Ariadna contra el maniqueísmo televisivo

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Estoy leyendo Los cinco libros de Ariadna de Ramón J. Sender.
Es una larga novela escrita antes de su primer viaje a España desde el exilio. Todavía gobernaba Franco, que en la novela citada aparece en un extraño futuro medio orwelliano medio cervantino, enterrado vivo bajo su propia estatua. En el prólogo que antecede a la ficción, Sender parece resignado a no volver, quizá debido al tratamiento humillante que da al Adalid (Franco).
Pero volvió, quizá porque el dictador ignorara la humillación a la que le había sometido en sus escritos, quizá porque suponía que los exiliados no ahorraban adjetivos humillantes cuando se referían a él, y le daba igual.
Los cinco libros de Ariadna hablan de los días anteriores al estallido de la guerra civil española y de los posteriores. Sobre todo, de un interminable viaje de la protagonista en un tren de prisioneros, que recorre la España en poder de los sublevados, dejando un reguero de fusilados.
La narración es estremecedora, y no por el clímax, que se mantiene páginas y páginas y por lo tanto no es clímax, sino por la fluidez con la que se van contando los acontecimientos. Se nos presentan sin dramatismo añadido o literario, sólo con el que poseen en sí. A la vez no es un relato neutro o desapasionado. Gracias a la habilidad literaria de Sender nos podemos meter en la piel de cada uno de los personajes, y vivir los avatares que ellos protagonizaron. Avatares tremebundos, de esos que parecen irreales o imposibles, pero que fueron el pan de cada día para millones de españoles durante casi tres años.
Como la narradora de los hechos, Ariadna, es (por decirlo de un modo estereotipado) republicana, y cae prisionera de los facciosos, el foco de su atención es el comportamiento de los sublevados. Lejos de lo que podía esperarse, Ariadna no descalifica a sus captores, aunque no oculta su brutalidad. Va describiendo con aparente sangre fría (la que da la perspectiva del tiempo, porque se supone que está narrando, en un futuro impreciso, la ordalía que vivió a un misterioso congreso internacional de sabios) un rosario de atrocidades que en aquel tiempo eran casi una rutina, algo corriente. Tampoco viene la protagonista a justificar ese comportamiento monstruoso. Ni siquiera nos da claves para entenderlo. Sólo describe su propia experiencia. Pero sin ensañarse ni en las víctimas ni en los verdugos.
Sender está hablando de españoles a españoles. Lo hace en los años 50, cuando los agravios empiezan a descargarse de odio. De hecho, el odio, justificado por la aventura angustiosa de Ariadna, no aparece en absoluto.
Esta novela de Sender es cualquier cosa menos maniquea, cosa que debía de sonrojar a todos aquellos que hoy en día juegan con la memoria histórica, porque el novelista aragonés podía haber redactado un panfleto fascinante y de altura literaria. Y escogió no hacerlo, sin duda porque miraba el mundo con ojos cargados de experiencias durísimas, pero asimiladas y aprendidas. Que no vuelva a pasar, era la máxima preocupación de los viejos durante la Transición política, esa que ahora avergüenza a muchos, que ni siquiera la vivieron, y a otros que sí pasaron por ella, pero de puntillas, esquivando los conflictos, y que ahora, los muy crabones, los avivan con una saña inexplicable.

Compárese Los cinco libros de Ariadna con los episodios de La chica de ayer.
Esta serie empieza a meterse por las trochas maniqueas de Cuéntame.
El panorama que ambas nos presentan de los años 70 es muy relativamente cierto, y se reduce, casi, a la escenografía. En ambos casos el guión es de un convencionalismo incompatible con la alta calidad de la fotografía, los escenarios, la interpretación (incluida la del amanerado Alterio) y la producción.
Todo lo demás es más falso que los duros de Cádiz. Y eso es grave, porque se ve que obedece a una estrategia del engaño. Un engaño incoherente, porque a los guionistas (que deben ser buenos profesionales), por ejemplo, no parece preocuparles que la relación entre el policía proveniente del futuro y la chica de la comisaría sea imposible en aquella época. Es imposible que cuchicheen, que se miren como dos palomos, todo ello en público, que se vayan a cenar y al cine, sin que ninguno de los que hay a su alrededor parezca advertirlo, y escandalizarse o burlarse.
He señalado en otra entrada sobre el asunto que el panorama que presenta esta serie (como Cuéntame) de los años 70 es el de una España poblada de bárbaros, cochinos, maleducados, incompetentes, y así hasta agotar el diccionario.
Esto es una fastidiosa e inaceptable mentira.
¿Llegará algún día a escribirse una serie sobre nuestro pasado donde los guionistas se atengan a los buenos ejemplos de escritores como Ramón J. Sender?
Temo que pasarán más de mil años, muchos más. Porque si uno repara en los hechos, las semillas del maniqueísmo de Cuéntame las sembró el horrible Aznar, en cuyo reinado se fraguó y adquirió fama la serie.

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