IDEAS Y CREENCIAS

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Resulta curioso cómo las ideas se transforman en creencias.
Curioso y chocante en una sociedad como la nuestra, que se califica de democrática y dice regirse por el métido científico, a diferencia de la sociedad del Antiguo Régimen, que se regía (dicho de un modo esquemático) por una ideología alimentada e impuesta por cierta jerarquía civil en alianza con una casta sacerdotal. En el fondo, este método científico moderno solo rige en la fabricación y distribución de objetos de consumo y máquinas de variado género. Pero en lo relativo a las ideas, algo que todo el mundo tiene y cultiva, el método científico de los tiempos no ha cuajado, y seguimos siendo en general tan supersticiosos como los hombres de las cavernas. Es una lástima, porque no hay mejor forma de entenderse que utilizando la razón, algo que solemos hacer sólo intuitivamente, es decir, que hacemos muy mal.
Una de las ideas que parecen haber hecho nido en la sociedad actual es la siguiente: La generación de los que hoy son jóvenes vivirá peor que la de sus padres. La causa a la que se atribuye esta desgracia es la crisis económica, política y moral de nuestra sociedad.
Tanto la idea como su supuesto origen carecen de sustentación. En primer lugar porque en los últimos cien años ha habido varios momentos en cada generación en los que la afirmación de que la siguiente viviría mucho peor tenía más base. Por ejemplo, durante y después de las dos guerras mundiales, con motivo de la crisis de los misiles de Cuba y entorno a la guerra de Vietnam. Pronóstico que se ha demostrado falso. Y luego, porque las precedentes crisis económicas, políticas y  morales que ha sufrido el mundo (y en especial la sociedad occidental) a lo largo del último siglo han sido mucho más devastadoras que la presente.
La presente crisis más que una crisis parece un espantajo, un fantasma que los gobiernos y ciertos ideólogos ha empezado a agitar por pánico, por ignorancia o por alguna otra razón más tenebrosa. No tardaremos mucho en tener una idea más precisa sobre el asunto.
El crecimiento económico marca una línea ascendente desde los inicios del siglo XX. Casi todo el mundo vive hoy mejor que sus abuelos, tanto en la isla de Manhattan como en el Toboso, tanto en Shangai como en Burundi. Vive mejor y vive más. Obviamente, la mayoría de los seres humanos de los países más atrasados económicamente viven mucho peor que un parado andaluz o un marginado social de Oslo, pero en relación a sus bisabuelos, todos han mejorado su existencia.
Esto quiere decir que las generalizaciones no sirven para nada, siempre hay que referirse a un punto de comparación o de partida.
Y también es preciso subrayar que el hecho comprobable de que hoy en día los pobladores racionales del planeta Tierra vivan en mejores condiciones que sus antepasados no significa que esto vaya a seguir sucediendo siempre, que la línea del progreso económico crezca hacia el infinito.

Vicente, un gran amigo mío, hombre probo y cabal, me ha enviado un mail en el que lamenta el dominio de “una economía criminal mundial”. Puesto que mi amigo es inteligente, algo que prueba su situación personal y profesional, envidiables en muchos aspectos, supongo que semejante afirmación la ha hecho en un momento de profundo cabreo. Un marxista de los del viejo Komintern le calificaría de “pequeñoburgués acorralado por la crisis del capitalismo”.
Vicente sostiene: El planeta se está segmentando cada vez más en espacios distintos donde el juego del capitalismo global está dotado con reglas diferentes en las que domina una economía criminal mundial que permite flujos inmensos de capital entre banqueros ‘respetables’, carteles de trafico de drogas, niños, mujeres y armas de destrucción absoluta, estados-nación con soberanías irrelevantes y fundamentalismos dispuestos a todo.
Lo más curioso es que mi amigo jamás ha sido marxista, aunque se exprese en una jerga que fue acuñada por Marx y sus epígonos, en especial Lenin, que tuvo más epígonos todavía, a cual más peligroso.
Hoy, un montón de personas que nunca han coqueteado con el marxismo emplean su terminología para llegar a las conclusiones opuestas. Cada día suman más las personas convencidas de que el mundo en el que vivimos tiene sus días contados. En eso coinciden con los utopistas desesperados de todos los tiempos y con los nihilistas del siglo XX, que hoy son legión, a pesar de todos los cuales, el mundo sigue funcionando, aunque sea a trancas y barrancas.
Hacia 2003 me topé un día con cierto viejo amigo (no Vicente), que había dedicado los años de su juventud a la acción sindical clandestina, con gran sacrificio personal y familiar. Con el paso del tiempo había conseguido instalarse, como la mayoría de quienes fuimos activistas de algo, en un puesto cómodo y seguro, poseía dos casas, varios coches, había provisto de vivienda a sus dos hijos, y para acabar se había comprado un Mercedes de segunda mano, pero que funcionaba muy bien y lucía todavía mejor. El hombre seguía siendo un profeso de la izquierda, y me dijo lo siguiente, resumiendo sus palabras: “Nunca me había ido tan bien como ahora con Aznar, pero estoy deseando que se vaya del gobierno y que venga de nuevo la izquierda”.
Desde la perspectiva actual, sus palabras suenan a declaración suicida. Pero, también en aquel momento, al oírlas, me quedé perplejo. Porque si lo que quería decir con ellas es que estaba harto de vivir como un burgués, no hacía falta que mudara ningún gobierno, la solución estaba al alcance de su mano, sólo tenía que haber vendido sus bienes y haber entregado el dinero a los pobres, a una ONG de cooperación para el desarrollo o a Greenpeace.
Su problema era ético o psicológico, pero quien tenía la culpa de su malestar no era Aznar, sino él mismo.
Considerar criminal a la economía mundial es una declaración ética, que no sirve para arreglar los desaguisados de los que son víctimas los seres humanos del Tercer Mundo, y tampoco ayuda mucho a sosegar la conciencia de quien la emite.
Pero además, es una afirmación insostenible.

¿Existe una economía pura, benevolente, virtuosa, altruista, y otra regida por el bandolerismo? ¿Existe una economía intermedia?
La realidad experimental es que la economía puede ser perversa y beneficiosa, incluso al mismo tiempo. ¿Fue la revolución neolítica una desgracia ecológica, puesto que se dedicó a arrasar bosques para crear tierras de cultivo? ¿El descubrimiento del petróleo fue una maldición porque acabó llenando la Tierra de vehículos de combustión? ¿La fabricación en serie es un perverso anzuelo para que la gente llene la casa de electrodomésticos que lanzarán al espacio microondas cancerígenas?
En toda acción humana, tanto política como económica, han consecuencias que perjudican a alguien, incluso aquellas que se hacen con el propósito de beneficiar a cierto segmento desfavorecido.
Sin embargo, hay que preguntarse por las razones que mi amigo Vicente tiene para llamar criminal a la economía mundial. Razones que tienen que ver más con una postura ética que con un análisis riguroso de la realidad mentada.
Para mi amigo, la alta burguesía industrial y financiera es, en el mejor de los casos, indirectamente, cómplice de las redes criminales del planeta, que se dedican al tráfico de drogas y de armas.
Si tenemos en cuenta que tanto el tráfico de drogas como el de armas pertenecen al ámbito de la economía, y que no en todos los casos esos tráficos se hacen al margen de la ley, tendremos que admitir que, sean quienes sean los responsables y beneficiarios de los mismos, el punto de vista de la ética no nos ayuda mucho a entenderlos. El intercambio comercial es, junto con la cultura (incluso, paralelamente a ella) la actividad que nos diferencia a los seres humanos del resto de los animales. Desde que el Estado y sus formas primitivas aparece, al mismo tiempo surge el derecho que intenta regular la economía, es decir, los intereses económicos. El gran progreso de las sociedades humanas está en el desarrollo de la ciencia y en la aplicación de la razón a los azares económicos.
Esperar que la supuesta globalización de la economía (un mito que favorece en especial a los grandes financieros) traiga contenga en su esencia la aplicación automática de la justicia y el derecho es una tontería. Las desigualdades económicas más hirientes sólo se irán atenuando a medida que los países más pobres aprendan a enfrentarse a las reglas impuestas por los más ricos y más poderosos. Y no precisamente con el uso de la violencia política, que desde hace miles de años se ha demostrado más perjudicial que terapéutica.
Una de las supuestas consecuencias de esta supuesta alianza entre la alta burguesía industrial y financiera de todos los países con los filibusteros de las armas y las drogas es el terrorismo y la construcción de armas nucleares de ciertos estados fundamentalistas (islámicos y no islámicos).
Semejante razonamiento lleva a concluir que los rebeldes fundamentalistas y los terroristas están ofreciendo una alternativa a la economía criminal. Algo falso por completo.
La verdad es que los rebeldes fundamentalistas y terroristas son la materialización presente de un fenómeno universal y constante a lo largo de la historia, el deseo de dominio, la ambición, el lucro, los mismos que inspiran a los criminales capitalistas, con la diferencia de que los segundos utilizan mecanismos económicos (por siniestros que sean), mientras que los primeros, en su deseo de mantener su dominio social en los lugares de los que proceden, no tienen el menor escrúpulo en emplear armas y asesinar a quien haga falta, sea hombre, mujer o niño.
En relación con el tema de las mafias de la droga, conviene recordar que sus madrigueras están precisamente en los lugares dominados por los terroristas, por ejemplo, Afganistán. Y en relación con las mafias de las armas (a parte de que el comercio de armas es legal en la mayoría de los casos), resulta sorprendente ver que hay más hombres de negocios tercermundistas en el asunto que multinacionales.
La humanidad se distingue del resto de los mamíferos en su capacidad de razonar, de aprender de la experiencia y transmitirla por medio de la palabra y todos los instrumentos culturales creados a lo largo de los tiempos, y también se distingue en que intercambia bienes y trabajo. Las dos cosas van unidas. Las dos cosas dan lugar a lo que conocemos por política y por economía, y que ya empezaron a explicar los griegos.
La humanidad nunca ha sido ni peor ni mejor hoy
que en otros tiempos. En todo caso, y por huir del término humanidad, que es una abstracción metafísica porque no se refiere a ningún grupo de seres humanos en concreto, sino a una totalidad que no nos sirve más que como referencia denominativa, en todo caso, digo, ha habido periodos históricos y sociedades históricamente documentadas, en las que se ha vivido con mayor armonía colectiva y ecológica que hoy. Pero eso no significa que sean modelos de nada. El sueño de la barbarie ingenua de los isleños del Pacífico es un producto de los ilustrados británicos y franceses, que veían en la aparente sencillez de la vida de los Tahitianos, un contraste modélico con la sofisticación de sus rígidas costumbres dieciochescas.
Lo único que nos da derecho a sentirnos más preparados que los seres humanos del pasado es la generalización de la ciencia en la vida cotidiana (de momento, insisto, básicamente en el mercado de productos y bienes) y la posibilidad de utilizar la razón hasta sus últimas consecuencias, sin el peligro de que te condenen a la hoguera o a la mazmorra.
No obstante, el lastre de la creencia es tan pesado, que recurrimos una y otra vez a argumentos sin base para explicarnos nuestros males, y acabamos atribuyéndolos a causas que sólo están relacionadas con ellos de un modo indirecto.
Los problemas más graves de los occidentales ricos y también de los no occidentales pobres no son económicos, son políticos.
Las leyes de la economía, del mercado, de las transacciones locales, nacionales e internacionales no han variado apenas en el transcurso de los tiempos. Hoy, la mundialización del mercado y de las transacciones financieras ha extendido a todo el planeta el dominio de esas leyes de hierro de la economía. La pretensión de arrancarlas de cuajo por vía de la acción política se ha demostrado inviable. Y sin duda, el fracaso del socialismo es lo que más daño moral ha producido en la mente de muchos creyentes en los remedios que la izquierda decía poseer contra la desigualdad y el caos. Es algo parecido a lo que sucedería si de golpe se descubriera que el Obispo de Roma y su corte eran en realidad agentes de una conspiración marciana o réplicas de Bush y de Aznar al mismo tiempo; la cristiandad católica sufriría una crisis de fe y se entregaría a las creencias más absurdas (algo que, por lo demás, se diría que ha empezado a pasar, y no sólo en El Código da Vinci).
Eso que tanto preocupa a mi amigo Vicente y a muchísimas personas honestas y aterrorizadas, la criminalización de la economía mundial, es una relativa novedad. Podríamos decir, con Marx, que el capitalismo es depredador por naturaleza. Que es lo mismo que decir que el ser humano respira y traga inocentes microbios que flotan en el aire, o que al caminar va pisando pobrecitas hormigas que dedican su humilde existencia a trabajar afanosamente hasta que pasa un cuadrúpedo o bípedo y las aplasta. Son visiones morales, no filosóficas, llenas de adjetivos que transforman en crímenes fenómenos que una probable madurez de las sociedades humanas irá atenuando.
Hasta hace un par de siglos, los vaivenes de la economía afectaban a las personas de un modo muy localizado y pasajero. Hoy, la bajada de una bolsa yanqui afecta al inversor de Cullera, y la subida o bajada del precio del crudo nos toca el bolsillo a todos los automovilistas.
Decir que la responsabilidad de estos bandazos es de unos cuantos cárteles criminales es una afirmación básicamente demagógica. Los cárteles criminales de hoy se diferencian de las bandas de criminales de antaño en que los límites geográficos de su acción se han ampliado. Esto los hace más dañinos. Pero de ahí a asegurar que existe una alianza formal y generalizada entre el crimen organizado internacional y las grandes fortunas del planeta hay un abismo de fantasía.
Basado en la facilidad del transporte y en la posibilidad de comunicación entre todos los puntos del planeta, se ha creado el mito de la globalización, una abstracción interesada, porque los intereses económicos legítimos e ilegítimos tienen nombre y apellido, y poseen una nacionalidad y bienes raíces, no son conspiradores misteriosos.
Es evidente que lo que tiene que cambiar, y va a cambiar en las próximas décadas es la organización política de las colectividades humanas. Y no me refiero a la generalización de la democracia realmente existente, sino a los ámbitos de soberanía y de decisión. Si la economía se mundializa en todos sus extremos, la política tendrá que seguir el mismo camino. Pero no somos capaces de prever cómo, porque la inercia de los estados a funcionar como tales, como instancias independientes, es enorme. Mi opinión es que la democracia representativa tiene los días contados. No sé si la sucederá un despotismo tecnocrático (de hecho es lo que funciona en la Unión Europea), ni tampoco imagino qué límites geográficos pueden tener los gobiernos del futuro, si continentales, intercontinentales o planetarios. Intuyo que el Imperio Galáctico Benéfico no tiene muchos visos de funcionar.
Dice mi amigo Vicente que la marginación de personas, pueblos y países no será una exclusión pacífica. Ya lo estamos viendo. La seguridad del mundo está crecientemente expuesta a la accesibilidad a las nuevas formas bélicas que con toda probabilidad acabarán usando individuos, organizaciones y estados débiles en cuanto a medios militares pero fuertes en sus convicciones y capaces de acceder a las nuevas tecnologías de la destrucción y de encontrar los puntos débiles de las sociedades emisoras de la basura financiera, entre otra estulticia.
Según mi entendimiento, la mundialización del mercado y de los recursos financieros (con basura, pero también sin basura) ha mostrado con irresistible tozudez que los grandes conflictos bélicos benefician a tan pocas personas o familias que no merece la pena volver a iniciarlos. Eso y el armamento nuclear, que es el mayor disuasorio de un conflicto bélico planetario. ¡La seguridad del mundo estaba mucho más amenazada en 1980 que hoy! El acceso de determinados estados dictatoriales y fundamentalistas a las armas nucleares es, efectivamente, un peligro y un riesgo de envergadura. Pero los dirigentes de esos mismos estados no están tan locos como lo estuvo Hitler, al menos me lo parece a mí, y son conscientes de que no pueden permitirse la veleidad de lanzar un misil con cabezas nucleares contra, digamos, Tel Aviv o un crucero de guerra norteamericano de patrulla por el Índico. Sospecho que esa remota posibilidad está contemplada en los protocolos de guerra de Washington y del Kremlim, y tiene la respuesta adecuada.
Otra cosa son las guerras locales. Por ejemplo, la de Afganistán, o la que destruyó Irak (dos respuestas previstas en los protocolos bélicos del Pentágono, independientemente del juicio que merezcan a cada cual).
Estos conflictos son una desgracia para la población que los sufre, y un aldabonazo en la conciencia de los que vivimos sin la amenaza diaria de un bombardeo. Pero ese aldabonazo no es único. Me refiero a que hay muchos aldabonazos, y más dolorosos que los de Afganistán e Irak, y no conmueven tanto las conciencias de los que temen una debacle universal como consecuencia de la economía criminal mundial.
Me refiero a los conflictos y las hambrunas de Africa, donde han muerto miles de veces más seres humanos que en Irak y Afganistán, sin que los occidentales abrumados por la maldad intrínseca del capitalismo hayan derramado una lágrima.

La solución está en la política. Pero, ¿qué sociedad humana se formará en los próximos decenios? ¿De qué será capaz?
Yo no soy pesimista. No creo que vayamos a empeorar. Nuestros hijos y nuestros nietos vivirán tan bien como nosotros, y es posible que hasta aquellos millones de seres humanos que hoy sobreviven en condiciones inaceptables para nosotros, también mejoren. Yo no creo en la intervención divina ni en las soluciones mágicas de ideologías desnortadas, confío en la razón del ser humano. Aunque también admito que la razón no es una diosa, y puede conducirnos a la perdición. Pero si llega a ser así, no será a consecuencia de la criminal economía mundial, sino por la estulticia de los hombres responsables de las grandes decisiones, y por el consentimiento de los individuos objeto de esas decisiones.

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2 comentarios sobre “IDEAS Y CREENCIAS

    Peter escribió:
    21/06/2010 en 14:39

    Las crisis de valores siempre han sido una constante desde que tenemos memória o historia, autores romanos como Tácito nos hablan de lo negro que lo tienen las próximas generaciones, de la especulación Séneca sabía bastante y de las crisis en general podemos ilustrarnos con Cicerón y su correspondencia (Cartas a Ático). Todas las generaciones han desarrollado una cierta nostalgia hacía su anterior generación y un cierto catastrofismo hacia la siguiente.

    Vicente escribió:
    22/06/2010 en 00:55

    Mi querido amigo y anfitrión de este Oliverrock Blog es un sabio culto y genial que domina los razonamientos filosóficos de manera amena, convincente y lógica. Por tanto bajo ningún concepto se me ocurriría rebatirle en este registro porque mi formación y capacidad intelectual en general y mis conocimientos de historia, filosofía, política, geoestrategia y muchas más disciplinas afines en particular son infinitamente más magros que los suyos.

    Mi registro es mucho más ramplón. Simplemente es un registro de datos objetivos traducidos a unos comentarios personales sin mayor valor ni trascendencia, como los que le envié en mi correo electrónico.

    Mi amigo Oliverrock, además, es generoso y me ha invitado a entrar en este espacio para aportar nuevas reflexiones tras haber leído sus comentarios a mi email de hace unas semanas y pensar sobre ellos.

    Discrepo cuando mi amigo dice que probablemente escribí lo que le escribí en un momento de profundo cabreo. No es así. Eso sí, confieso que lo que les escribí aquel día estaba mediatizado por el estudio minucioso durante los últimos dos años de centenares de datos recogidos en trabajos empíricos y publicados en los informes de diversas agencias, organizaciones y ‘think tanks’ internacionales que trabajan en entornos relacionados con los Objetivos del Milenio en el ámbito de lo que se ha etiquetado como ‘Desarrollo Sostenible’.

    Desconozco si ante los ojos de un marxista del viejo komitern sería un pequeñoburgués. En cualquier caso eso carece de importancia en mi registro de datos. De lo que sí estoy completamente seguro es que no estoy acorralado por la crisis del capitalismo – mi vida es muy simple y me gusta así-. Tampoco estoy aterrorizado ante la idea de un final abrupto y apocalíptico de nuestra civilización. Confío en que no llegue, y si llega, qué le vamos a hacer. De algo y en algún momento hay que morir.

    Tras leer el escrito de mi amigo, tengo la impresión de que nos ha servido un cóctel sabrosísimo que lleva una base bien cargada de filosofía, una buena dosis de observación y reflexión, tres medidas de ideas manifestadas por individuos o colectivos diversos a los que mi amigo conoce en persona o por referencias y unas gotitas de mi email. Todo bien agitado y servido en vaso Collins.

    Discrepo con mi amigo en su percepción de la existencia o no de una economía criminal mundial. El discurso filosófico que él construye lo pone en duda. La jurisprudencia del Derecho internacional lo pone en evidencia y por eso contempla delitos como el blanqueo de dinero o la evasión de capitales, entre muchos otros, en los que las prácticas lícitas y las que están fuera de la ley se encuentran, conviven y ponen todos los medios a su alcance para escapar a la acción de la justicia. Mi amigo dice que las madrigueras de las mafias de la droga están donde viven los terroristas, en Afganistán. Discrepo. Están, entre otros muchos y diversos lugares, en firmas legales de Tokio, Nueva York, Milán y Londres.

    Ignoro las respuestas a las preguntas de mi amigo en su párrafo final. Me siento incapaz de adivinar el futuro para saber qué sociedad humana se formará en los próximos decenios ni de qué será capaz. Por supuesto deseo que los niños de ahora vivan mejor que los adultos de hoy, aquí y en Burundi. Estoy seguro de que contribuyo a que la sociedad sea cada vez mejor y conozco a muchas personas que en sus ámbitos actúan como yo. No importa si soy pesimista u optimista. Por suerte o por desgracia sólo cuenta lo que hago, no lo que pienso que los demás harán.

    Pero voy a dejar ya de escribir verdades de perogrullo que no aportan mucho. Dejo aquí abajo un par de enlaces a dos artículos de prensa publicados el 17 de junio de 2010 basados en un informe de la Oficina contra la Droga y el Delito de Naciones Unidas publicado también en esa fecha. Podría parecer que las impresiones que envié a mi amigo estaban cimentadas en estos textos. Pero tenga el lector en cuenta que mi email a mi amigo Oliverrock lo escribí diez días antes, el 7 de junio de 2010. Probablemente los reporteros del FT, los técnicos de la UNODC y yo llegamos a las mismas conclusiones porque manejamos datos e informes similares.

    Estoy de acuerdo con mi amigo en que confío en la razón del ser humano. Pero la razón también me indica, sin ánimo de ser un cenizo, que los datos son de todo menos halagüeños.

    LINK AL INFORME DE LA UNODC (es un pdf de 300 páginas, pero vale la pena leerlo con detenimiento) – http://www.unodc.org/documents/data-and-analysis/tocta/TOCTA_Report_2010_low_res.pdf

    LINK AL ARTÍCULO DEL FT – http://www.ft.com/cms/s/0/75f119b8-7a3e-11df-aa69-00144feabdc0.html

    LINK AL ARTÍCULO DE THOMSON REUTERS EN ESPAÑOL – http://lta.reuters.com/article/worldNews/idLTASIE65G1F320100617

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