Los Niños de Golzow

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Un fotograma de la serie tomado de la página oficial
Un fotograma de la serie tomado de la página oficial

Ayer compramos un nuevo televisor. Tiene TDT, alta definición,  muchas pulgadas y pantalla plana. Había visto la oferta en un gran almacén, cuando lo visité en busca de un cable que conectara el ordenador a la tele. No encontré cables para mi televisor analógico de tubo, y me pareció que había llegado el momento de cambiarlo. El precio del nuevo era asequible. Junto con el nuevo cable para el ordenata, 450 euros.

Lo hemos instalado, sintonizado, configurado (porque ahora hay que hacer todas esas cosas con cualquier electrodoméstico), y vemos más de treinta canales y escuchamos quince radios.

Este es nuestro mundo. Puedes comprar novedades portentosas por un precio razonable, y ponerlas en marcha con un poquito de conocimiento y de paciencia.  Si no disfrutáramos de estas oportunidades, no nos sentiríamos seres humanos del presente, sino pobres marginados tercermundistas.

Ahora podría entretenerme un poco en la cuestión de la crisis, de los parados que no pueden comprar con la misma alegría que cuando tenían empleo, y sobre los efectos psico-sociológicos de la recesión. No lo haré porque tengo serias dudas sobre el tema, dudas existenciales, no metafísicas. ¿Estamos verdaderamente en crisis o es una añagaza para sacar del atolladero a los bancos que se han puesto ellos mismos en peligro y a las industrias obsoletas?

Pero sí contaré que he estado mirando un documental que podría titular en español Los niños de Golzow. Golzow es una pequeña localidad de la antigua Alemania Democrática situada entre Berlín y el río Oder, que separa hoy a los alemanes de los polacos.

Los autores son Winfried Junge (y su mujer Bárbara) y Hans-Eberard Leupold.

La particularidad de Los niños de Golzow es ser el documental más largo de la historia del cine (está en el Libro Guiness de Récords, algo anecdótico). Una de sus versiones más completas dura ocho horas, y sigue la vida de nueve chicos y chicas nacidos  entre 1953 y 1955, que iniciaron su escolarización en 1961, el año de la construcción del Muro. Los Jurgen visitaron regularmente a los nueve, cámara en mano, en diversas etapas, que terminaron en 1992. En 1980 realizaron un primer documental, Lebensläufe – Die Geschichte der Kinder von Golzow in einzelnen Porträts. El material que reunieron dio para tanto, que se han realizado 16 películas sobre el tema, conocido en el mundillo de los documentalistas fílmicos como el Children of Golzow Project.

Yo he visto las cuatro primeras horas del documental de 1980. Me han parecido una maravilla. El material es irregular, en blanco y negro, en colores diluidos, con tomas que serían inaceptables por la industria cinematográfica.

Pero todos esos defectos quedan absorbidos por la excelencia del trabajo en su conjunto.

Lo más chocante es que nada de lo que nos cuentan los protagonistas y el editor es extraordinario. Son vidas normales, rutinarias, aburridas, previsibles. Tan normales, rutinarias, aburridas o previsibles como la de usted, amable lector, o la mía, o la del panadero de la esquina.

¿Cómo es esto posible? ¿Cómo puede parecernos formidable la vulgaridad?

Uno tiene la tentación de ponerse filosófico. Casi, casi parece inevitable recurrir a la sociología, a la psicología, a la antropología y todo eso. Pero no hace falta.

No hace ninguna falta.

Lo fascinante de Los Niños de Golzow es lo que encontramos en ellos de nosotros mismos. ¡Y son cantidad de cosas! Cada anécdota que cuentan, cada sentimiento que evocan, cada salto en el tiempo que se produce viene a ser un equivalente de lo que nos ocurre cuando vemos un viejo álbum de fotos familiar, y nos encontramos con una sucesión de nosotros mismos a lo largo de los años. En el colegio, en una excursión con los amigos, en un guateque, con los padres y los abuelos, en una comunión, en la mili, en el primer trabajo, etc., etc., etc.

Lo tremendo, lo alucinante es que comprobamos lo parecidas que son todas las vidas humanas. Y cuánta serenidad obtenemos en ello, al contrastarlas unas con otras. Es como si viéramos con toda claridad el patrón que nos une a los seres humanos, y nos sintiéramos tranquilos y satisfechos de serlo, desechando ideologías, religiones, pobreza o riqueza, climatología, longitud y latitud.

Alguien dirá, no se daría ese fenómeno si el documental estuviera centrado en la vida de un campesino vietnamita o de un trabajador asalariado negro de Johannesburgo, porque los europeos al fin y al cabo compartimos una forma de entender la vida semejante.

No es así. Lástima que no tengamos nada similar para hacer la prueba. Lo que distingue a Los Niños de Golzow de otros documentales es que está hecho sin prejuicios, sin planteamientos ideológicos o morales. Es obvio que refleja la vida de ciudadanos de un estado Socialista, y que en ningún caso se pone en tela de juicio el sistema. Pero, ¿por qué había de hacerlo? Los Niños de Golzow es lo más parecido a un estudio de campo antropológico, con la ventaja de que no lo es, es un documental.

Los paisajes, los edificios, las indumentarias que se ven en el documental pertenecen al pasado. Y al mirarlos con detenimiento nos damos cuenta de que son casi exactamente igual que eran los nuestros, réplicas. Réplicas de nada, porque el original no estaba en ninguna parte. Mejor dicho, estaba en la autenticidad de la vida de cada ciudad, cada villorrio europeos. Durante décadas, los españoles, los alemanes, los franceses, los italianos, los ingleses hemos vivido en condiciones muy semejantes sin saberlo. Dábamos por bueno el engaño de que algunos vivían mejor que otros.

¿Se vivía mejor en Alemania que en España? ¿Se vivía mejor que la RFA que en la RDA? Si por vivir mejor entendemos tener acceso a más bienes de consumo, puede que haya algo de cierto, pero no mucho. Si por vivir mejor entendemos disfrutar de libertad política, seguro que hay mucho progre por ahí que dice que sí, que en Francia se vivía mejor que en España. Me temo que se equivoca, porque la calidad de vida tiene poco que ver con la libertad de imprenta o las elecciones parlamentarias, como se puede comprobar ahora mismo al poner España, por ejemplo, al lado de Singapur.

Yo confieso que el mundo de hoy no me gusta. Esto suena a perogrullada, porque la mayoría de los seres humanos está insatisfecha. Pero una cosa es la insatisfacción que nos induce a mejorar la existencia, y otra, la  angustia que se observa en la mayoría de los creadores, sobre todo de narrativa escrita y filmada. Yo no siento angustia vital, no aborrezco mi vida y la de mis semejantes, no creo que el planeta se vaya a destruir en dos generaciones. Simplemente, me gusta más la vida de antes. La de hoy me parece de una homogeneidad exasperante, porque se oculta tras una mendaz variedad ilimitada, de un brillo ornamental basado en el mal gusto, de una superficialidad insoportable, y de un culto a la perfecta juventud y belleza simplemente inexistente, falso. Nos creemos mejores porque podemos entrar en un supermercado y salir con una televisión gigante capaz de sintonizar decenas de canales y de conectarse a nuestro ordenador.

¿Soy en realidad víctima de un efecto de la edad?

Quizá. Pero cuando toda mi generación haya muerto, seguro que en el futuro algún curioso impertinente se propone comparar una forma de vida con otra. Ellos sabrán mejor que nosotros si los europeos de 1930 vivían mejor o peor que los de 2010.

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