Raptos de fantasía y euforia

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La Puerta de Alcalá patas arriba. España en obras.

Cuando uno está relajado y no tiene mucho que hacer, se cree capaz de cualquier cosa. Por ejemplo, solucionar el problema secesionista.

En Núremberg, en compañía de mi nieto, mi hija y mi yerno (y de Toñi, claro) he tenido raptos de fantasía y euforia. En uno de ellos, al clarear el día, que en esas latitudes rompe una hora antes que en el Mediterráneo, hice a un lado el cálido edredón, me levanté, y me puse a escribir lo siguiente:

La vida pocas veces es complicada. La vida puede ser dura, puede estar sembrada de avatares dolorosos y decepcionantes, puede sorprendernos con acontecimentos imprevistos, puede incluso engañarnos.

Las desgracias que se abaten sobre nosotros como meros accidentes son menos demoledoras de lo que pensamos, y contribuyen a fortalecernos.

Pero por regla general, quienes nos engañamos y quienes nos creamos complicaciones somos nosotros mismos. Somos la causa de la mayoría de nuestras aflicciones y de nuestras decepciones.

Las complicaciones de la vida las inventamos nosotros, los animales racionales. Nuestros congéneres de las especies no racionales jamás se complican la vida, el instinto se lo impide. Pero el nuestro, constantemente en conflicto con el deseo racional (la fantasía racional, la ambición racional, el sueño racional), nos conduce a encrucijadas que en lugar de hacernos más sabios, nos confunden todavía más, al filtrar nuestra percepción de la realidad a través de las más peligrosas emociones. Así, la inteligencia se convierte en sentimiento, y es causa de más perjuicios que beneficios.

De todo eso podría deducirse que si arrancáramos la razón de nuestra conciencia, es decir, si nos quedáramos sin conciencia, viviríamos más felices. Absoluta falacia, aunque haya seres humanos dispuestos a pagar por hacerlo.

Pero, qué le vamos a hacer, el deseo nos consume. Lo advertían con perspicacia los Santos Padres, que inventaron el útil concepto de los pecados capitales. Son lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. También nos daban los remedios correspondientes: castidad, templanza, caridad, diligencia, paciencia, compasión y humildad. Todo eso lo aprendimos los niños cristianos en el Catecismo. Pero cuando dejábamos de ser niños nos encontrábamos en el mayor de los desamparos morales, porque la semilla de los buenos consejos necesita de la tierra abonada del ejemplo, y lo que aprendíamos en el colegio y en la calle era que la vida no es una carretera llena de señales advertidoras, con ángeles guardianes montados en motocicletas vigilando el tráfico.

Vaya por Dios, cómo me estoy poniendo.

No es para menos, leo las noticias de España en los diarios digitales, y me pasmo. Me doy de bruces con la enésima complicación atizada por los secesionistas catalanes. Y de inmediato, el estado de fantasía eufórica me presenta la solución mágica: váyanse, señores y déjennos en paz.

A lo mejor no es sólo una sensación mía, y existe una asociación, fundación o club creada con este lema. Si fuera así, me apuntaría. En lugar de aguantar los falsos referéndumes independentistas, las soflamas, las quejas y agravios de los niños malcriados de Cataluña y de las Vascongadas, un día tras otro, una semana tras otra, un mes y un año tras otro, ¿por qué no acabamos con esta gemebundia insufrible de una vez? No esperemos a que rompan España, echémosles, dejémosles solos en su gueto. Que se apañen. Que nos dejen en paz.

No lo digo simplemente por ira, es decir por agotamiento de la paciencia. Se trata de la prevención de un mal mayor. De seguir este camino plañidero, llegará un momento que, como en las Vascongadas, aparecerá la violencia. En un bando o en otro. O los secesionistas darán el paso final y formalizarán la independencia de la que ya goza Cataluña de hecho. O ambas cosas.

El horizonte por ese lado de la península no puede ser más oscuro, incierto y hasta tenebroso. Es decir, a medio o a largo plazo, los problemas que generará el secesionismo son tan graves como los que ocasionaría una independencia real, con cesión de la soberanía. Así que la propuesta de “Váyanse señores, déjennos en paz” no es un producto del hastío o de la debilidad, que deje en la cuneta a millones de catalanes que quieren seguir siendo españoles. A lo mejor, si se ven al borde del precipicio, reaccionan y convierten su silencio en clamor, de modo que apaguen los gritos de los niños malcriados.

Son cosas que se le pasan por la cabeza a uno cuando se encuentra de vacaciones, feliz y satisfecho, y observa con desconcierto las ridículas tribulaciones inventadas por los seres humanos.

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