EL JARDINERO SUICIDA

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La inopinada irrupción de septiembre en agosto, que ha durado varios días (¡oh, el cambio climático!), me ha desplazado de mi paraíso doméstico. Se encuentra éste en la terraza, que Toñi cuida primorosa con flores, arbolitos y plantas trepadoras desde hace tres años. Después de cenar, nos subimos al jardín, sintonizamos una emisora con buena música (cosa harto difícil para nuestro gusto convencional) y nos ponemos a leer.

Pero la lluvia y el bajón térmico nos han devuelto al salón, donde la televisión nos contempla con hostilidad (quizá sea al revés), y para que no se moleste, acabamos encendiéndola. No tardamos en apagarla y ponernos a leer, aunque la complacencia es menor que en el jardín de la azotea. Pero el otro día echaban El jardinero fiel, y como tiene buena fama, nos abandonamos a la acción.

Este es el resumen del argumento, tomado de Wikipedia: Cuando Justin Quayle (Ralph Fiennes), diplomático británico en Nairobi, se entera de que su esposa, Tessa (Rachel Weisz), ha sido violada y asesinada, comienza su propia investigación. Haciendo caso omiso de las advertencias y de los rumores sobre una supuesta infidelidad de su esposa, Justin descubre que Tessa había destapado una trama internacional de corrupción, burocracia y acciones lucrativas de la industria farmacéutica.

Como casi todo el mundo sabe, la película está basada en la novela del maestro del espionaje John Le Carré, The Constant Gardener, que no he leído.

Pero sí me parece oportuna una reflexión sobre el filme.

Lo observaré desde dos puntos de vista incompatibles: la lógica de la realidad y la lógica de la tragedia.

La primera es la que domina la mayoría de las creaciones de ficción contemporánea que hablan de nuestro mundo y no de fantasías alienígenas, apocalípticas o distorsionantes de la historia.

La segunda corresponde al concepto clásico de tragedia épica, que puede representarse por la Odisea o por los primeros dramas griegos en los que el ser humano se enfrenta al destino o al poder.

Según la lógica de la realidad, El jardinero fiel cuenta la historia de un introvertido botánico británico asignado al cuerpo diplomático, que se enamora (y termina casándose) de una chica convencida de que la política y la economía internacionales son presas de la corrupción, apreciación relativamente fundamentada. El problema de la chica es que se siente llamada a romper este círculo vicioso, y lo hace a espaldas de su marido, y emprendiendo averiguaciones que la colocan en el punto de mira de una parte interesada y sin escrúpulos. El otro problema es que la chica sufre un fuerte desequilibrio emocional, como se nos muestra en la escena del encuentro con su futuro marido, que fatalmente se casa con ella precisamente por eso. El precario equilibrio de la activista le hace perder la medida de la realidad, y acepta acostarse con un compañero del jardinero en posesión de cierto documento incriminatorio, a cambio de tener acceso a él. El resto es una historia de intriga convencional, con malos despreciables y buenos casi angélicos.

Aquí se acaba la lógica de la realidad. Es fantasía inyectada en vena. La perversidad inverosímil (y cinematográfica) de una multinacional farmacéutica, que misteriosamente y en exclusiva sabe que una davastadora variedad de la tuberculosis se expandirá por el planeta, y prueba a toda prisa en los conejillos de Indias-niños keniatas para beneficiarse de la pandemia, con la nauseabunda complicidad de varios gobiernos y pandillas de matones.

El jardinero fiel tampoco encaja en la lógica de la tragedia. El jardinero es un tipo sin la menor categoría de héroe, ni siquiera es un antihéroe, sino un irresponsable que se deja matar, una vez que ha obtenido la prueba de la conspiración. El hecho de que elija ser ajusticiado por los mismos asesinos a sueldo que acabaron con su mujer en lugar de convertirse en el portavoz de la denuncia, define el mensaje de la película: una vez que has destapado la mierda, lo mejor es morirte, porque continuar viviendo es arrastrar tu existencia por el estiércol.

Sólo los antagonistas adquieren una dimensión relativamente grandiosa por su amoralidad: un alto diplomático londinense, que organiza la cacería y los asesinatos, otro diplomático británico en Nairobi, que al saber que va a morir de cáncer revela parte de la verdad al jardinero, un empresario sin escrúpulos, que hace otro tanto al arruinarse, un doctor den un campamento sudanés, cuyo papel más que trágico es melodramático, y recuerda a Humprhey Bogart (Perro Loco) en High Sierra. También los coros manifiestan la grandeza moral de su miseria: los desgraciados habitantes de los barrios de chabolas de Nirobi, y los refugiados sudaneses.

El asalto, sin embargo, de los salvajes musulmanes en busca de niños para convertirlos en guerreros se parece demasiado a las rapiñas de indios desalmados contra inocentes colonos de los primeros años del cine del oeste. La realidad debe er todavía más sórdida.

El jardinero fiel me parece una película sentimental, maniquea y manipuladora.

No dudo que haya empresas en el mundo capaces de mandar asesinar a los listillos que quieran denunciar sus manejos, pero sólo si esos listillos son personas sin mucho peso en el censo, no la cónyuge de un  diplomático. La historia real en la que se basa El jardinero fiel no produjo ningún crimen novelístico. Y tampoco contiene el ingrediente de esa misteriosa información privilegiada sobre una inminente epidemia.

Pero no hay que rebuscar en las cloacas de la industria farmacéutica, la de armas o la de diamantes. A la vista pública realizaron algunos laboratorios un suculento negocio a costa de la gripe A.

L’Inspecteur Magritte, un infiltrado en el submundo de la Kultura, me sugiere con negra ironía, que acaso lo de la gripe A haya sido la invención o el descubrimiento de un laboratorio que difundió el virus para colocar luego sus vacunas.

El empleo de la astucia en la economía es vieja como el comercio. Este mismo infiltrado me recuerda que una de las secuencias de la película El Niño, de Chaplin, mostraba al golfillo apedreando las ventanas de una calle y huyendo a toda prisa. La seguiente escena era Charlot cargado de un cristal de repuesto para la ventana.

Que dos muertos de hambre estafen siempre provoca simpatía. Menos en los habitantes del piso cuya ventana han roto.

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