¿Cuánto tiempo nos queda?

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El payaso Roi Borrallas preguntándose cuánto tiempo nos queda

Antaño, los gobernantes estaban convencidos de que el pueblo era ignaro e incapaz de tomar decisiones colectivas. El objetivo de los hombres que dirigían el Estado o la Nación era el buen gobierno. Las mentes más preclaras, e incluso las que producían un pensamiento político distante del real, colaboraban con sus ideas a este noble propósito, conseguir los mayores beneficios para unos súbditos a quienes veían como infantes, a veces revoltosos, a veces mansos.

¿Sigue siendo válido este juicio en el siglo XXI?

Sí, pero invertido. Hoy, los niños son los dirigentes políticos. Porque las otras definiciones que se les ajusta son ultrajantes: idiotas, locos o malvados.

Hechos como los cementerios de residuos nucleares, la inmigración y el censo, el nacionalismo caciquil, los remedios contra la recesión económica, las normas para la educación escolar, y muchos más guardados en un saco inmenso que alberga el lastre de la incompetencia política lo evidencian.

Y no se libra ningún grupo, ningún partido, ningún parlamentario, alcalde o concejal. Todos se rodean de un enjambre de asesores ávidos de dinero y de manchar sus labios con la espuma del poder, dispuestos a vender su alma para satisfacer la mente infantilizada de sus pródigos amos.

Podía pensarse que los políticos han llegado al convencimiento de que los ciudadanos con derecho al voto (antes, el pueblo) somos niños de escuela maternal o directamente gilipollas. Y en realidad lo parecemos, porque cada cuatro años nos acercamos a las urnas y refrendamos las incongruencias y barbaridades de la casta gobernante.

¿Qué tiene que pasar para que los políticos “cambien el chip”, como se dice ahora, dejen de tomar decisiones basadas en encuestas y sondeos manipulados, se distancien del populismo y de la demagogia y empiecen a actuar como lo que se supone que son, personas capacitadas para el buen gobierno de la Nación o Naciones o lo que demonios sea España?

Imagino que una calamidad.

Dado el estado mental de esos elementos que mandan pero no gobiernan, el estado de cosas en la Nación o Naciones o lo que demonios sea España tendría que ser lastimoso. Sin embargo, uno sale a la calle y se encuentra con socavones, con papeles y bolsas de plástico ensuciando el pavimento, con trenes con retraso, con caos en los aeropuertos, con delincuentes sueltos, con niños asesinos que campan por sus respetos, et caetera, hechos que no constituyen el pan de cada día sino noticias excepcionales (de ahí que lo sean) que nos perturban y conmueven, pero que sólo afectan a una fracción, a veces infinitesimal de la población.

Esto es, el país funciona. ¿Por qué? Muy sencillo, porque la mayoría abrumadora de la población se comporta exactamente al contrario que el ejemplo de los políticos.

Ahora bien, ¿cuánto tiempo puede durar la sensatez del pueblo, si los gobernantes o mandamases no dejan de envenenar el ambiente con sus estupideces y perversidades?

Hagamos apuestas.

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Un comentario sobre “¿Cuánto tiempo nos queda?

    Borrallas escribió:
    11/02/2010 en 17:14

    ¿Cuanto tiempo os queda?

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