Humor sin horas ni fronteras

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Evaristo Acevedo escribió esta novela en 1954, la publicó un año después, y volvió a editarla en la colección Reno de GP (Plaza y Janés) en 1972, de la que procede esta ilustración.

Lo más chocante de Los ancianitos son una lata es el título, que apenas tiene que ver con el contenido de la novela. El autor explica en el prólogo a la edición de 1972 que el título se lo dio la afirmación de uno de sus personajes, al reprochar a un médico geriatra que se dedicara a prolongar la vida de los viejos, porque eran “una lata”. Me cuesta creerlo. Sospecho que hay alguna otra razón, bien de interés comercial, bien de naturaleza censorial.

Evaristo Acevedo es un novelista hoy desconocido, cabe decir oculto, como mucho de lo bueno que produjo el franquismo o se produjo en el franquismo, que ambos enunciados valen. Es el problema de condenar un periodo histórico, que se acaban ignorando hechos valiosos, tengan o no que ver con el régimen castigado a un ejercicio focalizado (sectario) de la memoria: vale acordarse de lo negativo de aquellos años, pero no de lo positivo.

Evaristo Acevedo perteneció al grupo que editó y mantuvo viva por muchos años la revista satírica La Codorniz. Compañeros suyos fueron Álvaro de la Iglesia, Mingote, Chumi Chúmez,  y algunos de los cachorros del humorismo gráfico y escrito que luego editaron la heredera de La Codorniz, que se llamó Hermano Lobo, ya en el último franquismo y parte de la Transición.

La generación de quienes crearon y mantuvieron viva a La Codorniz es la de los vencedores de la Guerra Civil española (con la excepción de Gila). Procedían del falangismo menos adicto a Franco y/o de una derecha indeterminada, pero ajena al tradicionalismo, que hoy recibiría el ultradeshonroso adjetivo de “casposo”. Algunos de aquellos humoristas habían luchado en los frentes contra los “rojos”. Esto les concedió el privilegio de publicar una revista humorística y satírica en unos tiempos en los que hacer cuchufletas era algo peligroso, porque los censores en seguida encontraban un doble sentido crítico del que no siempre iban cargadas las bromas.

Los ancianitos son una lata describe la peripecia de un empleado de banca al que le toca el gordo de la lotería, y se convierte en un tipo infeliz. Aburrido y asténico recorre el mundo, y en Nueva York, una hostelera multimillonaria, conmovida por su lamentable estado, le pone en contacto con un médico (primer ex marido de la ricachona), especialista en prolongar la vida de los ancianos, pero que también se dedica a rehabilitar a antiguos burócratas venidos a más (por la suerte, por un negocio afortunado, por lo que sea). A estos les somete a un tratamiento singular: les hace volver a trabajar en una oficina, a someterse a la disciplina absurda de la burocracia, porque asegura que el problema de los nuevos ricos es que no se han deshabituado de sus viejas costumbres.

Aquí es donde Evaristo Acevedo entra en colisión con el franquismo más añejo. Muchos de los que en su juventud lucharon en los frentes nacionales, tras la guerra se fueron colocando en las entrañas inmensas de la burocracia del Régimen. Esta consistía en los Sindicatos, el Instituto Nacional de Previsión, diversos ministerios, sobre todo los dedicados a los temas sociales, con los que el franquismo intentó (y consiguió) contener los conflictos laborales, mediante una red de protección social y una serie de leyes interpuestas entre los intereses obreros y los empresariales, que aún continúan vigentes en parte, aunque no se llamen Fuero del Trabajo.

Los excombatientes (así se les calificaba) eran leales al franquismo, le debían su trabajo, pero no todos eran mentes ciegas, almas de cántaro o gusanos repugnantes. Había muchas personas con una visión propia de la existencia, con ambición creadora o empresarial o incluso político y sindical. De entre los últimos salieron aquellos que negociaron el desmontaje del Régimen. De los primeros, novelistas y artistas gráficos de gran calado, pero que hoy duermen en el limbo de los artistas condenados por su adscripción ideológica, el Movimiento, al que no todos sirvieron.

Los que peor suerte tuvieron, a efectos del reconocimiento póstumo, fueron los novelistas. Eran escritores de calidad, y encima populares. Pero eran franquistas, o lo fueron en su juventud. De ahí que no se les haya guardado el más mínimo respeto. Algunos, como Gironella, Torrente Ballester o Cela (aunque éste es una excepción porque explotó su capacidad entre taumatúrgica y circense) fueron aceptados por los mandarines de la cultura antifranquista (más bien ajena al franquismo).

Yo recomiendo la lectura de Los ancianitos son una lata. El lector se lo pasará bien, disfrutará de buena literatura, y podrá descubrir las estratagemas de los gerifaltes del Régimen para conducir una sociedad que había sido ingobernable (según los vencedores de la guerra) hacia los puertos seguros y gozosos del bienestar.

Yo os invito a descifrar en Los ancianitos son una lata las claves políticas ocultas. Por ejemplo, las que, según mi opinión, indujeron a Evaristo Acevedo a poner tan estúpido título a tan estupenda novela. La cosa va de burócratas cerriles, de neocapitalistas que empiezan a adentrarse en el territorio del Movimiento, monopolizado hasta el Plan de Estabilización (1956 ó 57, no me acuerdo bien) por un puñado de pseudofascistas cagones o atrabiliarios, de emprendedores aherrojados a las falacias ideológicas de los vencedores. Porque la novela pertenece al género del humor, al que Acevedo estaba adscrito y suscrito, pero es de un pesimismo escalofriante. Según entiendo yo, refleja la mente desconcertada de aquellos que se jugaron la vida en una guerra contra el rojerío, la ganaron y se encontraron luego con que la mejor perspectiva que tenía su existencia era fichar (o firmar) cada mañana en una oficina gubernamental donde trabajaban poco, charlaban mucho y se aburrían hasta convertir su privilegio en un castigo. Los perdedores de la guerra, castigados en Cuelgamuros o en las cárceles, reservaron su paciencia hasta la salida de las cárceles y, más a palos de ciego que con un programa econónico, social y político, fueron tejiendo en el telar de la legalidad vigente, lo que hoy es nuestra Democracia, que tantos enemigos tiene, por de dentro y por defuera. Hasta yo mismo a veces abomino de ella, la pobre.

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3 comentarios sobre “Humor sin horas ni fronteras

    miguelito22 escribió:
    31/07/2009 en 15:56

    😛 wow que largo chiste !!!

    yo escribió:
    02/09/2009 en 14:16

    HOla,

    Buen blog.

    Por cierto, ¿de quién es la ilustración de la portada del libro?

    gracias.

    rafa escribió:
    20/03/2010 en 22:39

    Hoy he comprado ese libro en la Feria del Libro de Ocasión de Valencia. Lo recordaba por esta entrada en el blog y por 4 euritos me lo he llevado a casa.

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