El síndrome Don Quijote

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Una panorámica de Estocolmo

Acabo de leer “Los Hombres que no Amaban a las Mujeres”, el superventas de Stieg Larson, y me ha parecido una estupenda muestra de la literatura de género.

La compañera de trabajo que me lo ha prestado me había advertido de que a veces se hacía un poco pesadito. Esta opinión la compartía una compañera de la compañera. A pesar de ello, las dos han leído los tres tomos con interés creciente, algo notable, porque mantener la atención del lector casi dos mil páginas requiere un talento poco común.

Me está pasando con la literatura (en especial la de género, es decir, la considerada desdeñable por los eruditos académicos) lo contrario que a no sé qué pedante; ese que dijo que leer novelas después de los 30 años era demostrar muy poco concimiento. Me debo parecer a don Quijote. ¿O le llamaremos el síndrome don Quijote, y lo convertiremos en enfermedad clasificable?

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos.

El ocio de algunos jubilados es leer. La semana pasada tuve uno a mi lado, en la puerta de una casa del pueblo aragonés de Castejón de las Armas, charlando a la fresca con otros vecinos. Observé que sujetaba en una mano cuatro sobadas novelas del oeste, que quizá había canjeado por otras en un kiosko de Calatayud. Era la prueba ineludible de que el síndrome don Quijote existe. Benditos sean los escritores de novelitas, noveluchas y novelones, que alivian el aburrimiento de los ociosos hasta hacerles olvidar algunas obligaciones como ir de caza o administrar su hacienda. Me gustaría que nuestros políticos estuvieran menos obsesionados en darnos caza a los ciudadanos o en administrar nuestras haciendas o en hacerlas suyas, y se entregaran a la molicie de leer novelitas del oeste. A todos nos iría mejor.

“Los Hombres que no Amaban a las Mujeres” me ha absorbido unas quinientas páginas. Luego, he rebajado mi interés, porque de súbito se mete en caminos trillados, de los que hasta ese momento se había mantenido apartado. ¿Por qué el bandazo? Imagino que por exigencias del guión: una novela de intriga actual necesita remotos escenarios internacionales, por ejemplo, el desierto australiano, y sorpresas rebosantes de sangre y de violencia. Y también una pizca de sexo, bien dosificada en el caso de Larson.

Imagino que al titular su primera novela de Millenium “Män som hatar kvinnor”, los hombres que no amaban a las mujeres (¿o habría sido mejor traducir, los hombres que odiaban a las mujeres?), Stieg Larson creía manifestar el propósito que le animó a escribirla. La protagonista femenina, la joven y rara Lisbeth Salander, declara en varias ocasiones su odio a los maltratadores. Y se venga de ellos.

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Por eso creo que el leit motiv, el mensaje auténtico de Stieg Larson es la venganza, empaquetada en un envoltorio de justicia para que al lector la contradicción moral no le moleste.

Advierte al protagonista uno de los personajes: “Jamás dejes que una persona que te ha insultado se salga con la suya. Espera tu momento y, cuando estés en una posición fuerte, devuelve el golpe, aunque ya no sea necesario hacerlo.”

El envoltorio de la justicia corre a cargo de Lisbeth, el personaje más apropiado por sus circunstancias vitales, una chica criada en instituciones por carecer de padres sensatos, que ha generado una especie de autismo en relación a la autoridad y que, debido a su excepcional talento en las ciencias aplicadas es capaz de averiguar los secretos inconfesables de los poderosos.

Inevitablemente ha de encontrarse con el periodista Mikael Blomkvist, que comparte con ella una repugnancia desbordante por los ricos miserables y amorales. El tal Blomkvist se nos presenta como un tipo inteligente y trabajador, pero (era necesario) ingenuo. El contrapunto de Lisbeth, una muchacha sin educación, pero a quien la vida ha despabilado y endurecido. Esto último sólo es una apariencia, como se ve en las páginas 664 y 665, las finales del libro.

Es todo un alivio que, excepcionalmente en las novelas de género, el protagonista no sea un alcohólico y un perdedor, aunque lo parezca (también era necesario, para no salirse de la plantilla). La perdedora resulta ser Lisbeth, que afronta su desgracia con la entereza de una heroína griega.

El objetivo de estos dos protagonistas es restituir la justicia. En realidad, vengarse. Él, de la tropelía de la que ha sido víctima, periodista engañado y vilipendiado por su apego a la denuncia. Ella, del maltrato que le han inflingido todas las autoridades con las que se ha cruzado en su corta existencia.

He aquí el problema de Stieg Larson, que durante quinientas páginas se esfuerza en escaparse de los constreñimientos del género y al final se enreda en ellos.

Los Vanger constituyen una saga familiar que evoca a los Buddenbrok, otros industriales nórdicos muy literarios. Les distingue el morbo criminal. Larson nos presenta una familia de degenerados totales,  mientras que Thomas Mann  exhibe de los Buddenbrok sus flaquezas morales, su debilidad pequeñoburguesa.

Los héroes de Mann  se van derrumbando porque no son capaces de adaptarse a las transformaciones de las finanzas y la economía modernas, un cambio basado en la norma novísima de que el empresario triunfador ha de deshacerse de la moral y los principios. Esto sucede a lo largo del siglo XIX.

Los Vanger prosperan ya en el siglo XX, dentro de los nuevos parámetros de amoralidad, que les aboca a la degeneración. Larson, que al parecer era un experto en las inclinaciones nazis de algunos suecos, emplea este recurso, la supuesta maldad intrínseca del nazismo, para describir a unos seres despreciables y dignos de castigo.

Me ha llamado la atención el episodio de la revancha periodística de Blomkvist. Gracias a su constancia, a su capacidad de trabajo y a los datos que le proporciona Lisbeth, acaba con el dominio de un empresario estafador y canalla.

Siempre he desconfiado del periodismo de investigación. Es un invento, una construcción. Al contrario que Larson y que Blomkvist, no creo que la obligación del periodista sea la denuncia de la corrupción económica y política. Eso es una majadería. No conozco ni a un solo periodista con los atributos que poseen los santos o los profetas bíblicos. Todos los periodistas estamos limitados por los intereses del medio y también por los de los anunciantes. El periodista no es ningún héroe, aunque de vez en cuando caiga alguno acribillado por las balas o víctima de un obús. Es un gage del oficio, igual que el de los soldados a quienes acompañan y tras los que se protegen.

Pero la razón de peso de mi desconfianza hacia el llamado periodismo de investigación es que suele haber poca investigación detrás de los mayores “scoops”. El interés de una persona o de una institución es el detonante: primero se filtra una noticia, luego se dirige hábilmente la atención del periodista elegido o del medio, y cae en la trampa como un cervatillo. Eso en el caso de los periodistas supuestamente ingenuos, el de Blomkvist. Porque los casos que crean sacudidas sociales y mediáticas están manipulados desde el principio de acuerdo con una estragegia muy precisa.

Larson nos hace creer que, gracias a la valentía y la constancia de Blomkvist, los sucios manejos de un empresario poderoso se ponen al descubierto y el aparato del Estado da buena cuenta de él.

Los aparatos del Estado conocen perfectamente todas y cada una de las conspiraciones, de las estafas, de las corrupciones, de los crímenes perpetrados por los ciudadanos conspicuos. Entre otras cosas porque sin el consentimiento o la colaboración del poder, la mayoría de estas tropelías no podrían ejecutarse.

Uno de los aspectos más perfeccionados del Estado moderno es el policial y de inteligencia. De hecho, los ejércitos de todas las épocas históricas han contado con servicios de información, de espionaje, de confidentes, llámese como se llamen, claves a la hora de plantear una estrategia y una táctica militares. Otra cosa es que los designados para dirigir esas secciones sean personas preparadas para ello.

En resumen, “Los hombres que no amaban a las mujeres” empieza abriendo una senda fresca en la literatura de género, pero al llegar a un extremo del recorrido, entra en la vía de lo convencional, el periodista heroico, los poderosos repugnantes, viajes exóticos, y sorpresa final un poquito decepcionante. La verdad es que llegar a un nuevo territorio literario es algo muy difícil. Yo disculpo a Larson. Y si su alimentación y sus horarios de trabajo eran tan desordenados como los de Blomkvist, no me extraña que le diera un ataque al corazón.

No he leído las otras dos entregas de la trilogía. Y por las referencias que tengo de ellas, creo que no lo haré, porque la convencionalidad y el disparate empiezan en la página 1. Lástima. Larson encontró un buen filón, pero no ha podido aprovecharlo.

Termino con otra cita de Cervantes.

En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.


Post Sriptum

He recibido requerimientos de que desvele la personalidad oculta de l’Inspecteur Magritte.

Un periodista decente jamás revela sus fuentes.

Rectificación sobre este hombre/mujer. L’Inspecteur Magritte no es un infiltrado sólo en el submundo de la Kultura. Es un infiltrado en todos los mundos y submundos donde puede colarse. Así que, ojo. Magritte is watching you, and he’ll tell me everything.

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Un comentario sobre “El síndrome Don Quijote

    txemacan escribió:
    31/08/2010 en 09:08

    Cervantes en este siglo,…¿en que medio desarollaría su talento?

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