliarles. Quizá no hacen otra cosa porque no pueden, porque cualquier movimiento pone en peligro su vida. Pero esto no es más que una posibilidad, no la única.

He visto las imágenes de las inundaciones de Queensland, en Australia, muy distintas de las inundaciones de Río de Janeiro, en Brasil. En la lejana Oceanía, miles de ciudadanos se han juntado espontáneamente o a resultas de un llamamiento, y se han prestado voluntarios para la reconstrucción de su ciudad. ¿Por qué no ocurre esto en Río?

Muchas consideraciones sociológicas, ideológicas y políticas (incluso religiosas) se podrán hacer. Pero el hecho es que algunos están preparados para tomar la iniciativa ante la calamidad y reconstruir su modus vivendi. Y otros, miles de millones, no. No podemos abandonarlos, ignorarlos, volverles la espalda. Pero hemos de encontrar fórmulas de asistencia que no se limiten a la misericordia institucional, sea pública o privada.

Los terremotos y las inundaciones recientes en China han llegado a nosotros con idéntica carga dramática. Sin embargo, al cabo de unos meses el efecto de la devastación ha sido en gran medida reparado, y con poca ayuda extranjera.

Es evidente que esa sociedad está capacitada para tomar las riendas de su vida, que no constituye un inmenso colectivo de mendigos dependientes de la caridad internacional.

Después de dos siglos de modernidad rimbombante y de medio de postmodernidad agobiante, estamos en condiciones de afirmar que nuestro mundo no es el mejor de los posibles, pero sí que está capacitado para mejorar contando con sus propios recursos, su voluntad y su acción conjunta.

Remito a mi entrada en esta misma bitácora de hace ahora un año. Resulta curioso releerla.

https://oliverrock.wordpress.com/2010/01/15/noticias-de-haiti/

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