Buddenbrook. El peso rotundo de la gran burguesía europea

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La casa de los Buddenbrook en Lübeck

Por segunda vez en mi vida estoy leyendo “Los Buddenbrook”, la novela que consagró a Thomas Mann en 1901, a la edad de 26 años.

No creo que la vuelva a leer por tercera vez, así que esta es la definitiva. Recuerdo que en mi juventud la devoré. Me pareció un fresco espléndido de la burguesía del siglo XIX. Hoy la encuentro aún más admirable, porque la perspectiva de los años no sólo profundiza, sino que ensancha la percepción. Me pasma hoy algo que antaño no me impresionó nada: la capacidad prodigiosa de un joven de 23 ó 24 años para describir y desvelar la psicología de seres de todas las edades y construir una historia apasionante y perfecta. Thomas Mann fue un monstruo. Según sus hijos, un monstruo más allá de la analogía literaria. Es decir, que las lacras que tan bien describe en sus novelas, las encontraba en su interior. Esto es algo formidable, porque aunque todos los seres humanos convivimos con ángeles, demonios, y tontos y listos de toda especie, la mayoría pasan por la vida sin enterarse de que están habitados por tantos vecinos. No les envidio. Se han perdido lo mejor de la existencia, quizá por evitar lo peor, que han vislumbrado algún día de tormenta espiritual.

La lectura de una novela de la profundidad y ligereza de “Los Buddenbrok” (en rigor, el equivalente a un melodrama televisivo actual, pero firmado por un genio), provoca una multitud casi atropellada de ideas, sensaciones y evocaciones para quien la ha leído antes.

Las que dominan en mi conciencia son las políticas, quizá porque en mi primera lectura yo creía ser un marxista.

Hoy, convencido de que ni lo fui ni lo soy, me doy cuenta de que mi pensamiento político corre, como el de tantos chalados de mi generación, paralelo a la sociología de Marx, incluso ahora, cuando me aterra pensar qué habría sido de los españoles si aquellos que nos proponíamos dar la vuelta al país, lo hubiéramos conseguido.

La burguesía que describe Mann es de una congruencia máxima con los principios que teóricamente predicaban sus adalides. Me refiero a la alta burguesía alemana, que se dedicaba a la especulación, pero con el ancla fija en las rocas de los valores del protestantismo nórdico. Comparada con la burguesía del “Rojo y el Negro”, también provincial, aunque francesa, o con la de “La Comedia Humana”, centralista y parisina, pero de categoría inferior y de una codicia y amoralidad desmelenadas, esa  germánica es un puerto seguro frente a las tempestades históricas de la economía.

Evidentemente esto es una apariencia. Y Mann se encarga de desvelarlo en la primera parte de la novela (exactamente en la cuarta, según su prolija numeración), cuando el comerciante hamburgués Bendix Grünlich, arruinado, manifiesta su verdadero rostro egoísta y criminal al reconocer ante su suegro Johann Buddembrook y su mujer Antonie o Tony: “¿Crees que voy a lloriquear, boba, más que boba? ¡Pues no, se engaña usted, mi queridísima esposa! ¡Me casé contigo sólo por tu dinero, para que lo sepas, y como éste hace tiempo que se terminó, lo mejor que puedes hacer es volverte a tu casa! ¡Estoy harto de ti, harto!”

Lo tremendo es que, a continuación, el irreprochable Buddenbrook se dirige a su histérico yerno de esta guisa: “Serénese y rece.”

Johann Buddenbrook se ha educado desde su nacimiento, en los albores del siglo XIX, cuando la memoria de las guerras napoleónicas en Europa continuaba viva, en este lema cristiano: “Trabaja, reza, ahorra.” Y cuando su primogénito Thomas le propone que invierta parte de su capital en la exportación, negocio arriesgado entonces y ahora, le replica con la norma aplicada por la casa Buddenbrook desde su fundación en el siglo XVIII: “Hijo mío, atiende con ánimo a los negocios durante el día, pero no hagas más que aquellos que no puedan quitarte el sueño por la noche.”

El antagonista moral de Johann Buddenbrook en ese instante soberbio de la novela es el banquero Kesselmeyer, aparentemente un hombre probo y distraído, según errónea apreciación de la ingenua Tony. Al negar el cónsul Buddenbrook la ayuda financiera a Grünlich, Kesselmeyer estalla en un horrible júbilo, “cayeron los lentes de su nariz que se levantaba hacia los ojos, mientras su pequeña boca, que descubría los dos dientes amarillos, estaba a punto de rasgarse. Sus manos, rojas y pequeñas agitaban el aire, la peluca se le movía sobre su cráneo y todo su rostro congestionado por el exceso de hilaridad adquirió, contrastando con el blanco de su scortas patillas, un color cinabrio.” El genio del autor, disparado, exultante, le lleva a reflejar así el estado de ánimo del cónsul Buddembrook: “¿Era posible que se encontrase en aquella reducida habitación, bajo aquella luz vacilante, solo, entre un estafador y un mono saturado de maldad?”

Hay que reconocer también el talento del traductor, Francisco Payarols. (Hoy, seguro que firmaba Francesc.)

Thomas Mann no estaba descubriendo ninguna lacra oculta. Ya lo habían hecho los novelistas franceses y británicos del siglo XIX. Un compatriota suyo, prusiano de nacimiento y de origen hugonote, Theodore Fontane se había atrevido a propinar algunos azotes en las nalgas de la burguesía. Por su parte, Gehrart Hauptmann había dirigido su severa mirada a las tropelías burguesas, pero desde una perspectiva social. Thomas Mann era el primer burgués alemán que diseccionaba su clase sin el aparato ideológico de la izquierda, pero con una precisión y arte inigualables.

No puede uno evitar una mirada comparativa a la literatura y a la burguesía presentes. Sobre la primera, me abstengo de opinar, porque la conozco poco. A la segunda la conozco todavía menos, porque pertenezco a la clase media baja tirando a media, y jamás he comido con un banquero o un potentado de la industria. Pero si hemos de fiarnos de las informaciones de los medios de comunicación, la gran burguesía española de hoy es gigantesca, comparada con la que Galdós o Baroja intentaron describir en alguna de sus novelas. ¿Son sus valores morales superiores en grado paralelo?

No hay que conocer a fondo a la alta burguesía española para concluir que no.

¿Se imagina hoy a un burgués tan noble como para sostener con su vida el lema “Trabaja, reza, ahorra”? Dudo que siquiera los burgueses próximos al Opus Dei sean así. Hoy la burguesía europea más poderosa es mucho más volátil que la del siglo XIX, incluso que la del siglo XX. Y desde luego, desconoce el oprobio que ocasiona  la quiebra. La estafa se ha convertido en un modelo, la corrupción, en un hábito. Al menos, insisto, según el conocimiento que obtengo de los medios de comunicación.

Las telenovelas, los modernos melodramas, y los reality shows, las tertulias de la tele y de la radio nos ofrecen una perspectiva de la sociedad de la que uno no sabe si fiarse, porque algo de verdad tendrán, algo de verdad habrán sacado de algún cajón de la existencia. ¿Constituyen estos géneros un sustituto de la literatura? Me temo que sí.

Acabo esta galerada con una cita de “Los Buddenbrok”. Es en italiano, una debilidad de intelectual, y la pronuncia el corredor de comercio Siegismund Gosch, en el fragor de una incruenta batalla de la revolución de 1848 en Lübeck, Uomo non educato dal dolore rimen sempre bambino.

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Un comentario sobre “Buddenbrook. El peso rotundo de la gran burguesía europea

    Peter escribió:
    22/02/2010 en 11:41

    Si no recuerdo mal es su primera obra y a mi parecer un retrato certero de la decadente burguesia centroeuropea de principios del s.XX, crudas vivencias de una familia pseudo-degenerada y sus miembros, la historia de Los buddenbrook al igual que de Los Mann es la historia pre-crisis y pre-bélica de Europa.

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