Impresiones desde Núremberg

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Jannik en Pottenstein

Toñi y yo acabamos de regresar de Alemania. Hemos estado diez días en Núremberg con mi hija Waleska, su marido Hauke y mi nieto Jannik, una Bolita Francona. Además de pasar todo el tiempo posible con ellos, dedico estos viajes a hacer compras, a visitar museos y, si es posible, a hacer excursiones a lugares pintorescos y a ciudades próximas.

Compras.

En otras ocasiones me he surtido de ropa en Alemania. Hasta que descubrí que en España conseguía lo mismo y al mismo precio. Así que ahora lleno la maleta de libros y de artículos de regalo. Aunque con Toñi he descubierto los increíbles beneficios de la segunda mano. En España no se me ocurriría comprar en una tienda de ropa usada o de objetos personales y caprichos domésticos que hayan pasado por un primer propietario o propietaria. No por vergüenza, sino porque las prendas y enseres que se muestran a la venta no son nada atractivos, e incluso están sucios.

En Alemania es todo lo contrario. He encontrado unas botas Camper que no habrán calzado los pies de su primer propietario más de un día (a juzgar por las suelas), primorosamente cosidas en Marruecos, por nueve euros. ¡Nueve euros, cuando su precio no debe de bajar de los setenta o más! Y una camisa Timberland de pana cosida en Bulgaria, que todavía conservaba la etiqueta original (es decir, que no había sido usada), por ocho euros. Lo mismo que Toñi pagó por un vaquero de marca nuevecito.

Imagino que la mayoría de la población prefiere estrenar su propia ropa y calzado. Por lo general, yo también. Pero si tuviera a mi alcance en Valencia tiendas aus Zweiter Hand como las de Múnich o Núremberg, las visitaría preventivamente antes de irme de cabeza a una butique de marcas.

Camino a la estación de Múnich, Toñi y yo empezamos a fantasear sobre el asunto. Concluimos que si un porcentaje significativo de la población decidiera vestirse y calzarse en tiendas de segunda mano, las prendas aumentarían de precio a causa del incremento de la demanda; se aproximarían tanto a los de las originales, que el negocio terminaría por cerrar. Además, antes de que esto ocurriera, una masa de compradores buscando gangas de segunda mano acabaría de inmediato con las existencias, a no ser que el número de ricos caprichosos (y generosos, porque la ropa era donada a la institución que la vendía) se incrementara en la misma proporción, algo matemáticamente imposible.

Así que, de momento, el mercado de segunda mano seguirá siendo minoritario, aleatorio (encontramos la tienda por casualidad, haciendo tiempo antes de tomar el tren de Múnich a Núremberg) y ocasional.

Arte y Cultura

Alemania transpira cultura. Aunque el viajero sea un aficionado al fútbol con itinerario fijo del aeropuerto al hotel, del hotel al estadio, y regreso al redil, se impregna de un rocío de cultura presente en los carteles de las calles, de los transportes públicos, y también en los escaparates y en la publicidad. Ni en Nueva York he visto yo una publicidad más imaginativa, colorista y pulcra que en Alemania. Quiero decir buena, bien hecha, bien dirigida, acertada y por lo general, nada zafia. Un ejemplo son los sex shop, allí llamados Erotik Shop. Muy pocos tienen el aire soez y cutre de sus correspondientes españoles. Los escaparates, de tonos rojizos y cálidos, parecen mercadillos de Navidad como el Christkindlesmarkt de la plaza del Mercado de Núremberg, ahora en su apogeo.

La multitud esperando la aparición del Angel de la Navidad en el balcón de la Frauenkirche

Y en lo referente a la cultura y el arte, el número de museos de toda índole y contenido que se ofrecen al vecino y al viajero es incontable. Bueno, se puede contar. 35 he identificado yo en una guía de Núremberg (de Durero, ilustre hijo de la ciudad, del ferrocarril, de los bomberos, de juguetes, del teatro, de la historia hospitalaria, de mazmorras medievales, de la paz de la Biblia, de la Industria, de los Juicios de Núremberg, de los palomos, etc., además del Germanisches Nationalmuseum, el primero de este género que se abrió antes de que Alemania fuera una nación, en 1852, el de arte moderno y el de las fantasías arquitectónicas nazis).

Todos ellos convenientemente anunciados en las paredes y en los portacarteles urbanos, en el metro y en las paradas de los tranvías y en las oficinas de turismo.

Añádase a esta tupida red, la de exposiciones temáticas, la de galerías privadas de arte, la de teatros, la de salas y locales de conciertos (de todos los estilos), la de instituciones culturales, la de iglesias, palacios, parques y festejos. No diré que la gente acude en oleadas, pero sí que doy fe de que acude. El espacio dedicado a presentaciones de una librería de Karolinenstrasse tenía más de media entrada una tarde en la que yo me encontraba allí comprando mi agenda del año 2010, una costumbre pedante que cumplo todos los años, importarla del extranjero. Y en el Literarische Café de la Luitpoldstrasse (curiosamente, la calle de los servicios eróticos de aire navideño), hay que pagar por escuchar a un autor leer un trozo de su último libro.

Una tienda de pelucas en el U-Bahn de Hauptbahnhof

Antes de convertirse en el primer exportador industrial europeo, Alemania exportaba ya cultura. Esto no quiere decir que sus decenas de millones de habitantes puedan recitar el Fausto de Goethe. Pero sí quiere decir que el porcentaje de la población consumidora de arte y cultura es impresionante en relación con el español. A consumir arte y cultura se empieza por los enseres domésticos. La ciudad vieja de Núremberg está llena de tiendas de decoración cuyos escaparates parecen galerías de arte. Los escaparatistas alemanes deben de estar entre los mejores de Europa, y acaso también de las dos Américas. También es verdad que fuera de los barrios más comerciales de la ciudad, los escaparates se transforman en ventanas minimalistas.

El hogar alemán suele ser acogedor, cómodo, cultural. En casa aprenden (la mayoría de) los niños alemanes a comportarse en público con corrección y sentido de la urbanidad. Toñi y yo asistimos a una representación de Dom Sébastien, Roi de Portugal, ópera en cinco actos de Gaetano Donizetti, y nos maravillamos de ver que antes del inicio, un caballero explicaba desde un podio de la cafetería, al lado de un piano, el desarrollo de la ópera, los conflictos y las relaciones (bastante descabelladas) de los personajes. En el entreacto, en el mismo lugar se concentraron decenas de personas, no pocas de las cuales ataviadas de cierta gala, para tomarse un piscolabis con cava o vino de importación. Aunque la puesta en escena era todavía más disparatada que el libreto de Eugène Scribe, daba gusto hallarse en compañía de ciudadanos tan cultos y formales.

Venta aniversario con el Bild como testigo

Diez días en Alemania dan para una serie de entradas de bitácora.

Persistiré en ellas hasta que me canse.

Estos son los temas: El sacrilegio, núcleo central de la puesta en escena de las viejas y disparatadas óperas. ¿Qué es hoy es Establishment? La plástica presente náufraga y prescindible. Diseño, decoración, arte moderno. Paseos urbanos y suburbanos.

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