El chico que siempre quería estar haciendo otra cosa

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El Landwehrkanal a su paso por Kreuzberg. Berlín

He acudido al VI Encuentro de Narradores Orales, Vivir del Cuento, congregado en la antiquísima ciudad de Liria (la Edeta pre romana). Es una nueva profesión de vieja raigambre, aunque minoritaria. Son 80 en toda España, quizá 100. Una minoría anti aristocrática. Se han reunido para ponerse de acuerdo en asuntos de su interés, intercambiar experiencias y responder a preguntas como ¿qué es ser un profesional de la narración, ¿cuáles son las condiciones mínimas para que se dé el acto de la narración oral de forma profesional?, y ¿por qué la narración no se considera una profesión?

El encuentro se ha realizado en un albergue de exploradores y excursionistas, un lugar de barracones de madera y cabinas para los excusados y las duchas.

Los reunidos, chicos y chicas de entre 30 y 50 años, lucían atuendos y desaliños fuera de moda, quiero decir sin marca, agrestes, quizá un tributo a los vagabundos de antaño de quienes se reclaman herederos.

Se descubre en su descuidada apariencia una voluntad de vivir al margen del convencionalismo, de la locura mediático-consumista de los tiempos presentes, un empeño en ser distintos a esa generación de neo darwinistas, encantados con bogar a favor de la corriente.

Condensaron en mí una nube gris que me retrotraía a mi juventud, en plena Transición, cuando el futuro era un paraíso de pana, de camisas de cuadros arremangadas, zapatones sucios, pelo revuelto y humo de Ducados.

Era un escenario para el cambio de época vislumbrado por Bob Dylan, para los desgañitamientos de Raimon en la facultad de Económicas de Madrid, para las burlas a la burguesía del burgués Pí de la Serra, guitarrista magistral, en un almacén de frutas de Mollerusa, para los romances de Labordeta y de Pablo Guerrero saltándose la censura.

Pero también para todos aquellos que no le tenían ni miedo ni asco al Sistema, y se expusieron a las tempestades político-sociales, arriesgaron, ambicionaron y consiguieron un trozo de pastel del que todavía hoy se relamen

Husmeando en ese VI Congreso de Narradores Profesionales, me reencontré, treinta años atrás, como un aspirante a cuentacuentos mediático ante un conflicto paralelo al de estos cien valientes juglares, seguir fuera del circuito del convencionalismo sin renunciar a vivir del trabajo creativo. Era un tiempo casi pastoril, cuando la información estaba vedada en las radios, y trabajar en TVE o en RNE era o un lujo o un estigma, y se distinguía al periodista por sus manos sucias de tinta.

En mis simas emocionales recojo lo más turbio de mi pasado, y me digo, “macho, tú has echado a perder tus posibilidades”. Pero esto es un despropósito, una falacia, una negra sensación, porque lo cierto es que he ganado mucho más de lo que perdido. Entre otras cosas, una hija y un nieto.

De este círculo de juglares del siglo XXI, admiro su perseverancia en el pedregoso camino profesional que han elegido, y envidio (un poco, no mucho) esa envoltura desaliñada y bohemia que con empeño tejen.

Y vuelvo a sentir la flaqueza, las dudas y los menosprecios a discreción que me conmovían cuando yo quería mantenerme apartado del comercio social. Y a la vez, dolorosamente consciente de que si no participaba, aunque fuera de modo tangencial o secante, no tendría dónde caerme muerto.

Ese malestar, esa contradicción, ese no hallarme a gusto en ninguna órbita exterior del planeta de las Traiciones y las Renuncias, se manifestaba en un distanciamiento equivalente, en tomarme a chacota las reuniones, las asambleas, la retórica y las propuestas de aquellos que, a gusto o no en las órbitas, querían seguir en ellas mientras resistiera su cuerpo y les sostuviera la conciencia. Me faltaba la fe y, por tanto, la constancia.

Creí haberme librado de todo aquello. Pero ahora, desde mi confortable poltrona en el planeta de la Edad Madura, observando las órbitas de los juglares recalcitrantes con mi telescopio de lentes apedreadas, rebrota la incómoda sensación como un manojo de narcisos descongelados.

Vuelvo a ser el chico que siempre quería estar haciendo otra cosa.

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