Amenábar. El sentido de la vida

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Paisaje en perpetuo movimiento, Paco Campos. 1980

La doctrina Amenábar

He visto “Ágora”, la última película de Alejandro Amenábar, realizada con todo lujo de decorados, extras y curro de ordenador. He visto en ella doctrina. Una confusa doctrina que tanto puede ser masónica como pagana, atea o agnóstica. Una cosa sí es, disolvente. Porque en las sucias hordas cristianas de Amenábar, compuestas de hombres feos y envejecidos por el sectarismo, se pretenden disolver dos mil años de una Iglesia que, cierto es, ha esgrimido y utilizado a su conveniencia la Revelación que, según sus Padres, recibió de lo Alto. Sospecho que Amenábar no lo conseguirá, disolver siquiera una de las infinitas variedades del Cristianismo. Pero al menos, lo ha intentado. Con todas sus fuerzas y propósito. ¿Ha querido Amenábar disolver una religión y un buen puñado de iglesias movido por la Verdad, la suya, claro? ¿Se está cachondeando Amenábar de todos nosotros y de los cristianos en particular? ¿Ha querido hacer la Película Definitiva sobre el Holocausto ejecutado por los salvajes cristianos, y le ha salido un Churro Cosmogónico? Imagino que con el estreno de “Ágora”, Amenábar habrá lanzado un suspiro de alivio. ¡Ya está! ¡Ya se ha vengado! ¿De qué? ¿Estudió en un colegio de curas y le metieron mano en la clase de latín? ¿Tiene una hermana secuestrada por una perversa orden de monjas? ¿Pasó una crisis emocional en la adolescencia, pidió ayuda a Dios y Éste se hizo el sordo?

Amenábar se ha lucido. Pero se ha vengado, coño.

El sentido de la vida

Cada uno de los que hemos sido católicos (una de las categorías del ser cristiano) y hemos abandonado el redil y la fe de la Iglesia tenemos alguna razón visible y otra invisible.

Hoy se habla mucho de los abusos sexuales de los curas, uno de los motivos de huida de la Iglesia más comentados. Habría que ver los abusos sexuales que se perpetran en ámbitos laicos, y compararlos. Estas son las razones invisibles que de pronto se han hecho visibles. Excusas.

La mayoría de quienes hemos sido católicos, luego marxistas y después conciencias deconstruidas hemos seguido este itinerario porque nuestra vida dejó de tener sentido según la doctrina que creíamos a pies juntillas.

No era un problema de abusos sexuales, o de esa naturaleza ayer censurada y hoy mediática, relacionada con el escándalo, el lucro o la locura. Es algo más profundo, casi indescriptible.

En agosto pasado, para asirme a un salvavidas que me impidiera naufragar, escribí algo que al releerlo no rectifico ni en una coma.

Si la vida tiene algún sentido, todo lo que yo estoy sufriendo ahora, también lo tiene. Pero, ¿cual? ¿Estoy purgando un daño hecho anteriormente, en esta vida o en una previa? Esta explicación no me satisface, aunque tiene tanta validez como cualquier otra hecha en términos religiosos.

Si la vida no tiene ningún sentido,si es un sucederse biológico constante y repetitivo, con algunos saltos que hemos dado en llamar evolución, ¿por qué sufro?

¿Qué es la vida para un árbol? ¿Qué es la vida para un ratón?

El árbol no sufre. El ratón tampoco, al menos en la medida de mi sufrimiento humano, consciente, pero inexplicable, irreductible. Ni el árbol ni el ratón necesitan que la vida tenga sentido. Privados de conciencia, la vida les arrastra. Pero yo sí necesito encontrarle un sentido a la vida. Por alguna razón que desconozco y que no me encuentro en condiciones de discernir, yo poseo conciencia. Mi conciencia me permite disfrutar de grandes alegrías, me proporciona ilusión, me estimula. Pero también, mi conciencia me descubre el dolor de un modo profundo, íntimo; no el dolor de una quemadura, de un castigo, de una privación, sino aquello que los filósofos han llamado el sufrimiento del ser humano.

La vida tiene uno y muchos sentidos al mismo tiempo. Es el que le damos cada uno de los seres humanos a la nuestra, y aquellos que los grupos o colectivos que viven juntos deciden darle como una especie de identidad de clase, de partido, de ideología, religión, raza, tradición, etc; y también el sentido impreciso, moldeable, permeable de todo eso mezclado en conjunto o en fracciones.

El sentido de la vida lo encontramos cada día. El de hoy puede que sea distinto del de ayer. Y acaso mañana le encontremos otro significado que nos sorprenda, aunque hayamos oído hablar de él a otros individuos.

El sentido de la vida es vivirla.

Hay muchos sinsentidos, muchas torpezas que cometemos deliberada o inconscientemente, y que nos causan dolor. Por eso la vida nos ha dotado con recursos e instrumentos que nos permiten reaccionar y rectificar.

Pero hay un sinsentido fatal, la muerte, ya la provoquemos nosotros mismos o nos sobrevenga. Las religiones, conscientes de esta terrible angustia, han proporcionado explicaciones que otorgan a la muerte un sentido, una liberación, un nuevo empezar, un paraíso, un infierno.

Hasta aquí lo que escribí en agosto.

Hoy soy un poco más consciente de la multitud que convive en mi cabeza. Y tengo la impresión de que una de las formas más seguras de salir del desasosiego es poner de acuerdo a esa multitud, hacerles que todos profesen la misma creencia, ideología, fe o sueño.

Es una solución en falso, sin embargo. Es la de aquellos que han cortado de tajo su sufrimiento interior convirtiéndose a algo. Por ejemplo, muchos son los que encuentran en la filosofía oriental (en una de sus variaciones o en dos o tres al tiempo), en la ecología o en el naturismo un alivio a sus males.

La psicoanalista que me asiste da a entender (nunca afirma nada con rotundidad, algo que me irritaba al principio) que el mal que aflige al paciente no es nada malo; si acaso, lo contrario. Pero, ¿cómo va a ser bueno sufrir? Supongo que porque cuando uno sufre empieza a buscar soluciones, maneras de salir del pozo o de librarse de la nube negra, y porque el sufrimiento es inherente al conocimiento.

Cualquier promesa de felicidad es una estafa. Haz esto y serás feliz. Cree esto y obtendrás la felicidad. Tómate esto y te sentirás como una rosa. La felicidad se saca de dentro, no se compra.

Se pretende que adquiramos, que paguemos la felicidad, como cualquier otro bien mercantil. El gran descubrimiento de la vida es que el dolor es inevitable. La edad nos ensombrece, el miedo al final cada vez más próximo nos angustia. La felicidad, sospecho, es la capacidad de convivir con el miedo y con el dolor. Aprender esto es la empresa más difícil. Y aceptarlo, todavía más costoso.

Sostienen los maestros asiáticos que el YO, la CONSCIENCIA, es distinto de las emociones que disfruta o padece. El YO es el amo, o puede llegar a serlo. Con este objetivo se han elaborado a lo largo de los siglos disciplinas muy valiosas como la meditación o el yoga, que buscan el sosiego del YO, su distanciamiento de las emociones.

¿Es esto posible? ¿Cómo se puede trabajar, crear, amar dejando a un lado las emociones? La meta del ser humano no puede ser la impasibilidad, algo que también propusieron los griegos como modelo del sabio.

Pregunto a voces en este silencio internáutico tan lleno de signos y palabras (casi siempre, vacíos): ¿Soy yo distinto de mis emociones? ¿Sólo hay un camino para no dejarse arrastrar por las emociones, volverse impasible?

Todos los comentarios serán bienvenidos.

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Un comentario sobre “Amenábar. El sentido de la vida

    txemacan escribió:
    01/11/2009 en 12:52

    Amenabar me dijo el otro día que quiere hacer una de indios y vaqueros.

    Por cierto la felicidad apareció como de repente el otro día, cuando se hizo forma algo que preparaba hace tiempo y que queda mucho por hacer, tampoco la busqué, apareció.

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