LA EDAD DEL PAVO

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"Lunero", una creación de Txemacán

Antaño, al tránsito entre la infancia y la juventud se le denominaba “La Edad del Pavo”.  Hoy, como otras acepciones consuetudinarias, se ha borrado del diccionario de uso común.

Dos veranos de mi edad del pavo los pasé en Alicante, y otros dos más en Santa Pola. Fueron los peores veranos de mi vida. No tenía más que un alivio: la lectura.

El primer verano me dediqué con pasión a las novelitas de kiosko. Esa literatura barata, que alimentó a sus autores, algunos de ellos seudónimos de escritores “serios”, me alimentó también a mí.

Prefería las novelitas de espionaje, protagonizadas por bravos agentes del FBI (un día descubrí perplejo que no se decía febeí, sino efebeí) y de la CIA. Cuando se acabaron las que almacenaba el kioskero que me las cambiaba, empecé a leer novelitas del Oeste. Y al terminarse la reserva de éstas, me atreví con las novelitas sentimentales. Leía del orden de dos o tres diarias. No hacía otra cosa. Marchaba a la playa con mi familia, me tumbaba sobre una toalla en la arena o en una hamaca, y ni siquiera me bañaba. Me habría gustado hacer migas con los chicos de mi edad, como mi hermano o mi hermana, lo suficientemente niños como para ser atrevidos. Pero yo estaba en la edad del pavo y me abrumaba la vergüenza.

Esos veranos en Alicante y Santa Pola activaron un hambre de lectura que me duró hasta el final de la juventud, cuando tuve que empezar a ganarme la vida, y ya no era dueño de mi tiempo.

No sé por qué, este verano he recobrado la pasión por la lectura de entretenimiento. Estoy devorando novelas de ciencia ficción, que ciertos mandarines de la literatura consideran basura intelectual a la altura de los tebeos o cómic de género. Es cierto que ambos fenómenos corren paralelos y hasta se entrelazan. ¿Y qué?

No obstante, mi lectura es discriminada. La ciencia ficción de encuentros bélicos con razas o civilizaciones alienígenas, los cataclismos estelares con buenos y malos disparándose rayos láser, este tipo de variantes y subgéneros me aburren. Me estoy centrando en un puñado de autores que usan la fantasía anticipatoria como instrumento de reflexión moral. A saber, Phillip K. Dick, Michael Bishop, Arthur Clark, Walter M. Miller Jr., Ray Bradbury, Joe Haldeman y pocos más.

Vacaciones en la Luna, una creación de Txemacán

Gracias a estas lecturas he descubierto algo chocante. Los superventas actuales de catástrofes, conspiraciones y fantasías góticas beben descaradamente de fuentes que brotaron con fuerza en los años 60, 70 y 80, de la generación que forjó la contracultura.

Ninguna de aquellas novelas hizo ricos a sus autores, escritores profesionales que se ganaban la vida con la publicidad, los guiones de cine y televisión, la edición de textos para editoriales, la novelización, la divulgación (los digest) y otros trabajos pagados por contrato (freelance). Podríamos imaginar que las creaciones de Phillip K. Dick o de Ray Bradbury se venderían hoy como las de Dan Brown. La causa eficiente de los libros superventas son las campañas de publicidad, algo muy reciente en el mundo de la cultura. Si en la época dorada de la ciencia ficción, las editoriales hubieran funcionado con campañas de márquetin como las actuales, posiblemente sus mejores autores se habrían forrado.

Insisto en la idea primera: los autores fantásticos de hoy no hacen sino seguir la senda abierta hace treinta o cuarenta años, pero vulgarizándola, prostituyéndola. Entre Phillip K. Dick y Brown hay un abismo. El primero ofrece al lector dilemas filosóficos, le conduce a reflexionar sobre problemas de naturaleza moral. El segundo, le aturde con una serie vertiginosa de aventuras y sorpresas.

Aventuras y sorpresas que también se encuentran en la edad de oro de la ciencia ficción. Pero en dosis proporcionadas, no venenosas, de una verosimilitud nada aberrante.

Acabo de leer “La Carretera”, de Cormac McCarthy, una novela actual que encaja dentro del género de la ciencia ficción. Como fue premio Pulitzer e hicieron una película con ella, y Javier Bardem protagonizó otra película basada en otra novela suya, “No es país para viejos”, al hombre le publican con el sello de Best-seller en ediciones de bolsillo. Dice en la solapa de una de ellas: “Las circunstancias de su biografía se hallan envueltas en la leyenda: no concede entrevistas, se dice que vivió bajo una torre de perforación petrolífera y que en su juventud llevó una vida de vagabundo”.  Todo esto no es más que un sucio recurso publicitario. Sólo hay que entrar en Wikipedia para conocer que McCarthy es una persona bastante convencional, cosa que no impide que sea un magnífico escritor. ¡Mercadotecnia barata producida por mastuerzos a sueldo de las editoriales!

El escenario de “La carretera” es similar al de “Cantico a San Leibowitz”, de Walter M. Miller, un mundo postapocalíptico. El tono emotivo de ambas novelas también es similar: pesimismo extremo. Sin embargo no son en absoluto relativistas o escépticas. El peso de la moralidad y su presencia en los seres humanos es aplastante en ambas.

El estilo de McCarthy es el del escritor economista de medios, con frases que evocan la gubia o el cincel de un escultor en un bloque de madera dura o en el mármol, sólo que luego no pule las aristas, las deja como están. Yo he intentado leer “The Crossing” en inglés (traducida como “En la frontera”), y me rendí porque me costaba trabajo entender el sentido del texto.

“Intentó pensar en algo que decir, pero no pudo. No era la primera vez que tenía esta sensación, más allá del entumecimiento y la sorda desesperación. Como si el mundo se encogiera en torno a un núcleo no procesado de entidades desglosables. Las cosas cayendo en el olvido y con ellas sus nombres.”

Si yo, como traductor, me hubiera encontrado con el equivalente en inglés de “núcleo no procesado de entidades desglosables”, me habría vuelto loco. No sé qué será eso, aunque debe tener que ver con la destrucción de casi todo tras un desastre nuclear, y por lo tanto la desaparición de las palabras que designan a las cosas, por puro desuso.

Un hombre y su hijo recorren un paisaje desolado a pie, sobreviviendo como pueden, ocultándose de “los malos” (así es como les llaman los peregrinos, en contraposición con “los buenos”). Un indicio de la filosofía de la novela lo da esta lacónica reflexión de un viejo medio ciego que recorre a tientas la desolación, y con quien los peregrinos comparten un día su escasa comida. Dice el hombre: “Nadie quiere estar aquí, y nadie quiere marcharse.”

La novela tiene doscientas hojas de letra menuda, y carece de “acción” en el sentido de los superventas. Es lo más admirable de McCarthy. Me pongo en su lugar, un tipo desesperado y su hijito andando sin rumbo por paisajes cenicientos, sin fauna y sin flora, y a las cincuenta páginas se me habría acabado el fuelle. Pero el norteamericano impasible mantiene la tensión hasta el final con tenacidad del escritor de raza. Un final positivo, esperanzador, en el que se reafirma el valor de la familia y la moral, dos cosas hoy menospreciadas por montones de gente. O sea que McCarthy, como Phillip K. Dick, como Bishop, como Bradbury, es un conservador de tomo y lomo, aunque sus personajes fumen porros y estén contra la guerra de Vietnam. Dicho de otro modo, la identidad de un ser humano no ha de buscarse en la etiqueta de progresismo o de conservadurismo que alguien, incluso ellos mismos, han pegado en su lomo, sino en la firmeza de su criterio (que no tiene por qué ser original) y en su amor propio.

Eso es algo que se aprende cuando uno sale de la edad del pavo, pero que pocos se atreven a mantener.

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3 comentarios sobre “LA EDAD DEL PAVO

    Tomás escribió:
    12/08/2010 en 23:59

    Hola Fernando. Curiosamente yo también estoy leyendo ciencia ficción y otra literatura fantástica este verano. Dos ejemplos: he vuelto al inmortal ‘It’ y he disfrutado de la primera visita a la trilogía de ‘The Hunger Games’ (aunque estoy esperando a que salga la tercera entrega dentro de un par de semanas). En español han publicado el primer libro como ‘Los Juegos del Hambre’ y el segundo ‘En Llamas’ (‘Catching Fire’ en el original inglés). El tercero es ‘Mockingjay’, no sé cómo lo traducirán. Lo he pedido a Amazon para que me llegue lo antes posible.

    La trilogía es de una escritora americana, Suzanne Collins, especializada en literatura para niños y ‘young adults’. Como sabes, esta expresión en inglés difiere del término ‘adolescentes’. ¿Quienes son ‘jóvenes adultos? O mejor, ¿quienes somos ‘jóvenes adultos’?… Otra pregunta sería: ¿hasta cuando dura la edad del pavo?…

    Me estoy haciendo un lío. En cualquier caso, bastante recomendable la trilogía de ‘Los Juegos del Hambre’. Ambientada en un país imaginario que bien podría ser los Estados Unidos de América en un mundo post-apocalíptico, Suzanne Collins también nos propone reflexiones que van más allá de la simple diversión. Si lo lees, ya comentaremos.

    Un abrazo y gracias por compartir tus reflexiones en este blog.

    Tomás.-

    txemacan escribió:
    13/08/2010 en 07:48

    Voy a tomarme la libertad , con tu permiso de antemano y mucha confianza, de un fragmento cortito del texto y colocarlo en los peces.

    Saludos y me tomo nota de la carretera.

    Enrique escribió:
    16/08/2010 en 12:33

    Sí, Fernando, como tú, también creo que “La carretera” carga con su dosis de pesimismo. Ya te dije que justo después de leerla quise hacerme de la Asociación Americana del Rifle aunque luego…, lo pensé mejor.
    En el último año he leído esta novela cuatro veces y ahora estoy convencido: más optimista que McCarthy no puede serlo uno.
    Los seres humanos nos venimos enfrentando contra un mundo hostil casi en toda circunstancia y desde el principio de los tiempos, y las ideas de McCarthy, planteadas con su particular belleza expresiva desde la profunda reflexión, la mayeútica y la simplicidad narrativa, pienso ahora que abren a todo lector el camino de la Esperanza. En narrativa, conciencia y memoria son, de por sí, muy difíciles de encontrar y cómo más lo es, aún, que ambas vayan de la mano, bienvenido sea McCarthy con su carretera. Desde mi punto de vista, “La carretera” no es tan sólo una novela recomendable porque, hoy en día, sinceramente entiendo que su lectura resulta imprescindible.
    Quiero, por tanto, darte las gracias por recomendar esta novela desde tu bloc.
    Un abrazo.

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