Impresiones en el nucleo protónico

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Una escena de Muerte de un Viajante, publicada en El País
Una escena de Muerte de un Viajante, publicada en El País. Boixaderas es el de la derecha

Madrid es el núcleo protónico y proteico de ese átomo de fuerza floja que todavía llamamos España. Los diecisiete electrones que giran en torno a él pueden salir disparados por un arrebato centrífugo, o pueden colapsarse por un despótico puñetazo centrípeto.

Nuestras visitas a Madrid (de un servidor, acompañado de Toñi) son un alivio de la humedad estival valenciana, que lo impregna todo, desde las fachadas de las casas hasta la cultura. Curiosamente, estos días hace en Madrid un tiempo variable, ventoso y fresquito. El calor se ha desplazado hacia Levante, me dicen, donde el Poniente seca y achicharra.

Tres horas en el teatro Español, disfrutando de Arthur Miller. Muerte de un Viajante, en interpretación soberbia de Jordi Boixaderas, uno de los mejores actores españoles (y catalanes) de hoy en día. Coproducida por el Teatre Lliure de Barcelona, el Centre d’arts Escèniques de Gerona y el Teatro Español de Madrid, es una prueba del feliz resultado de una colaboración entre visiones culturales diferentes.

La obra está pensada en Cataluña y en catalán, que es como se estrenó. El elenco, catalán, igual que la mayoría de los que intervienen en la producción, incluido el director, Mario Gas, que a su vez lo es del Español, deja sin embargo poco margen a la intervención de personas de Madrid o no catalanas. Esto es un argumento a favor de los catalanófobos, que no son seres alucinados, sino artistas o intelectuales que ante el ninguneo recurren a la pataleta, porque a otros les da resultado. Que tengan razón o no es algo discutible. Lo cierto es que los catalanes hacen las cosas muy bien, y combinan como nadie la calidad artística con la comercialización del producto, algo que fuera de Cataluña todavía no han aprendido a realizar con éxito sus competidores.

Se suele decir que Muerte de un Viajante es una de las primeras andanadas críticas al sistema de vida norteamericano que, supuestamente, garantiza a todos los seres humanos el éxito con un mínimo esfuerzo. La he visto en dos ocasiones (la primera con un Sacristán absurda e impecablemente vestido en el papel protagonista del fracasado Will Loman), y en ninguna de ellas saqué la impresión de que Miller lanzara un torpedo a la línea de flotación del sueño norteamericano. Al contrario, nos presenta a un hombre que ha construido su fracaso cuidadosamente desde la juventud, engañándose a sí mismo, luego a su mujer y finalmente a sus hijos. Will Loman no es el modelo del esfuerzo no recompensado. Miller empapa su tragedia en las oleaginosas aguas de un sicoanálisis que en los años cuarenta ya practicaban multitud de ejecutivos, artistas e intelectuales. Nos da a entender que el fracaso de los personajes de Muerte de un Viajante procede de las carencias y trastornos de la educación familiar. Tenessy Williams bañó también sus obras enel océano del psicoanálisis.

El año 1949, en el que Muerte de un Viajante se estrenó en Broadway, fue uno de los más prósperos en Norteamérica. Abundaba el trabajo, y la sociedad empezó a deslizarse a velocidad de crucero hacia lo que hoy es la sociedad del consumo o democracia de mercado pletórico. El fracaso de Will Loman no era un hecho común en los E.U.A, sino exactamente lo contrario.

Lo que a mi entender pone Miller en tela de juicio es la cobardía del soñador enfermizo, y sus esfuerzos en aparentar que la vida le va como una seda, tragedia que se da en todas las sociedades del planeta y en todas las épocas de la historia de la humanidad. De ahí que la historia de Will Loman nos fascine. En el palco contiguo al que Toñi y yo ocupábamos, había una familia francesa (sin duda bilingüe) con varios adolescentes. Al acabar la función observamos con ternura que la muchacha más joven lloraba desconsoladamente, compadecida por la perra suerte de Loman. Era la prueba incontestable de la maestría de Miller y de los actores y el director de Muerte de un Viajante.

La versión del Español comienza con un minidocumental en tres pantallas, que sirven como auxiliar escenográfico. Se trata de una exaltación propagandística de la sociedad norteamericana anglosajona (hay otra sociedad norteamericana, la  mexicana) que, como digo, estaba entonces en el apogeo de su crecimiento, con acceso a electrodomésticos y viviendas que hasta hacía una década eran consumo exclusivo de las clases mejor consolidadas.

De pronto me vinieron a la imaginación documentales de este género, realizados en Moscú o en Berlín Este en la misma época. El capitalismo intentaba convencer a la población de que su vida era la mejor jamás experimentada; los publicistas exageraban y extrapolaban, pero en términos generales tenían razón. El socialismo real hacía lo propio con sus ciudadanos, pero no tuvo tanto éxito, porque mentía descaradamente, el consumismo podía ser alienante, pero colmaba las aspiraciones de los proletarios.

La falsedad en la que se construyeron las sociedades supuestamente socialistas (los países del Este europeo) equivale a la mentira en la que vive la familia Loman. Lo que resulta curioso hoy en día es ver el efecto que causó Muerte de un Viajante en los liberales anglosajones norteamericanos (antecedentes de nuestros progres). Vieron lo que les convenía ver, lo que su mala conciencia les dictaba.

Pero el valor de esa pieza de Miller se conserva intacto, porque la cualidad de la obra maestra no procede de la ideología, sino del talento del artista que la produce y, en este caso, del que la interpreta. ¡Menuda función! Al terminar, nos tomamos una cañita con Jordi Boixaderas, tan campante y relajado. Sólo un actor consumado puede salir a la calle tan tranquilo después de haber puesto toda la carne en el asador, digo en el escenario.

Antes de entrar en el Español nos detuvimos un rato en La Celestina, librería teatral de Vicente Gil y Gil. Acaba de abrirla en la calle del Príncipe, número 17, procedente de otro local en el mismo barrio que se les había quedado chico.

Vicente Gil es un librero concienzudo y cordial. Está ordenando en estos días los estantes y, yo no sé cómo, parece que haya leído todos los volúmenes que exhibe, porque estaba al corriente de una obra corta de Toñi, Todo por un Duro, publicada hace años en la revista norteamericana Estreno, dedicada al teatro iberoamericano.

María Fernanda, la mujer de Vicente, manifestaba su alarma por el futuro comercial del libro como encuadernación de textos impresos en papel. Yo creo, y se lo dije, que no tardará en desaparecer la edición impresa, una generación quizá. Esto redundará en beneficio de los bosques. María Fernanda teme que el libro digital perjudique al negocio de su marido. Dándole la vuelta al argumento, podría ser todo lo contrario, al convertirse los libros impresos en restos arqueológicos, ganarían en valor. De todos modos, el día en que imprimir en papel sea un lujo reservado para ocasiones extraordinarias, tanto Vicente como los de nuestra generación llevaremos tiempo jubilados, y con un pie en el estribo.

grichter_001 ¿Puede ser la creación plástica original una estafa?

Mientras me hacía esta pregunta, me quedé encerrado en uno de los ascensores de la Telefónica. Salía de la exposición titulada: Gerhard Richter, fotografía pintada. Tuve que apretar enérgicamente el botón de alarma para que me liberaran de aquella celda hermética, a punto de un ataque de claustrofobia.

Gerhard Richter es uno de los pintores actuales más cotizados. Esta es una de las pocas verdades objetivas que pueden decirse sobre él. Si es un gran artista o no, si pasará a la historia del arte o no, son cosas todavía debatibles. Otra verdad objetiva es que hacer una exposición con centenares de fotografías en papel, guarreadas con óleo, no es ningún mérito artístico, las firme Gerhard Richter o mi nieto Jannik Wulfmayer de trece meses.

Las fotos de Richter manchadas por él mismo son un verdadero rollo. Si en lugar de figurar su nombre en la presentación de la exposición, se leyera Juan Pérez o John Smith o Giusepe Carosone, el valor artístico de lo expuesto sería exactamente el mismo, aunque no atraería a nadie que no fuera de la familia del firmante.

Yo no sé si esta muestra repercute económicamente en el artista, o si él ha intervenido en ella. Pero me avergonzaría que mi nombre figurara como comisario de la exposición. Estoy seguro de que al que la suscribe no le produce el más mínimo sonrojo, entre otras cosas porque habrá cobrado sus euros por organizarla. Esto último es lo que roza la estafa. Y no lo es, porque para que hubiera sido una estafa habría sido necesaria la intención de engañar a cambio de un beneficio. Aquí sin duda alguien ha obtenido un beneficio, pero sin engañar a nadie. Todo lo más, se han propuesto embaucar a quien se deje, y hacerle creer que está visitando un lugar bendito por el toque sublime de la mano de un artista.

Falso debate al borde del abismo

El falso debate (porque no lo ha habido) sobre la financiación autonómica nos ha pillado de viaje al núcleo proteico y protónico de lo que queda de España. La información de Victoria Prego sobre las circunstancias de la negociación con los catalanes revela que poco a poco nos acercamos al abismo de la fractura. Hasta ahora los supuestamente separatistas catalanes (me refiero a los lloricas de Convergència i Unió) habían jugado con la idea de la independencia, dejando ver que no creían en ella porque no les convenía. Les ha sucedido en la palestra un grupo que no sólo la desea sino que hace todo lo que puede por llevarla a cabo. Es evidente que son una minoría en la sociedad catalana. Lo significativo es que el catalanismo haya caído en manos de mafiosos. Sólo los chulos pueden suscribir fantasías o aberraciones políticas.

De nuevo echo yo en falta la voluntad autorizada de un líder consecuente que proponga con sinceridad y energía una solución que muchos parecen anhelar en el fondo de sus torturadas conciencias, sin atreverse a exponerla con claridad: modificar la Constitución para hacer de España una República Federal, y permitir expresamente a cada una de las 17 autonomías la separación de España, desde la Rioja a Extremadura, pasando por Cataluña y las Vascongadas. Como esto precisa de uno o varios referéndum, la última palabra estaría en manos de la ciudadanía.

Sería la única forma de acabar con esta danza al borde del abismo. Si uno de los resultados fuera que las dos últimas regiones mencionadas decidieran separarse, se establecerían fronteras, pasaportes y aranceles. La lógica y sensata objeción de muchos es: ¿y qué sería de los residentes allí que no desearan la separación? Como la medida es draconiana, las soluciones también habrían de serlo. Los catalanes y vascos que desearan conservar la nacionalidad española, no tendrían problemas en entrar y salir y en comerciar con lo que quedara de España, y en ejercer en ella unos derechos políticos que sin duda se les negarían en los territorios segregados. Todos los inconvenientes que se derivaran de la independencia, desde los políticos a los económicos, serían responsabilidad de las autoridades separatistas. Que apechugaran con ellos.

Veríamos lo que les duraba la euforia independentista.

Una grave objeción le veo yo a mi propuesta furibunda. En menos de un decenio, Cataluña y las Vascongadas se habrían integrado en la República Francesa, con  muchas menos atribuciones autonómicas que las que ahora tienen.

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