Pesimismo freudiano

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Dibujo Paco
Dibujo de Paco Campos fechado en 1980

Sigmund Freud, un intelectual profeso, dijo (según mi psicoanalista) que el ser humano sólo podía hacer una de estas tres cosas en la vida: dedicarse a la ciencia, dedicarse a la creación artística o administrarse un fuerte tranquilizante.  Es de suponer que también al ser humano le era dado combinar al menos dos de estas posibilidades.

Sólo un intelectual podía hacer este tipo de afirmaciones. Eso era antes. Hoy, las cosas han cambiado. Ya no hace falta tener cátedra ni ser psicoanalista para flagelar a la humanidad doliente con frases lapidarias. Basta con ganar una edición de Gran Hermano y frecuentar tertulias audiovisuales. En cada una de ellas se largan media docena de ideas tremendas. Tantas que su propia inflación las devalúa.

Por eso las afirmaciones contundentes que perduran son las de los intelectuals de antaño, antes de que el intelecto se perdiera en la jungla de los medios de comunicación.

Si hacemos caso a Freud, la mayoría de los hombres y mujeres del planeta nos sentiremos unos gusanos embriagados por la ideología, la religión, el fútbol, el sexo, el consumo, las fantasías apocalípticas o directamente por el alcohol o las drogas.

Uno de los flagelos de nuestro  momento histórico es el estrés, que en español castizo se dice agobio, y los periodistas gallegos de la primera mitad del siglo XX llamaban neurastenia.

La investigación científica produce mucho estrés, eso es algo divulgado por el género biográfico y por el cine. Edison acabó histérico  por el poco descanso que se permitía, el señor Curie estaba tan ensimismado que murió atropellado por un tranvía, Menéndez y Pelayo (que era un científico, muy a pesar de la izquierda) recurrió al alcohol para contrarrestar su estrés y acabó cirrótico.

Y qué decir de la creación artística. Antes siquiera de llegar a ser famosos, los artistas revelan su estrés en su propia obra, que con frecuencia da miedo o levanta dolor de cabeza al que intenta descifrarla. Y si nos fijamos en los creadores del Renacimiento, por ejemplo, tenemos constancia de que eran unos crápulas. Por no fijarnos en los ilustrados y en los románticos: el que no era un bandarra como lord Byron, era un neurótico egoísta como Goethe.

Freud observó este agobiante panorama y lo diagnosticó. Los psicoanalistas que le sucedieron (y le enmendaron la plana) confirmaron los peores pronósticos del maestro.

Hoy, no hay científico ni artista que no recurra al psicoterapeuta. ¿Y el resto de la población,  la de quienes se administran fuertes tranquilizantes? También lo hace, y es un gran negocio profesional, hasta hace poco monopolizado por el clero y los curanderos, y en las dictaduras por la policía secreta, cuya intervención o curaba o eliminaba.

La sagacidad pavorosa de Freud queda probada por el tráfico de todo tipo de pastillas, tanto en farmacias con licencia como en covachas. También por la teleadicción, por el negocio de la superstición, por el catastrofismo, por el buenismo y por la corrección política. Eso, saltándonos las tradicionales vías de escape: el deporte, las francachelas y los abonos a conciertos.

Nada nos libra a los gusanos de serlo. Sólo la terrible posibilidad de convertirnos en científicos ambiciosos o en artistas desmadrados.

Le tengo un afecto especial al libro de un tocayo, Fernando Díez, “En busca de los límites. Un viaje hacia el conocimiento y la felicidad”. El autor combina la sabiduría oriental, que ha aprendido en la India a lo largo de los años que permaneció en ella, con la filosofía y la ciencia occidentales.

Según mi tocayo, la felicidad es posible. Y lo argumenta de un modo razonable, aunque no siempre asequible.

Imagino que Freud habría fulminado a Fernándo Díez y le habría tildado de estafador intelectual.

Pero, ¿quién no lo es hasta que se enfrenta a un dilema en el que se juega la salud, la física o la mental?

Los intelectuales modernos occidentales tuvieron una gran virtud: descubrieron las falacias con las que nos engañábamos a nosotros mismos o unos a otros.  Pero dejaron al ser humano al borde del precipicio y en pelota.

Freud dictó una ley desmesuradamente clasista que condenaba a los barbitúricos químicos o virtuales al 99 por ciento de la población. Y tuviera o no tuviera razón, la realidad parece haber confirmado su pronóstico.

Sin embargo, cada uno de nosotros es consciente de su fragilidad, y libre de protegerla con diferentes armaduras o a pecho descubierto. Esto último suele costar, pero no es tan raro como predican los medios de comunicación y los vecinos. Entre las facetas maravillosas del hombre (y la mujer) está su infinita capacidad de adaptación, Darwin fue uno de los primeros que se dieron cuenta.

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