Brecht el libertino

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Fin de semana en Barcelona.

Vamos al Lliure, en una de las cuestas que suben a Montjuich, una instalación espléndida en el remodelado Palacio de la Agricultura, de la Exposición Universal de Barcelona de hace un siglo. Enfrente, la mole de cubos de hormigón del Institut Català de Teatre. En escena en la sala  Fabià Puigserver, Der aufhaltsame Aufstieg des Arturo Ui, La resistible ascensión de Arturo Ui, escrita por Bertold Brecht en colaboración con Margarete  Steffin, secretaria y amante suya, en 1941 en Finlandia, antes de escapar los Estados Unidos.

Este magnífico panfleto teatral (tiene las mejores cualidades de la agitación política y del arte dramático) jamás pudo verlo en un escenario el libertino alemán asimilado a la doctrina comunista.  El Berliner Ensemble lo estrenó en 1959. En 1995, el entonces director del remodelado Berliner, Heiner Müller, realizó una adaptación de la obra, con Martin Wuttke en el papel de Arturo Ui. La interpretación de Wuttke vale un viaje a Barcelona e incluso a Berlín. Es soberbia, sin más. Arturo Ui es Hitler, y la acción, situada en el Chicago de los Gangsters, representa la ascensión de Hitler al poder, gracias a un conjunto de maniobras,  suciedades políticas y violencia calculada y subvencionada.

La puesta en escena de Müller evidencia que cuando se tiene talento, profesión, presupuesto y tiempo, una obra puede durar décadas sin necesidad de cambiar más que los actores, aunque en este caso, Martin Wuttke parece haberse apropiado de la personalidad de Ui-Hitler, un gangster de poca monta, pero con la determinación de hacerse con una ciudad utilizando la violencia selectiva y el chantaje inteligente. La adaptación de Müller incluye una declaración inicial y final de Arturo Ui sobre la fuerza de la fe y la voluntad para obtener el éxito, partiendo del más miserable de los comienzos. De hecho, Wuttke encarna a un perro sarnoso, jadeando por las calles. Lo hace con una maestría pasmosa.

En el programa de mano hay unos párrafos de Müller. Concluye con la afirmación de que el tono de voz de Brecht, potente, declamatorio, agitador, épico era “parecido al de Bismarck y Ulbricht, y también al de Hitler y al de Artaud”. Esto no es un despropósito. En primer lugar, porque Müller destaca los cimentos alemanes de esos personajes, salvo Artaud, al que cita por el contexto de la frase, extraída de una reflexión sobre el maestro del “teatro de la crueldad”. Bismark, Walter Ulbricht y Hitler tenían en común una visión totalizadora de Alemania, aunque Ulbricht tuvo que reservarla a la Alemania Democrática, que él gobernó con mano de hierro entre 1950 y 1971, convencido de la la otra alemania era una vergonzosa colonia yanqui, con algo de razón, todo hay que decirlo, si bien la RDA fue lo más parecido a una colonia soviética.

En esa colonia soviética vivió Brecht los últimos años de su vida, sin nacionalizarse nunca ciudadano de la RDA, apoyando la represión de los albañiles revoltosos de 1953, pero consciente de que la revuelta tenía como origen el mal gobierno de los supuestos representantes de las fuerzas populares. Brechet no se casó con nadie, mejor dicho, se casó con Helene Weigel, que consintió que su marido tuviera una sucesión de amantes. Este aparente libertinaje erótico-afectivo de Brecht es paralelo a su aparente libertinaje ideológico. Porque el dramaturgo alemán nunca hizo el más mínimo gesto de separarse de su mujer legítima ni se marchó de Berlín a otro lugar donde hubiera ganado más dinero. ¿Qué habría pasado si Helene hubiera plantado a Brecht en algún momento de su matrimonio? ¿Qué habría pasado si el socialismo real hubiera desautorizado a Brecht? ¿Habría sucedido algo así de haber sido Brecht más longevo?

A Bertold Brecht ni el dinero ni el sexo le quitaban el sueño. Eran un medio para mantener engrasadas sus meninges, y producir una serie de poesías que no se publicaron y de obras teatrales que no se estrenaron hasta después de su muerte. Porque Brecht dedicó lo más fino de su inteligencia a observar el mundo, a deleitarse con él todo lo posible, y a retratarlo en magníficos frescos dramáticos que al representarse ahora adquieren mayor fuerza que si se hubieran puesto en escena en su época. Probablemente habrían sido rotundos fracasos.

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