La crisis y los Sombrereros Locos

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En Francia se ha organizado un follón social con aroma de revuelta (según los medios de comunicación). Que es más follón que revuelta  y que los medios, como acostumbran, exageran para captar la atención de sus clientes, lo demuestra el hecho de que la población se prepara para el puente de Toussaint (Todos los Santos), los estudiantes vuelven a entrar en los liceos y en las universidades, y los asedios a refinerías y otras industrias estratégicas pierden fuerza o son quebrados por las fuerzas de seguridad.

Me ha llamado la atención uno de los eslóganes de los estudiantes: ¡No queremos vivir peor que nuestros padres!

Pero todavía me ha sorprendido más la reacción que ha provocado en algunas personas, por ejemplo periodistas de tertulia y blog. He leído cosas como esta de mi  solvente compañero Fernando Jáuregui.

Y un grupo de niñatos (menuda diferencia con mayo del 68, cuando gritaban “seamos realistas, pidamos lo imposible”), que no han entendido que viene la caída del Imperio Romano y proclaman, timoratos: “no queremos vivir peor que nuestros padres”. Como si el estado de bienestar “a la gabacha” (es decir, a la europea) no se estuviese desmoronando. Como si el retorno sin más a los-viejos-buenos-tiempos fuese una posibilidad real.

Mi colega patina en la ironía, porque querer vivir bien es razonable, mientras que aspirar a lo imposible es un desatino.

Sin embargo, lo preocupante de este texto es la docilidad o el fatalismo con el que se admite que el estado de bienestar a la europea se está desmoronando. Es posible que sea así. Pero, ¿nos deja esto tan tranquilos?, ¿nos aprestamos a resignarnos como valientes cristianos en la arena del circo?

Lejos de mí identificarme con una ideología ultraizquierdista. Lejos de mí animar a la revuelta. Simplemente pido que se utilice la razón, no el sarcasmo barato, cuando se dicen cosas en público.

La gobernación de un Estado o de una confederación de Estados busca el bienestar de los ciudadanos, el mayor bienestar. Eso es así desde antes de los griegos. La armonía social, el desahogo económico, la justicia equitativa, el imperio de la ley y de los valores colectivos. La democracia occidental intenta llevar eso a su consecuencia más extrema, que es lo más parecido a un comunismo no autoritario. Nada de malo ni de utópico hay en ello. Si ha sido posible hacerlo en media Europa y si los Estados Unidos de Norteamérica se han acercado a ese ideal, ¿por qué no podemos seguir por ese camino?

¿Qué hay que variar algunas tácticas? Hágase. ¿Qué hay que adoptar determinados sacrificios? Adoptémoslos.

Pero no renunciemos a seguir viviendo como hasta hoy.

Lo que está sucediendo en Francia, y  el desconcierto de la clase política y los periodistas d el Stablishment ante el fenómeno del Tea Party en los Estados Unidos (véase la traducción del final de este artículo) es la manifestación del malestar de una sociedad, enfadada por el trato de favor que los políticos en ejercicio están dando a las entidades financieras, siendo ellas las causantes del desaguisado que nos está perjudicando a muchos.

¡Se acabó el estado del bienestar! Pero no para los bancos ni para los grandes intereses económicos internacionales.

¿Qué hay de malo en jubilarse a los 60 años? Que no se puede sostener económicamente, arguyen. Pero sí hay dinero para que los bancos no se derrumben, porque, claro, sin los bancos, no hay fecundidad económica. El argumento es ridículo e indignante. Me carga esta unanimidad de comentaristas y políticos en confundir la jubilación con el parasitismo, cuando los mayores y más dañinos parásitos son los que se meten millones de euros al año en el bolsillo por no hacer nada más que estar allí, en los consejos de administración.

Evidentemente, nuestra sociedad está sufriendo una crisis muy fuerte. Pero una crisis política, social, no económica. Una forma de gobernar se está yendo al carajo. Y necesitamos encontrar otra. O regresar al pasado.

Vamos a tomarnos las cosas en serio.

A continuación traduzco unos párrafos del artículo La Política del Sombrerero Loco en América (o sea, los EEUU) de Geoffrey Hogdson

http://www.opendemocracy.net/godfrey-hodgson/america%E2%80%99s-mad-hatter-politics

Muchos reporteros de grandes medios asisten a los mítines del Tea Party y ofrecen retratos con ricas texturas de las extravagantes creencias allí exhibidas. Pero están muy mal preparados para entender la ira política que se arremolina en lo que las elites mediáticas llaman los flyover states (posiblemente algo así como los estados sobre los que se sobrevuela, políticamente hablando, sin darles mucha importancia). La mayoría de los comentaristas nacionales, sean de izquierda o de derecha, comparten el mismo perfil demográfico y sus actitudes hacia las elites políticas y económicas.

Incluso Barack Obama reveló una tendencia paternalista cuando dijo a los votantes de las pequeñas ciudades de Pensilvania en su campaña de 2008: “se enfadan, se agarran a sus escopetas o a su religión o a su antipatía hacia la gente que no son como ellos… como una forma de explicar sus frustraciones”. Muchas estrellas mediáticas – brillando, digamos, como bandejas de té en el firmamento periodístico – tienen la misma dificultad para entender a sus conciudadanos.

Ahora, Barack Obama y sus oponentes republicanos al mismo tiempo tienen que entender a esos extraños “tipos ordinarios y corrientes de ahí fuera”. Los periodistas millonarios, arrellanados en el Upper West Side de Manhattan o en el condado de Montgomery, Maryland (supongo que el equivalente a La Moraleja en Madrid) no nos están ayudando mucho. Los políticos nacionales republicanos y las celebridades de los noticiarios de la Fox TV pueden pensar de ellos mismos que son ásperos tribunos del pueblo, mientras que los políticos demócratas moldeados como Nancy Pelosi (presidenta de la Cámara de Representantes de los EEUU, política con pedigrí familiar) y sus proyecciones periodísticas se ven como los auténticos progresistas. Los guerrilleros de ambos lados pertenecen a una casta selecta en una sociedad que se está estratificando violentamente en clases.

Los partidos políticos gemelos y los periodistas que se han formado en simbiosis con ellos a duras penas entienden la enajenación de la gente que creía visceralmente en la superioridad indiscutible del modo de vida americano, y se desesperan por encontrar un sentido a todo lo que – desde Detroit a Kabul – se ha desbaratado. Sobre eso, y no sobre  las fantasías retronacionalistas del Tea Party, es de lo que va la política americana (EEUU) hoy.

El Tea Party se agarra al nacionalismo cómodo de los años de dominio norteamericano militar, ideológico y económico. Los políticos en ejercicio del poder y sus periodistas-sonda están  muy familiarizados con la retórica de la crisis, pero no aciertan a explicar los errores nacionales que son la causa subyacente de la serie de crisis empotradas del país

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