Poetas auténticos

Poesía visual de la zarza explosiva

Ayer, presentación de dos libros de poesía en una librería de Valencia. Los autores y la concurrencia, predominantemente adultos (por encima de los 40), y hombres, todos con aspecto de viejos rebeldes, viejos camaradas, apariencia extensiva a un par de jóvenes, que en este caso serían viejos-jóvenes camaradas rebeldes, ideologizados (por la izquierda rabiosa, ignoro si ácrata o bolchevique), disgustados con el escenario aplastantemente consumista de sus vidas. También hay un perro. Todos son incondicionales.

En la presentación del autor joven interviene otro que desparrama una bolsa de saladitos sobre la mesa, luego saca una botella de vino, la abre y se sirve un vaso; a continuación lee media docena de folios con una entonación de soflama, es un texto que suena a mis oídos a declaración dadaísta, divertida, provocadora, cacofónica, fustigante. En la presentación del autor mayor  interviene una mujer con acento argentino o uruguayo (yo no los distingo) que pondera la moralidad del poeta, su vida militante y el amor que siente por su esposa, motivo de los versos del libro presentado.

Cada autor lee poesías del otro. Lo hacen con una oratoria dramática muy buena, en relación a la lectura balido de muchos poetas y rapsodas.

Uno de los autores se dedica a escribir poesía política (el más joven), el otro, un señor jubilado, poesías de amor, aunque reconoce que su producción habitual también es poesía política o social. Dice que la poesía política, para ser buena, debe ser a la vez poesía de amor, amor por el mejoramiento de la sociedad; el joven asiente.

¿Son buenas las poesías que escucho?, me pregunto. No importa. La puesta en escena, la lectura, el calor del auditorio es verdadero y natural. ¿Son originales? Tampoco importa. Los dos poetas coinciden en esta apreciación: la poesía no es lo que uno escribe, sino lo que otro lee, el acto de comunicación. Suena a catecismo, a comunión de los santos. Pero debe ser verdad, me digo yo, nulo lector de poesía.

Algo excepcional ocurre durante la lectura. Uno de los asistentes, hombre mayor, de rostro esculpido por una vida de duro trabajo, no para de recibir llamadas a su móvil, una detrás de otra, sin cesar. Yo pregunto, ¿por qué no apaga el teléfono? Mi mujer aventura, será de otra persona, y no sabe apagarlo. Por fin, se marcha del auditorio, y se le escucha a lo lejos echándole una bronca furiosa a la persona que le telefonea. En ese momento, entra una mujer en la librería y pregunta en voz bien alta: ¿Tienen recargas para tarjetas? Rompemos a aplaudir estas interrupciones auténticamente dadaístas.

Aquellos que sostienen que no hay vida cultural en las ciudades tienen en este acto reseñado la prueba inapelable de que yerran.

Una Respuesta a Poetas auténticos

  1. Qué bueno, Fernando! Este tipo de anécdotas son de las que alegran la vida. Un saludo

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