Los Huéspedes de la Pitonisa

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Home-Gos, de Txemacan

(Basado en hechos reales)

La Pitonisa vestía el atuendo blanco de las bahianas. Era una negra gorda, de aspecto saludable, cosa poco común en aquella favela situada no muy lejos del estadio de Maracaná.

Me entretuve poco en su chabola. No llegué siquiera a hablar con ella. Nos limitamos a mirarnos. Yo, de pie, en el centro de la diminuta habitación. Ella, sentada en un sillón de mimbre con grandes cojines de tela de raso azul, pegado a una pared cubierta de arriba debajo con páginas de diversas ediciones del diario Die Welt con anuncios chillones de automóviles de lujo, de perfumes, de relojes exclusivos de pulsera, de anillos con diamantes. A la altura de su cabeza, tras la toca blanca, destacaba una gigantesca página con un campo de grandes calabazas amarillas y una banda en medio con estas palabras:

Wir sind besonders nachhaltig

(Somos desacostumbradamente duraderos).

Al abrir la puerta que daba a la calle me golpeó un frío intenso en la cara, algo nada extraordinario, pues ante mí se desplegaba inmensa, muda y solemne la cordillera del Himalaya con sus cumbres heladas envueltas en nubes de tormenta.

Avancé sobre la nieve, fijando los ojos en los pies para asegurar mis pasos, y al levantar la vista intuí el mensaje de la Pitonisa.

Muy cerca, en torno a mí se erguían altísimos edificios, un enjambre de rascacielos sólidos y gráciles, de ladrillo y de hormigón, de cristal y de hierro. Por encima de ellos navegaba un dirigible con una pancarta flotante:

Und das Besonders nachhaltig

(Y lo desacostumbrado dura)

Eché a andar por la acera y vi la mano colosal de un hombre tirando de una correa. Seguí la correa con la vista y de pronto la perdí. Se perdió en mí. Yo era un bulldog orondo, paticorto, feo y displicente.

El hombre me había sacado a pasear para que yo hiciera mis necesidades. Ahora nos dirigíamos a casa. Yo estaba aliviado y hambriento. Arriba, en el amplio y cómodo hogar me esperaba un humeante plato de arroz con pollo y un tazón con agua fresca y limpia. Una vez saciados mi apetito y mi sed, me echaría en la alfombrilla persa reservada para mí y dormiría satisfecho, despreocupado, feliz.

Y así, todos los días.

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