Oliverrock’s Weblog

Impresiones desde Núremberg

Noviembre 29, 2009 · Dejar un comentario

Jannik en Pottenstein

Toñi y yo acabamos de regresar de Alemania. Hemos estado diez días en Núremberg con mi hija Waleska, su marido Hauke y mi nieto Jannik, una Bolita Francona. Además de pasar todo el tiempo posible con ellos, dedico estos viajes a hacer compras, a visitar museos y, si es posible, a hacer excursiones a lugares pintorescos y a ciudades próximas.

Compras.

En otras ocasiones me he surtido de ropa en Alemania. Hasta que descubrí que en España conseguía lo mismo y al mismo precio. Así que ahora lleno la maleta de libros y de artículos de regalo. Aunque con Toñi he descubierto los increíbles beneficios de la segunda mano. En España no se me ocurriría comprar en una tienda de ropa usada o de objetos personales y caprichos domésticos que hayan pasado por un primer propietario o propietaria. No por vergüenza, sino porque las prendas y enseres que se muestran a la venta no son nada atractivos, e incluso están sucios.

En Alemania es todo lo contrario. He encontrado unas botas Camper que no habrán calzado los pies de su primer propietario más de un día (a juzgar por las suelas), primorosamente cosidas en Marruecos, por nueve euros. ¡Nueve euros, cuando su precio no debe de bajar de los setenta o más! Y una camisa Timberland de pana cosida en Bulgaria, que todavía conservaba la etiqueta original (es decir, que no había sido usada), por ocho euros. Lo mismo que Toñi pagó por un vaquero de marca nuevecito.

Imagino que la mayoría de la población prefiere estrenar su propia ropa y calzado. Por lo general, yo también. Pero si tuviera a mi alcance en Valencia tiendas aus Zweiter Hand como las de Múnich o Núremberg, las visitaría preventivamente antes de irme de cabeza a una butique de marcas.

Camino a la estación de Múnich, Toñi y yo empezamos a fantasear sobre el asunto. Concluimos que si un porcentaje significativo de la población decidiera vestirse y calzarse en tiendas de segunda mano, las prendas aumentarían de precio a causa del incremento de la demanda; se aproximarían tanto a los de las originales, que el negocio terminaría por cerrar. Además, antes de que esto ocurriera, una masa de compradores buscando gangas de segunda mano acabaría de inmediato con las existencias, a no ser que el número de ricos caprichosos (y generosos, porque la ropa era donada a la institución que la vendía) se incrementara en la misma proporción, algo matemáticamente imposible.

Así que, de momento, el mercado de segunda mano seguirá siendo minoritario, aleatorio (encontramos la tienda por casualidad, haciendo tiempo antes de tomar el tren de Múnich a Núremberg) y ocasional.

Arte y Cultura

Alemania transpira cultura. Aunque el viajero sea un aficionado al fútbol con itinerario fijo del aeropuerto al hotel, del hotel al estadio, y regreso al redil, se impregna de un rocío de cultura presente en los carteles de las calles, de los transportes públicos, y también en los escaparates y en la publicidad. Ni en Nueva York he visto yo una publicidad más imaginativa, colorista y pulcra que en Alemania. Quiero decir buena, bien hecha, bien dirigida, acertada y por lo general, nada zafia. Un ejemplo son los sex shop, allí llamados Erotik Shop. Muy pocos tienen el aire soez y cutre de sus correspondientes españoles. Los escaparates, de tonos rojizos y cálidos, parecen mercadillos de Navidad como el Christkindlesmarkt de la plaza del Mercado de Núremberg, ahora en su apogeo.

La multitud esperando la aparición del Angel de la Navidad en el balcón de la Frauenkirche

Y en lo referente a la cultura y el arte, el número de museos de toda índole y contenido que se ofrecen al vecino y al viajero es incontable. Bueno, se puede contar. 35 he identificado yo en una guía de Núremberg (de Durero, ilustre hijo de la ciudad, del ferrocarril, de los bomberos, de juguetes, del teatro, de la historia hospitalaria, de mazmorras medievales, de la paz de la Biblia, de la Industria, de los Juicios de Núremberg, de los palomos, etc., además del Germanisches Nationalmuseum, el primero de este género que se abrió antes de que Alemania fuera una nación, en 1852, el de arte moderno y el de las fantasías arquitectónicas nazis).

Todos ellos convenientemente anunciados en las paredes y en los portacarteles urbanos, en el metro y en las paradas de los tranvías y en las oficinas de turismo.

Añádase a esta tupida red, la de exposiciones temáticas, la de galerías privadas de arte, la de teatros, la de salas y locales de conciertos (de todos los estilos), la de instituciones culturales, la de iglesias, palacios, parques y festejos. No diré que la gente acude en oleadas, pero sí que doy fe de que acude. El espacio dedicado a presentaciones de una librería de Karolinenstrasse tenía más de media entrada una tarde en la que yo me encontraba allí comprando mi agenda del año 2010, una costumbre pedante que cumplo todos los años, importarla del extranjero. Y en el Literarische Café de la Luitpoldstrasse (curiosamente, la calle de los servicios eróticos de aire navideño), hay que pagar por escuchar a un autor leer un trozo de su último libro.

Una tienda de pelucas en el U-Bahn de Hauptbahnhof

Antes de convertirse en el primer exportador industrial europeo, Alemania exportaba ya cultura. Esto no quiere decir que sus decenas de millones de habitantes puedan recitar el Fausto de Goethe. Pero sí quiere decir que el porcentaje de la población consumidora de arte y cultura es impresionante en relación con el español. A consumir arte y cultura se empieza por los enseres domésticos. La ciudad vieja de Núremberg está llena de tiendas de decoración cuyos escaparates parecen galerías de arte. Los escaparatistas alemanes deben de estar entre los mejores de Europa, y acaso también de las dos Américas. También es verdad que fuera de los barrios más comerciales de la ciudad, los escaparates se transforman en ventanas minimalistas.

El hogar alemán suele ser acogedor, cómodo, cultural. En casa aprenden (la mayoría de) los niños alemanes a comportarse en público con corrección y sentido de la urbanidad. Toñi y yo asistimos a una representación de Dom Sébastien, Roi de Portugal, ópera en cinco actos de Gaetano Donizetti, y nos maravillamos de ver que antes del inicio, un caballero explicaba desde un podio de la cafetería, al lado de un piano, el desarrollo de la ópera, los conflictos y las relaciones (bastante descabelladas) de los personajes. En el entreacto, en el mismo lugar se concentraron decenas de personas, no pocas de las cuales ataviadas de cierta gala, para tomarse un piscolabis con cava o vino de importación. Aunque la puesta en escena era todavía más disparatada que el libreto de Eugène Scribe, daba gusto hallarse en compañía de ciudadanos tan cultos y formales.

Venta aniversario con el Bild como testigo

Diez días en Alemania dan para una serie de entradas de bitácora.

Persistiré en ellas hasta que me canse.

Estos son los temas: El sacrilegio, núcleo central de la puesta en escena de las viejas y disparatadas óperas. ¿Qué es hoy es Establishment? La plástica presente náufraga y prescindible. Diseño, decoración, arte moderno. Paseos urbanos y suburbanos.

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Pesimismo freudiano

Noviembre 15, 2009 · Dejar un comentario

Dibujo Paco

Dibujo de Paco Campos fechado en 1980

Sigmund Freud, un intelectual profeso, dijo (según mi psicoanalista) que el ser humano sólo podía hacer una de estas tres cosas en la vida: dedicarse a la ciencia, dedicarse a la creación artística o administrarse un fuerte tranquilizante.  Es de suponer que también al ser humano le era dado combinar al menos dos de estas posibilidades.

Sólo un intelectual podía hacer este tipo de afirmaciones. Eso era antes. Hoy, las cosas han cambiado. Ya no hace falta tener cátedra ni ser psicoanalista para flagelar a la humanidad doliente con frases lapidarias. Basta con ganar una edición de Gran Hermano y frecuentar tertulias audiovisuales. En cada una de ellas se largan media docena de ideas tremendas. Tantas que su propia inflación las devalúa.

Por eso las afirmaciones contundentes que perduran son las de los intelectuals de antaño, antes de que el intelecto se perdiera en la jungla de los medios de comunicación.

Si hacemos caso a Freud, la mayoría de los hombres y mujeres del planeta nos sentiremos unos gusanos embriagados por la ideología, la religión, el fútbol, el sexo, el consumo, las fantasías apocalípticas o directamente por el alcohol o las drogas.

Uno de los flagelos de nuestro  momento histórico es el estrés, que en español castizo se dice agobio, y los periodistas gallegos de la primera mitad del siglo XX llamaban neurastenia.

La investigación científica produce mucho estrés, eso es algo divulgado por el género biográfico y por el cine. Edison acabó histérico  por el poco descanso que se permitía, el señor Curie estaba tan ensimismado que murió atropellado por un tranvía, Menéndez y Pelayo (que era un científico, muy a pesar de la izquierda) recurrió al alcohol para contrarrestar su estrés y acabó cirrótico.

Y qué decir de la creación artística. Antes siquiera de llegar a ser famosos, los artistas revelan su estrés en su propia obra, que con frecuencia da miedo o levanta dolor de cabeza al que intenta descifrarla. Y si nos fijamos en los creadores del Renacimiento, por ejemplo, tenemos constancia de que eran unos crápulas. Por no fijarnos en los ilustrados y en los románticos: el que no era un bandarra como lord Byron, era un neurótico egoísta como Goethe.

Freud observó este agobiante panorama y lo diagnosticó. Los psicoanalistas que le sucedieron (y le enmendaron la plana) confirmaron los peores pronósticos del maestro.

Hoy, no hay científico ni artista que no recurra al psicoterapeuta. ¿Y el resto de la población,  la de quienes se administran fuertes tranquilizantes? También lo hace, y es un gran negocio profesional, hasta hace poco monopolizado por el clero y los curanderos, y en las dictaduras por la policía secreta, cuya intervención o curaba o eliminaba.

La sagacidad pavorosa de Freud queda probada por el tráfico de todo tipo de pastillas, tanto en farmacias con licencia como en covachas. También por la teleadicción, por el negocio de la superstición, por el catastrofismo, por el buenismo y por la corrección política. Eso, saltándonos las tradicionales vías de escape: el deporte, las francachelas y los abonos a conciertos.

Nada nos libra a los gusanos de serlo. Sólo la terrible posibilidad de convertirnos en científicos ambiciosos o en artistas desmadrados.

Le tengo un afecto especial al libro de un tocayo, Fernando Díez, “En busca de los límites. Un viaje hacia el conocimiento y la felicidad”. El autor combina la sabiduría oriental, que ha aprendido en la India a lo largo de los años que permaneció en ella, con la filosofía y la ciencia occidentales.

Según mi tocayo, la felicidad es posible. Y lo argumenta de un modo razonable, aunque no siempre asequible.

Imagino que Freud habría fulminado a Fernándo Díez y le habría tildado de estafador intelectual.

Pero, ¿quién no lo es hasta que se enfrenta a un dilema en el que se juega la salud, la física o la mental?

Los intelectuales modernos occidentales tuvieron una gran virtud: descubrieron las falacias con las que nos engañábamos a nosotros mismos o unos a otros.  Pero dejaron al ser humano al borde del precipicio y en pelota.

Freud dictó una ley desmesuradamente clasista que condenaba a los barbitúricos químicos o virtuales al 99 por ciento de la población. Y tuviera o no tuviera razón, la realidad parece haber confirmado su pronóstico.

Sin embargo, cada uno de nosotros es consciente de su fragilidad, y libre de protegerla con diferentes armaduras o a pecho descubierto. Esto último suele costar, pero no es tan raro como predican los medios de comunicación y los vecinos. Entre las facetas maravillosas del hombre (y la mujer) está su infinita capacidad de adaptación, Darwin fue uno de los primeros que se dieron cuenta.

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De Madrid a Badajoz, a lomos del teatro

Noviembre 11, 2009 · Dejar un comentario

¡Compro oro!

Inesperada estampa matritense: la Gran Vía, la Puerta del Sol, las calles Arenal y Mayor, los barrios del centro llenos de hombres y mujeres anuncio. La mayoría, inmigrantes hispanoamericanos. Recorren las vías emparedados en una palabra que recuerda la baraja de Heraclio Fournier: ORO. Reparten panfletos y apoyan la publicidad de la que andan vestidos con gritos: “¡Compro oro y joyas! ¡Precios excepcionales!”

baraja-celofanEste hecho revela el secreto de la paz social en un país con cuatro millones de parados, de los cuales más de un millón no recibe subvención alguna.

La explicación de este misterio es doble: el trabajo en negro (la economía sumergida), y las casas de empeño. Son dos fenómenos inaprehensibles, imposibles de cuantificar. Pero deben de tener unas dimensiones impresionantes. Lo que se percibe de ellos es la punta del iceberg. Acaso algún novelista laureado emprenda un día la tarea de retratar ese mundo y hacer una segunda trilogía de Torquemada, el personaje galdosiano que chupaba la sangre de los pobres diablos madrileños en el quicio de los siglos XIX y XX. Temo que no caiga esa breva. Lo que hoy vende es la novela histórica y la novela gótica o una mezcla de ambas muy distante de la estructura naturalista, sea galdosiana, sea zoliana. Lo cierto es que tanto Galdós como Zola, y antes Clarín o Balzac resultan un tanto pesaditos. Pero es que entonces no había ni cine ni televisión, y los que sabían leer se habían acostumbrado a los folletones, con los que disfrutaban en sus horas libres.

Yo titularía a esta novela “¡Compro oro!” El protagonista sería un emigrante ecuatoriano al que una anciana entrega una bolsa llena de lingotes de oro, sin pedir nada a cambio. Aparentemente, esta mujer está desequilibrada. Y la verdad es que causa en fuerte desequilibrio en el ecuatoriano, que no sabe qué hacer con el oro, si quedárselo o qué…

El banquero y el cardenal

Un contraste de impacto: fotografía en los diarios del banquero Botín doblando el espinazo delante del cardenal Rouco Varela. Me quedé mirando la imagen durante un rato, desconcertado, incrédulo de lo que estaba viendo. La que ofrezco aquí salió en El Mundo. La que yo vi la publicaba el martes, día 4, ABC, enorme, casi a doble página. Supongo que a mala leche. El caso es que uno de los hombres más poderosos de España, de Europa y quizá del planeta, aparece casi genuflexo ante un funcionario, por purpurado que sea, del Vaticano.

ivex y roucoEl pie de foto anunciaba la decisión del Ivex 35, los 35 valores supuestamente más sólidos de la Bolsa española, de financiar la visita que el Papa Benedicto XVI realizará a Madrid, no sé si en 2010 o en 2011, con motivo de una fiesta de la Juventud Católica que cada año se celebra en una ciudad diferente del mundo. En Madrid no tendrán Olimpiadas, pero tendrán al Papa y a la multitud que suele congregar su carismática popularidad.

En realidad, este anuncio es un desmentido de las teorías conspiratorias. No hay nada oculto, todo se hace a la luz pública, el gran capital subvenciona a la Iglesia Católica. Que nadie busque escondidas alianzas, turbios intereses. Como dicen los nuevos ricos alcoyanos, según Xavi Castillo, Aço ho pague jo, eso lo pago yo.

Imagino el corazón alterado de los progres de toda la vida: ¡Ahí tenéis la prueba, camaradas! ¡Ya, ni siquiera se ocultan! ¡Proclaman con descaro su alianza!

Sólo se me ocurre sacudir a Bob Dylan por la solapa y decirle: Nos engañaste a todos, cativo, los tiempos NO están cambiando.

Mira que si renacen los bolcheviques de los escombros del Muro. Las celebraciones de su derrumbamiento, hace ahora 20 años, demuestran que la burguesía sigue teniendo un miedo paranoico a la revolución. Y por burguesía no quiero decir una clase social, no me refiero a la burguesía de Marx, sino a una clase política que ha decidido bañarse en la laguna Estigia de la Memoria Histórica. La risa es que cada dirigente político de cada país tiene una visión diferente del fenómeno. Ver a Zapatero celebrando al lado de Angela Merkel la desaparición del socialismo real produce perplejidad. Ese tipo es un atrevido genial, capaz de meterse en el mayor de los berengenales y salir indemne.

La crisis del teatro

Toñi ante la selecta audiencia de Badajoz

En Madrid está en todo su apogeo el Festival de Otoño de Teatro. Acudimos a los Teatros del Canal para ver Kontakhof, espectáculo de danza firmado por Pina Bausch, que se murió este verano. Veinticinco ancianos, 13 mujeres y 12 hombres, evolucionan en el escenario al ritmo de piezas musicales diversas, aunque predominan las de cabaret berlinés. La sala, enorme, cómoda, bien construida, estaba a reventar. Imagino que muchas de las localidades serían invitaciones, porque allí estaba la flor y nata del cine, el teatro y la danza española.

Del espectáculo sólo puedo decir que o era una broma o era una estafa. Aunque habíamos pagado nuestra entrada, Toñi y yo nos marchamos en el descanso, porque aquello era un tostón sin sentido.

Al día siguiente intentamos ir a La Abadía, para ver el espectáculo de Juan Mayorga, La tortuga de Darwin. En taquilla nos dijeron que no había entradas para ninguna representación. Tendremos que desterrar el tópico de que el teatro está en crisis.

Otra prueba es el éxito de Toñi, Antonia Bueno, en Badajoz, dentro del Festival de Teatro de la ciudad, en la presentación de su trilogía de mujeres medievales, prologada por Lourdes Bueno, profesora de literatura española en Austin, Texas, y editada por la Universidad de Extremadura.

Toñi fue acogida por el Foro Teatral Ibérico, II Encuentros Teatrales en la Raya, con participación portuguesa. Antes de la representación por parte de Toñi de su selección de escenas de las tres piezas (Sancha, reina de la Hispania, Zahra, favorita de Al Andalus y Raquel, Hija de Sefarad), una mesa de programadores y gestores culturales dialogaba sobre los circuitos de festivales y ferias en los dos países. Me hizo gracia escuchar, de boca de los españoles, el término “luchar”, con el que se referían a su actitud frente a los diques y barreras que las Administraciones Públicas (todas, sin distinción de color) ponen a la cultura. Los ponentes eran todos de edad provecta, pero conservaban los resortes verbales de la juventud, fijados en sus conciencias durante el Franquismo y la Transición. Seguían luchando.

Toñi sólo tuvo que luchar contra los elementos. No había lector de CDs. Menos mal que nos habíamos llevado el nuestro. Le salió una presentación redonda, que arrancó aplausos entre los asistentes, poquitos pero selectos. Toñi es una artistaza. Y como lo que ha escrito le ha salido del alma, al representarlo se integra en sus personajes de un modo mágico y fascinante.

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Tumbado a la bartola en la sala de estar

Noviembre 9, 2009 · Dejar un comentario

GEDC0600Pliegues y venas,

cárcavas del pie

tendido en el cristal

de la mesa de centro.

Es mi pie y me gusta contemplarlo

sin pensar en otra cosa,

sin obligarme a nada.

Bañado pie en la luz lateral

de un lunes por la tarde.

Deslizo mi mirada sedente

por los pasos termópilos,

por los sensuales límites

de mi pie otoñal,

que yace satisfecho

de haber pisado tanto,

y emerge como un tallo

de planta suculenta

de la pernera rígida

de un viejo pantalón.

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Educar es mejor que proteger

Noviembre 1, 2009 · Dejar un comentario

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De un teletipo de la agencia EFE fechado hoy en Huelva.

Juan José Cortés, el padre de la niña Mari Luz, asesinada en Huelva en 2008, promoverá una fundación que trabajará en distintos países de Iberoamérica, como resultado más inmediato del viaje que ha realizado a Chile, han informado hoy a Efe fuentes de la familia Cortés.

El viaje fue organizado para la promoción del libro “Ciudadano Cortés”, que dará nombre a la fundación, concebida para dar protección a las personas “con más problemas y más vulnerables” de la sociedad.

Juan José Cortes es digno de la mayor consideración, por el calvario que ha padecido y posiblement siga padeciendo, y por su perseverancia en que los asesinos de su hija reciban el castigo adecuado.

Sin embargo, y con todo el respeto a su iniciativa, me permito una objeción. A las personas con más problemas y más vulnerables no hay que protegerlas sino ayudarlas a que aprendan a resolver sus problemas y a dejar de ser vulnerables, a que se fortalezcan. Quizá no siempre sea esto aconsejable, pero sí debe de hacerse en todos los casos en los que existan posibilidades.

Por ejemplo, si se consigue convencer a los asesinos de Mari Luz de que tienen que reparar los graves problemas que han causado y se les enseña a hacerlo, nos ahorraremos proteger a muchas víctimas vulnerables a la brutalidad de individuos que han desarrollado una inclinación criminal, acaso porque ellos mismos fueron vulnerables en el medio social en el que se criaron.

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Amenábar. El sentido de la vida

Octubre 28, 2009 · 1 comentario

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Paisaje en perpetuo movimiento, Paco Campos. 1980

La doctrina Amenábar

He visto “Ágora”, la última película de Alejandro Amenábar, realizada con todo lujo de decorados, extras y curro de ordenador. He visto en ella doctrina. Una confusa doctrina que tanto puede ser masónica como pagana, atea o agnóstica. Una cosa sí es, disolvente. Porque en las sucias hordas cristianas de Amenábar, compuestas de hombres feos y envejecidos por el sectarismo, se pretenden disolver dos mil años de una Iglesia que, cierto es, ha esgrimido y utilizado a su conveniencia la Revelación que, según sus Padres, recibió de lo Alto. Sospecho que Amenábar no lo conseguirá, disolver siquiera una de las infinitas variedades del Cristianismo. Pero al menos, lo ha intentado. Con todas sus fuerzas y propósito. ¿Ha querido Amenábar disolver una religión y un buen puñado de iglesias movido por la Verdad, la suya, claro? ¿Se está cachondeando Amenábar de todos nosotros y de los cristianos en particular? ¿Ha querido hacer la Película Definitiva sobre el Holocausto ejecutado por los salvajes cristianos, y le ha salido un Churro Cosmogónico? Imagino que con el estreno de “Ágora”, Amenábar habrá lanzado un suspiro de alivio. ¡Ya está! ¡Ya se ha vengado! ¿De qué? ¿Estudió en un colegio de curas y le metieron mano en la clase de latín? ¿Tiene una hermana secuestrada por una perversa orden de monjas? ¿Pasó una crisis emocional en la adolescencia, pidió ayuda a Dios y Éste se hizo el sordo?

Amenábar se ha lucido. Pero se ha vengado, coño.

El sentido de la vida

Cada uno de los que hemos sido católicos (una de las categorías del ser cristiano) y hemos abandonado el redil y la fe de la Iglesia tenemos alguna razón visible y otra invisible.

Hoy se habla mucho de los abusos sexuales de los curas, uno de los motivos de huida de la Iglesia más comentados. Habría que ver los abusos sexuales que se perpetran en ámbitos laicos, y compararlos. Estas son las razones invisibles que de pronto se han hecho visibles. Excusas.

La mayoría de quienes hemos sido católicos, luego marxistas y después conciencias deconstruidas hemos seguido este itinerario porque nuestra vida dejó de tener sentido según la doctrina que creíamos a pies juntillas.

No era un problema de abusos sexuales, o de esa naturaleza ayer censurada y hoy mediática, relacionada con el escándalo, el lucro o la locura. Es algo más profundo, casi indescriptible.

En agosto pasado, para asirme a un salvavidas que me impidiera naufragar, escribí algo que al releerlo no rectifico ni en una coma.

Si la vida tiene algún sentido, todo lo que yo estoy sufriendo ahora, también lo tiene. Pero, ¿cual? ¿Estoy purgando un daño hecho anteriormente, en esta vida o en una previa? Esta explicación no me satisface, aunque tiene tanta validez como cualquier otra hecha en términos religiosos.

Si la vida no tiene ningún sentido,si es un sucederse biológico constante y repetitivo, con algunos saltos que hemos dado en llamar evolución, ¿por qué sufro?

¿Qué es la vida para un árbol? ¿Qué es la vida para un ratón?

El árbol no sufre. El ratón tampoco, al menos en la medida de mi sufrimiento humano, consciente, pero inexplicable, irreductible. Ni el árbol ni el ratón necesitan que la vida tenga sentido. Privados de conciencia, la vida les arrastra. Pero yo sí necesito encontrarle un sentido a la vida. Por alguna razón que desconozco y que no me encuentro en condiciones de discernir, yo poseo conciencia. Mi conciencia me permite disfrutar de grandes alegrías, me proporciona ilusión, me estimula. Pero también, mi conciencia me descubre el dolor de un modo profundo, íntimo; no el dolor de una quemadura, de un castigo, de una privación, sino aquello que los filósofos han llamado el sufrimiento del ser humano.

La vida tiene uno y muchos sentidos al mismo tiempo. Es el que le damos cada uno de los seres humanos a la nuestra, y aquellos que los grupos o colectivos que viven juntos deciden darle como una especie de identidad de clase, de partido, de ideología, religión, raza, tradición, etc; y también el sentido impreciso, moldeable, permeable de todo eso mezclado en conjunto o en fracciones.

El sentido de la vida lo encontramos cada día. El de hoy puede que sea distinto del de ayer. Y acaso mañana le encontremos otro significado que nos sorprenda, aunque hayamos oído hablar de él a otros individuos.

El sentido de la vida es vivirla.

Hay muchos sinsentidos, muchas torpezas que cometemos deliberada o inconscientemente, y que nos causan dolor. Por eso la vida nos ha dotado con recursos e instrumentos que nos permiten reaccionar y rectificar.

Pero hay un sinsentido fatal, la muerte, ya la provoquemos nosotros mismos o nos sobrevenga. Las religiones, conscientes de esta terrible angustia, han proporcionado explicaciones que otorgan a la muerte un sentido, una liberación, un nuevo empezar, un paraíso, un infierno.

Hasta aquí lo que escribí en agosto.

Hoy soy un poco más consciente de la multitud que convive en mi cabeza. Y tengo la impresión de que una de las formas más seguras de salir del desasosiego es poner de acuerdo a esa multitud, hacerles que todos profesen la misma creencia, ideología, fe o sueño.

Es una solución en falso, sin embargo. Es la de aquellos que han cortado de tajo su sufrimiento interior convirtiéndose a algo. Por ejemplo, muchos son los que encuentran en la filosofía oriental (en una de sus variaciones o en dos o tres al tiempo), en la ecología o en el naturismo un alivio a sus males.

La psicoanalista que me asiste da a entender (nunca afirma nada con rotundidad, algo que me irritaba al principio) que el mal que aflige al paciente no es nada malo; si acaso, lo contrario. Pero, ¿cómo va a ser bueno sufrir? Supongo que porque cuando uno sufre empieza a buscar soluciones, maneras de salir del pozo o de librarse de la nube negra, y porque el sufrimiento es inherente al conocimiento.

Cualquier promesa de felicidad es una estafa. Haz esto y serás feliz. Cree esto y obtendrás la felicidad. Tómate esto y te sentirás como una rosa. La felicidad se saca de dentro, no se compra.

Se pretende que adquiramos, que paguemos la felicidad, como cualquier otro bien mercantil. El gran descubrimiento de la vida es que el dolor es inevitable. La edad nos ensombrece, el miedo al final cada vez más próximo nos angustia. La felicidad, sospecho, es la capacidad de convivir con el miedo y con el dolor. Aprender esto es la empresa más difícil. Y aceptarlo, todavía más costoso.

Sostienen los maestros asiáticos que el YO, la CONSCIENCIA, es distinto de las emociones que disfruta o padece. El YO es el amo, o puede llegar a serlo. Con este objetivo se han elaborado a lo largo de los siglos disciplinas muy valiosas como la meditación o el yoga, que buscan el sosiego del YO, su distanciamiento de las emociones.

¿Es esto posible? ¿Cómo se puede trabajar, crear, amar dejando a un lado las emociones? La meta del ser humano no puede ser la impasibilidad, algo que también propusieron los griegos como modelo del sabio.

Pregunto a voces en este silencio internáutico tan lleno de signos y palabras (casi siempre, vacíos): ¿Soy yo distinto de mis emociones? ¿Sólo hay un camino para no dejarse arrastrar por las emociones, volverse impasible?

Todos los comentarios serán bienvenidos.

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Lo que funciona, eso es lo que vale. Qué risa.

Octubre 23, 2009 · 1 comentario

Cabeza poblada

Cabeza poblada

La imagen que ilustra este texto la realizó en 1980 mi amigo el pintor, grabador, muralista y dibujante Paco Campos.

No hace mucho me encontré con ella, a pesar de que la tenía colgada de una pared de mi casa. Es decir, descubrí el tremendo significado del dibujo: una cabeza de hombre sin mandíbula y con un colmillo de vampiro; en lo alto de su cerebro hay una nube negra, y en el interior de él, en su conciencia o en su inconsciente, una multitud de tipos sin rostro.

Me produce asombro esta imagen porque representa con exactitud el estado presente de mi cabeza y de todo lo que hay en ella, un galimatías poblado de personajes que intentan imponer su voz a gritos, y que me mantienen tan despabilado como si me tomara una raya de cocaína cada mañana, después del te con leche y tostadas del desayuno. Es una suposición, porque jamás he probado las drogas (ilegales) y desconozco sus efectos.

Al dibujarla Paco, ¿estaba viendo todo eso en mi interior o se dejó llevar de una premonición? Paco es un verdadero creador, de esos que transforman en algo plástico sus impulsos interiores; y lo hace con depurada técnica basada en el dominio real de las disciplinas que constituyen su oficio.

Pues bien, uno de los personajes que ocupan mi cabeza es un Talibán. Así lo bautizó una sicóloga de la Seguridad Social que me atendió con profesionalidad y afecto, aunque sin éxito. Talibán en su sentido más amplio quiere decir tipo rígido, doctrinario, malhumorado, desconfiado, y con un tufillo clerical, porque se siente obligado a hacer profesión de fe, de cualquier fe, a la primera de cambio. Un Talibán mental podría ser un inquisidor, aunque carece de su poder y de su fuerza coactiva.

Así que con este Taliban me desenvuelvo por los caminos de la vida. Con el Talibán y con los otros tipos que son, a saber, el Tipo Ponderado pero Escéptico, el Pobre Niño qué Malito Estoy, el Viva la Virgen sin Malicia, el Aventurero de Salón y el que Torea desde la Barrera.

También me compongo de individuos virtuosos y discretos, pero esos no me causan problemas. Según el eneagrama de Rheti, mi tipo dominante es el Lealista, ala Pensador. El amigo que interpretó el resultado del test afirmó que yo era una persona muy equilibrada, algo que me desconcertó mucho y me hizo desconfiar del eneagrama. Pero bueno, yo quería hablar ahora de cine.

En las últimas semanas he ido al cine con el Talibán y todos los demás pobladores cerebrales. Deseo comentar el efecto que ha hecho en mí y en esta multitud una película, Si la Cosa Funciona (Whatever Works).

En toda la proyección, el Talibán no dejó de darme la vara.

Whatever Works significa más bien “lo que funciona”, y viene a ser un enunciado filosófico del pragmatismo de W. Allen. No importa cómo llegues a conseguir tu bienestar, lo importante es que al final te encuentres de p. madre, eso es “lo que funciona”.

¿Y si tu bienestar se cruza con el de otras personas y les causa daño?

La pregunta la hace el Talibán.

La respuesta de W. Allen es evasiva. Whatever Works cuenta la historia de un profesor de física cuántica de NY retirado, materialista hasta la médula, con una necesidad insaciable de reforzar su ego (prueba de que lo tiene muy deteriorado), misógino, y cojo a consecuencia de un intento frustrado de suicidio. En pocas palabras, un gruñón simpático, la quintaesencia de W. Allen. Continúo: la historia de este profesor con una jovencita ingenua (de verdad, no una Lolita, aunque físicamente lo represente), que se descuelga en su vida como un ángel del Paraíso Inexistente.

La narración (el guión, las escenas, los gags, las situaciones, los discursos) es magnífica, un logro de su autor y director. La interpretación, excelente (el doblaje, espantoso, hasta que no pasan quince minutos y entras en la película, cuesta trabajo creer lo que están diciendo, que suena a discurso doctrinario).

El físico neoyorkino se enrolla muy a su pesar con la jovencita del profundo Sur. Llega a casarse con ella. Se nos da a entender que su inicial inapetencia sexual se debía a razones fisiológicas, la edad, convenientemente resueltas tras el matrimonio gracias a la Viagra (“siempre llevo una pastilla de Viagra en el bolsillo”, dice la jovencita en una ocasión).

Pero esta unión legalizada no dura mucho. La jovencita termina con un jovencito.

La película es una comedia de género, de un género que inventaron los griegos, que desarrolló magistralmente Plauto y que luego ha sido aplicada desde Lope a Shakespeare, desde Moratín a Moliere e incluso en el teatro llamado burgués, que es el que se hacía en Occidente hasta que llego el siglo XX y se cargó el teatro, la pintura, la escultura y todo lo que la Humanidad había construido hasta la fecha. Eso no lo dice el Talibán, lo digo yo. Pero en el cine todavía perduda la comedia de género con final feliz.

El final feliz de Whatever Works transcurre en una Nochevieja, en la que el físico, ya separado de la jovencita, y todos los demás personajes comparten alegres el tránsito de un año a otro, que es el propio tránsito de cada uno de ellos, de una vida convencional y aburrida a otra mucho más estimulante: la madre de la jovencita, antes una cristiana fundamentalista, se ha convertido en una promiscua que convive y duerme y todo lo demás con dos hombres (ricos, naturalmente), su marido, otro que tal bailaba, cristiano y pecador, que abandonó a su esposa por otra mujer (la mejor amiga de ella, como suele suceder en la realidad), descubre en un bar que en su más profundo interior había un gay, y se enrolla con un parroquiano que salió del armario hace tiempo y a quien ha abandonado su amante, un artista de éxito. La jovencita ingenua, que no ha dejado de ser ingenua, a pesar de todos los avatares por los que ha pasado ella y quienes le rodean, se abraza cariñosamente al jovencito rico con quien se ha unido, un actor, y el físico cojo hace lo propio con una nueva mujer que ha conocido en circunstancias muy humorísticas. Se despide de los espectadores, a quienes se ha dirigido durante toda la película, con una afirmación que revela su taimado conflicto interior: odio las Nocheviejas, porque hay que celebrarlas con alegría, aunque uno esté triste. Pero ese no es su caso, sino el contrario. Y a pesar de todo, afirma que odia las Nocheviejas.

El Talibán no paraba de hacer comentarios críticos morales. Hasta que se enfrentó a mi mujer, que le recordó que Whatever Works era una comedia de género, y que si no se desarrollaba de esa manera, a base de situaciones disparatadas, no podía funcionar.

Sin embargo, las protestas del Talibán me sirvieron para discernir el truco de W. Allen, tan viejo como él y como la comedia de género. “Como gustéis”, escribió Shakespeare, As You Like It. No nos compliquemos la vida, podemos ser gruñones, podemos estar frustrados, podemos no creer en nada, podemos sentirnos maltratados por la derecha casposa y reaccionaria, podemos estar metidos en un hoyo vital, pero si nos dejamos llevar por la intuición, el buen humor y el ingenio, todo acabará como gustéis. La vida es muy sencilla, sólo hay que desprenderse de la vieja piel reseca y dejar que emerja la nueva, fresca y suavecita.

Como si eso fuera tan fácil. ¿Cómo es posible, alegaba el Talibán, que personas con una moral y una psicología forjada a través de las décadas sean capaces de transformarse en lo contrario sin sufrir la menor conmoción? Es una comedia, tío.

Entonces me acordé de Willy Wilder. El arte de hacer comedias de ese director no tenía nada que ver con el de W. Allen. La visión de la vida que ofrece Wilder a través de sus personajes es más ácida, menos fantástica, y sus películas no tienen final feliz, sino un final lleno de reflexiones. Wilder si intenta responder a la pregunta de mi Talibán, ¿y si tu bienestar se cruza con el de otras personas y les causa daño? Sus guiones tratan exactamente de eso, y son comedias.

Los personajes de W. Allen pueden estar frustrados, ser maniáticos, sufrir decepciones… pero todos son hombres y mujeres (siempre guapitas de cara y de cuerpo) muy bien educados, de vida desahogada, y con cantidad de recursos para salir del hoyo. Porque, pragmáticos hasta la médula, están convencidos de que han de quedarse con lo que funciona.

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Un fin de semana en Los Madroños

Octubre 19, 2009 · 3 comentarios

Kommunismus

Religiones de antaño

Dice Almudena, médico naturista y Alma Mater de Los Madroños, que las terapias y los grupos alternativos están preparándose para atender a las víctimas de la crisis.

Los Madroños es una casa de reposo y una escuela de salud situada en un vallecito a la espalda del Desierto de las Palmas de Castellón,  una zona de pinos y madroños (ahora en plena sazón), con bancales de almendros y de algarrobos.

Los Madroños lleva abierta más de veinte años, y ofrece albergue y alimentación estrictamente vegetariana y sin condimentos a los pacientes de enfermedades digestivas, musculares, hepáticas, etc, todas ellas provocadas por disfunciones nerviosas. Encuentro yo un paralelismo entre las terapias de Los Madroños y la homeopatía.

He pasado un fin de semana en Los Madroños, y he descubierto la cantidad ingente de personas con problemas que hay a mi alrededor. No porque la casa estuviera hasta los topes, sino por la variedad de tarjetas y folletos allí depositados para los pacientes, de todo tipo de asistencias físicas, mentales, de grupo, individuales, gratuitas y de pago que hay abiertas en todas partes. También baso mi descubrimiento en los comentarios emitidos por los albergados, que describían un verdadero cosmos, casi una industria, de lo alternativo como instrumento de curación.

En cierta forma, curiosa paradoja, mi estancia allí ha sido deprimente, pues conocer las dimensiones sociales de esta enfermedad insidiosa que parte de la mente y se manifiesta en cualquier órgano del cuerpo, en especial el aparato digestivo, da pavor. Hasta ahora yo me sentía un desgraciado aislado. De pronto compruebo que estoy rodeado de personas cargadas de dolencias derivadas del estado de sus nervios.

La filosofía de estas terapias alternativas es que llevamos una vida insana, que somos víctimas del consumismo desbocado e irracional, del estrés del trabajo y de la industria del entretenimiento, y que estamos esquilmando los recursos del planeta. Esto nos ocasiona todo tipo de enfermedades. En términos generales, comparto este diagnóstico.

Para librarnos de semejantes plagas, debemos cambiar nuestra forma de vida, hacernos más austeros, distanciarnos de la inercia dominante o apartarnos todo lo posible de ella, y aumentar cada vez más el número de los que practican y predican la colaboración entre los seres humanos, la paz y la convivencia, la alimentación saludable (si es posible vegetariana) y un drástico ahorro energético, en sustitución de la competitividad y el despilfarro. También en términos generales, me parece correcta la purga, aunque pertenezca mucho al ámbito de la utopía.

Si no actuamos así, además de hacernos daño a nosotros mismos y a nuestros semejantes más próximos, no tardaremos en situar a la Humanidad a las puertas de su extinción debido a las consecuencias catastróficas de la codicia, la irracionalidad moral, y la simple despreocupación de la mayoría de los seres humanos, afanados en pasarlo lo mejor posible con el menor gasto permisible. Muy extremos veo yo estos vaticinios.

En realidad, la propuesta de esta visión del mundo alternativa es apocalíptica. En lugar de sosegar, pone los pelos de punta.

Es lo que a mí me ha pasado (aunque no exactamente por esa razón, luego me explico), si bien, la estancia allí ha multiplicado mi ansiedad porque me coloca a mí (y a mi malestar) en un camino irrevocable de destrucción según esa forma de ver el mundo y la existencia, puesto que no siento el impulso de convertirme en practicante de la vida alternativa o en apóstol de ella,ni creo que sea necesario tal postura para salvar el planeta.

Llegué yo a Los Madroños en un estado de ánimo alterado, con falta de sueño y un molesto estrés. Dolencias que no encontraron allí remedio, sino todo lo contrario. Y no por culpa de lo que allí me encontré. Encontré a personas encantadoras, generosas, solícitas, encargadas de la casa de reposo y la escuela de salud, que dirigían actividades estupendas para la recuperación del cuerpo y del alma. Encontré allí alojadas a mujeres y hombres (más de la primeras) de mi edad y condición, y con problemas similares a los míos, aunque en la mayoría de ellos se manifestaban en complicaciones intestinales. La empatía entre ellos y yo fue inmediata, no sólo se revelaron amables desde el primer momento, sino que dejaron ver que allí dentro no había barreras ni protocolarias ni emocionales. Conversamos unos con otros con entera espontaneidad y libertad, y sobre una variedad de temas que iban de las anécdotas personales a los problemas de cada uno, pasando por reseñas de libros, películas y comentarios de todo tipo. La casualidad o la afinidad, vaya usted a saber, me hizo conocer los conflictos más o menos íntimos de dos de los alojados allí, una mujer y un hombre. Aquello era una comunidad inestable (porque entraban y salían de Los Madroños, según sus previsiones) de seres humanos dispuestos a compartir sus emociones a lo largo del día, en especial en las comidas y después de la cena. Me sentía un adolescente, como cuando iba de viaje, me alojaba en una residencia juvenil y me comunicaba sin dificultad y con gran simpatía con desconocidos de todo género y procedencia.

En Los Madroños, la procedencia de los alojados era variada (Madrid y Barcelona en su mayoría), pero la clasificación social era uniforme: clase media sólidamente establecida, de ideas izquierdistas, aunque decepcionados de la clase política que supuestamente representaban su voto, y casi todos profesionales, en especial de la medicina (enfermeras y médicas). Tres excepciones a este retrato robot había, yo (el burrito delante, que no se espante), que no me identifico con ninguna de las izquierdas existentes o virtuales, un pequeño empresario inmobiliario sevillano que dejó ver que tampoco era de izquierdas (aunque el tema político fue tratado con precaución por todos, o incluso evitado, en cuando aparecía una nota de discordia, porque allí no se había ido a discutir, sino a reposar), y un fontanero de Bilbao con problemas digestivos y emocionales que le hacían digno de cariño, a pesar de que ni su discurso ni su visión del mundo coincidía lo más mínimo con la de los allí alojados.

He dicho que entré en Los Madroños con un significativo nivel de estrés y una molesta falta de sueño, y que allí ni encontré reposo ni pude dormir. La razón fue que estuve todo el tiempo en disposición de alerta. No porque las circunstancias obligaran a ello, sino porque me lo tomé así. Si fuera de otra manera, ni habría intentado la experiencia ni estaría ahora escribiendo esta especie de informe con el que busco desahogarme.

No tengo la costumbre de ir a estos lugares. De hecho es la primera vez en mi vida que he acudido a una casa de reposo. Y encima, iba solo. De modo que, lejos de estar relajado, me mantuve bien despierto. Mi estrés no fue perjudicado, porque como he dicho, la atmósfera era cordial y acogedora. Pero sí mi sueño. Al pasar el día entero en alerta, dormía fatal por la noche.

Al abandonar Los Madroños tuve dos sensaciones contradictorias. Mejor dicho, una sensación y una idea o reflexión. Las he expuesto al principio.

Me fui encantado, tanto de las condiciones de la estancia, de las actividades y de las atenciones de los responsables, como de la cordialidad de los alojados.

Y a la vez, con otra sensación nada tranquilizadora que ha disparado mi capacidad reflexiva. Me sentía aterrorizado. Y he tardado veinticuatro horas en empezar a reponerme, para lo que he tenido que emplear a fondo mi raciocinio.

El terror me lo producía la perspectiva que había adquirido de la existencia, una humanidad en vías de extinción acelerada si no ocurre algo formidable que detenga la catástrofe. He mirado con atención a mi alrededor para observar por encima a la multitud de seres humanos que me rodea, ignorantes de cataclismoy responsables de él por omisión. Y he concluido que esta visión apocalíptica contiene un elemento redentor: uníos a nosotros si no queréis acabar con el mundo, un elemento también apostólico.

La predicación de los alternativos es muy semejante a la predicación de los cristianos, de los budistas y de todas las religiones que ofrecen consuelo al ser humano por vía de la redención, el afecto, el comportamiento ético y las sanas costumbres. Ignoro si lo alternativo puede considerarse una religión, quizá en su conjunto sí, la religión del mundo rico y occidental, decepcionado de la religión de la política. Psicológicamente funciona como religión, porque alivia los sufrimientos de muchas personas.

Prueba de ello es la actitud de Almudena ante la crisis que está castigando a tantos seres humanos que podríamos llamar inocentes, en el sentido social o político, no ético, del término. Las personas que como ella creen y practican una forma de vida alternativa están convencidas de que pueden socorrer a los damnificados por la codicia y la corrupción globalizadas. Posiblemente tienen razón. Pero lo más hermoso es que estén preparándose para hacerlo.

Eso no es apocalíptico, sino altruista.

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Humor sin horas ni fronteras

Julio 31, 2009 · 1 comentario

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Evaristo Acevedo escribió esta novela en 1954, la publicó un año después, y volvió a editarla en la colección Reno de GP (Plaza y Janés) en 1972, de la que procede esta ilustración.

Lo más chocante de Los ancianitos son una lata es el título, que apenas tiene que ver con el contenido de la novela. El autor explica en el prólogo a la edición de 1972 que el título se lo dio la afirmación de uno de sus personajes, al reprochar a un médico geriatra que se dedicara a prolongar la vida de los viejos, porque eran “una lata”. Me cuesta creerlo. Sospecho que hay alguna otra razón, bien de interés comercial, bien de naturaleza censorial.

Evaristo Acevedo es un novelista hoy desconocido, cabe decir oculto, como mucho de lo bueno que produjo el franquismo o se produjo en el franquismo, que ambos enunciados valen. Es el problema de condenar un periodo histórico, que se acaban ignorando hechos valiosos, tengan o no que ver con el régimen castigado a un ejercicio focalizado (sectario) de la memoria: vale acordarse de lo negativo de aquellos años, pero no de lo positivo.

Evaristo Acevedo perteneció al grupo que editó y mantuvo viva por muchos años la revista satírica La Codorniz. Compañeros suyos fueron Álvaro de la Iglesia, Mingote, Chumi Chúmez,  y algunos de los cachorros del humorismo gráfico y escrito que luego editaron la heredera de La Codorniz, que se llamó Hermano Lobo, ya en el último franquismo y parte de la Transición.

La generación de quienes crearon y mantuvieron viva a La Codorniz es la de los vencedores de la Guerra Civil española (con la excepción de Gila). Procedían del falangismo menos adicto a Franco y/o de una derecha indeterminada, pero ajena al tradicionalismo, que hoy recibiría el ultradeshonroso adjetivo de “casposo”. Algunos de aquellos humoristas habían luchado en los frentes contra los “rojos”. Esto les concedió el privilegio de publicar una revista humorística y satírica en unos tiempos en los que hacer cuchufletas era algo peligroso, porque los censores en seguida encontraban un doble sentido crítico del que no siempre iban cargadas las bromas.

Los ancianitos son una lata describe la peripecia de un empleado de banca al que le toca el gordo de la lotería, y se convierte en un tipo infeliz. Aburrido y asténico recorre el mundo, y en Nueva York, una hostelera multimillonaria, conmovida por su lamentable estado, le pone en contacto con un médico (primer ex marido de la ricachona), especialista en prolongar la vida de los ancianos, pero que también se dedica a rehabilitar a antiguos burócratas venidos a más (por la suerte, por un negocio afortunado, por lo que sea). A estos les somete a un tratamiento singular: les hace volver a trabajar en una oficina, a someterse a la disciplina absurda de la burocracia, porque asegura que el problema de los nuevos ricos es que no se han deshabituado de sus viejas costumbres.

Aquí es donde Evaristo Acevedo entra en colisión con el franquismo más añejo. Muchos de los que en su juventud lucharon en los frentes nacionales, tras la guerra se fueron colocando en las entrañas inmensas de la burocracia del Régimen. Esta consistía en los Sindicatos, el Instituto Nacional de Previsión, diversos ministerios, sobre todo los dedicados a los temas sociales, con los que el franquismo intentó (y consiguió) contener los conflictos laborales, mediante una red de protección social y una serie de leyes interpuestas entre los intereses obreros y los empresariales, que aún continúan vigentes en parte, aunque no se llamen Fuero del Trabajo.

Los excombatientes (así se les calificaba) eran leales al franquismo, le debían su trabajo, pero no todos eran mentes ciegas, almas de cántaro o gusanos repugnantes. Había muchas personas con una visión propia de la existencia, con ambición creadora o empresarial o incluso político y sindical. De entre los últimos salieron aquellos que negociaron el desmontaje del Régimen. De los primeros, novelistas y artistas gráficos de gran calado, pero que hoy duermen en el limbo de los artistas condenados por su adscripción ideológica, el Movimiento, al que no todos sirvieron.

Los que peor suerte tuvieron, a efectos del reconocimiento póstumo, fueron los novelistas. Eran escritores de calidad, y encima populares. Pero eran franquistas, o lo fueron en su juventud. De ahí que no se les haya guardado el más mínimo respeto. Algunos, como Gironella, Torrente Ballester o Cela (aunque éste es una excepción porque explotó su capacidad entre taumatúrgica y circense) fueron aceptados por los mandarines de la cultura antifranquista (más bien ajena al franquismo).

Yo recomiendo la lectura de Los ancianitos son una lata. El lector se lo pasará bien, disfrutará de buena literatura, y podrá descubrir las estratagemas de los gerifaltes del Régimen para conducir una sociedad que había sido ingobernable (según los vencedores de la guerra) hacia los puertos seguros y gozosos del bienestar.

Yo os invito a descifrar en Los ancianitos son una lata las claves políticas ocultas. Por ejemplo, las que, según mi opinión, indujeron a Evaristo Acevedo a poner tan estúpido título a tan estupenda novela. La cosa va de burócratas cerriles, de neocapitalistas que empiezan a adentrarse en el territorio del Movimiento, monopolizado hasta el Plan de Estabilización (1956 ó 57, no me acuerdo bien) por un puñado de pseudofascistas cagones o atrabiliarios, de emprendedores aherrojados a las falacias ideológicas de los vencedores. Porque la novela pertenece al género del humor, al que Acevedo estaba adscrito y suscrito, pero es de un pesimismo escalofriante. Según entiendo yo, refleja la mente desconcertada de aquellos que se jugaron la vida en una guerra contra el rojerío, la ganaron y se encontraron luego con que la mejor perspectiva que tenía su existencia era fichar (o firmar) cada mañana en una oficina gubernamental donde trabajaban poco, charlaban mucho y se aburrían hasta convertir su privilegio en un castigo. Los perdedores de la guerra, castigados en Cuelgamuros o en las cárceles, reservaron su paciencia hasta la salida de las cárceles y, más a palos de ciego que con un programa econónico, social y político, fueron tejiendo en el telar de la legalidad vigente, lo que hoy es nuestra Democracia, que tantos enemigos tiene, por de dentro y por defuera. Hasta yo mismo a veces abomino de ella, la pobre.

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Impresiones en el nucleo protónico

Julio 26, 2009 · Dejar un comentario

Una escena de Muerte de un Viajante, publicada en El País

Una escena de Muerte de un Viajante, publicada en El País. Boixaderas es el de la derecha

Madrid es el núcleo protónico y proteico de ese átomo de fuerza floja que todavía llamamos España. Los diecisiete electrones que giran en torno a él pueden salir disparados por un arrebato centrífugo, o pueden colapsarse por un despótico puñetazo centrípeto.

Nuestras visitas a Madrid (de un servidor, acompañado de Toñi) son un alivio de la humedad estival valenciana, que lo impregna todo, desde las fachadas de las casas hasta la cultura. Curiosamente, estos días hace en Madrid un tiempo variable, ventoso y fresquito. El calor se ha desplazado hacia Levante, me dicen, donde el Poniente seca y achicharra.

Tres horas en el teatro Español, disfrutando de Arthur Miller. Muerte de un Viajante, en interpretación soberbia de Jordi Boixaderas, uno de los mejores actores españoles (y catalanes) de hoy en día. Coproducida por el Teatre Lliure de Barcelona, el Centre d’arts Escèniques de Gerona y el Teatro Español de Madrid, es una prueba del feliz resultado de una colaboración entre visiones culturales diferentes.

La obra está pensada en Cataluña y en catalán, que es como se estrenó. El elenco, catalán, igual que la mayoría de los que intervienen en la producción, incluido el director, Mario Gas, que a su vez lo es del Español, deja sin embargo poco margen a la intervención de personas de Madrid o no catalanas. Esto es un argumento a favor de los catalanófobos, que no son seres alucinados, sino artistas o intelectuales que ante el ninguneo recurren a la pataleta, porque a otros les da resultado. Que tengan razón o no es algo discutible. Lo cierto es que los catalanes hacen las cosas muy bien, y combinan como nadie la calidad artística con la comercialización del producto, algo que fuera de Cataluña todavía no han aprendido a realizar con éxito sus competidores.

Se suele decir que Muerte de un Viajante es una de las primeras andanadas críticas al sistema de vida norteamericano que, supuestamente, garantiza a todos los seres humanos el éxito con un mínimo esfuerzo. La he visto en dos ocasiones (la primera con un Sacristán absurda e impecablemente vestido en el papel protagonista del fracasado Will Loman), y en ninguna de ellas saqué la impresión de que Miller lanzara un torpedo a la línea de flotación del sueño norteamericano. Al contrario, nos presenta a un hombre que ha construido su fracaso cuidadosamente desde la juventud, engañándose a sí mismo, luego a su mujer y finalmente a sus hijos. Will Loman no es el modelo del esfuerzo no recompensado. Miller empapa su tragedia en las oleaginosas aguas de un sicoanálisis que en los años cuarenta ya practicaban multitud de ejecutivos, artistas e intelectuales. Nos da a entender que el fracaso de los personajes de Muerte de un Viajante procede de las carencias y trastornos de la educación familiar. Tenessy Williams bañó también sus obras enel océano del psicoanálisis.

El año 1949, en el que Muerte de un Viajante se estrenó en Broadway, fue uno de los más prósperos en Norteamérica. Abundaba el trabajo, y la sociedad empezó a deslizarse a velocidad de crucero hacia lo que hoy es la sociedad del consumo o democracia de mercado pletórico. El fracaso de Will Loman no era un hecho común en los E.U.A, sino exactamente lo contrario.

Lo que a mi entender pone Miller en tela de juicio es la cobardía del soñador enfermizo, y sus esfuerzos en aparentar que la vida le va como una seda, tragedia que se da en todas las sociedades del planeta y en todas las épocas de la historia de la humanidad. De ahí que la historia de Will Loman nos fascine. En el palco contiguo al que Toñi y yo ocupábamos, había una familia francesa (sin duda bilingüe) con varios adolescentes. Al acabar la función observamos con ternura que la muchacha más joven lloraba desconsoladamente, compadecida por la perra suerte de Loman. Era la prueba incontestable de la maestría de Miller y de los actores y el director de Muerte de un Viajante.

La versión del Español comienza con un minidocumental en tres pantallas, que sirven como auxiliar escenográfico. Se trata de una exaltación propagandística de la sociedad norteamericana anglosajona (hay otra sociedad norteamericana, la  mexicana) que, como digo, estaba entonces en el apogeo de su crecimiento, con acceso a electrodomésticos y viviendas que hasta hacía una década eran consumo exclusivo de las clases mejor consolidadas.

De pronto me vinieron a la imaginación documentales de este género, realizados en Moscú o en Berlín Este en la misma época. El capitalismo intentaba convencer a la población de que su vida era la mejor jamás experimentada; los publicistas exageraban y extrapolaban, pero en términos generales tenían razón. El socialismo real hacía lo propio con sus ciudadanos, pero no tuvo tanto éxito, porque mentía descaradamente, el consumismo podía ser alienante, pero colmaba las aspiraciones de los proletarios.

La falsedad en la que se construyeron las sociedades supuestamente socialistas (los países del Este europeo) equivale a la mentira en la que vive la familia Loman. Lo que resulta curioso hoy en día es ver el efecto que causó Muerte de un Viajante en los liberales anglosajones norteamericanos (antecedentes de nuestros progres). Vieron lo que les convenía ver, lo que su mala conciencia les dictaba.

Pero el valor de esa pieza de Miller se conserva intacto, porque la cualidad de la obra maestra no procede de la ideología, sino del talento del artista que la produce y, en este caso, del que la interpreta. ¡Menuda función! Al terminar, nos tomamos una cañita con Jordi Boixaderas, tan campante y relajado. Sólo un actor consumado puede salir a la calle tan tranquilo después de haber puesto toda la carne en el asador, digo en el escenario.

Antes de entrar en el Español nos detuvimos un rato en La Celestina, librería teatral de Vicente Gil y Gil. Acaba de abrirla en la calle del Príncipe, número 17, procedente de otro local en el mismo barrio que se les había quedado chico.

Vicente Gil es un librero concienzudo y cordial. Está ordenando en estos días los estantes y, yo no sé cómo, parece que haya leído todos los volúmenes que exhibe, porque estaba al corriente de una obra corta de Toñi, Todo por un Duro, publicada hace años en la revista norteamericana Estreno, dedicada al teatro iberoamericano.

María Fernanda, la mujer de Vicente, manifestaba su alarma por el futuro comercial del libro como encuadernación de textos impresos en papel. Yo creo, y se lo dije, que no tardará en desaparecer la edición impresa, una generación quizá. Esto redundará en beneficio de los bosques. María Fernanda teme que el libro digital perjudique al negocio de su marido. Dándole la vuelta al argumento, podría ser todo lo contrario, al convertirse los libros impresos en restos arqueológicos, ganarían en valor. De todos modos, el día en que imprimir en papel sea un lujo reservado para ocasiones extraordinarias, tanto Vicente como los de nuestra generación llevaremos tiempo jubilados, y con un pie en el estribo.

grichter_001 ¿Puede ser la creación plástica original una estafa?

Mientras me hacía esta pregunta, me quedé encerrado en uno de los ascensores de la Telefónica. Salía de la exposición titulada: Gerhard Richter, fotografía pintada. Tuve que apretar enérgicamente el botón de alarma para que me liberaran de aquella celda hermética, a punto de un ataque de claustrofobia.

Gerhard Richter es uno de los pintores actuales más cotizados. Esta es una de las pocas verdades objetivas que pueden decirse sobre él. Si es un gran artista o no, si pasará a la historia del arte o no, son cosas todavía debatibles. Otra verdad objetiva es que hacer una exposición con centenares de fotografías en papel, guarreadas con óleo, no es ningún mérito artístico, las firme Gerhard Richter o mi nieto Jannik Wulfmayer de trece meses.

Las fotos de Richter manchadas por él mismo son un verdadero rollo. Si en lugar de figurar su nombre en la presentación de la exposición, se leyera Juan Pérez o John Smith o Giusepe Carosone, el valor artístico de lo expuesto sería exactamente el mismo, aunque no atraería a nadie que no fuera de la familia del firmante.

Yo no sé si esta muestra repercute económicamente en el artista, o si él ha intervenido en ella. Pero me avergonzaría que mi nombre figurara como comisario de la exposición. Estoy seguro de que al que la suscribe no le produce el más mínimo sonrojo, entre otras cosas porque habrá cobrado sus euros por organizarla. Esto último es lo que roza la estafa. Y no lo es, porque para que hubiera sido una estafa habría sido necesaria la intención de engañar a cambio de un beneficio. Aquí sin duda alguien ha obtenido un beneficio, pero sin engañar a nadie. Todo lo más, se han propuesto embaucar a quien se deje, y hacerle creer que está visitando un lugar bendito por el toque sublime de la mano de un artista.

Falso debate al borde del abismo

El falso debate (porque no lo ha habido) sobre la financiación autonómica nos ha pillado de viaje al núcleo proteico y protónico de lo que queda de España. La información de Victoria Prego sobre las circunstancias de la negociación con los catalanes revela que poco a poco nos acercamos al abismo de la fractura. Hasta ahora los supuestamente separatistas catalanes (me refiero a los lloricas de Convergència i Unió) habían jugado con la idea de la independencia, dejando ver que no creían en ella porque no les convenía. Les ha sucedido en la palestra un grupo que no sólo la desea sino que hace todo lo que puede por llevarla a cabo. Es evidente que son una minoría en la sociedad catalana. Lo significativo es que el catalanismo haya caído en manos de mafiosos. Sólo los chulos pueden suscribir fantasías o aberraciones políticas.

De nuevo echo yo en falta la voluntad autorizada de un líder consecuente que proponga con sinceridad y energía una solución que muchos parecen anhelar en el fondo de sus torturadas conciencias, sin atreverse a exponerla con claridad: modificar la Constitución para hacer de España una República Federal, y permitir expresamente a cada una de las 17 autonomías la separación de España, desde la Rioja a Extremadura, pasando por Cataluña y las Vascongadas. Como esto precisa de uno o varios referéndum, la última palabra estaría en manos de la ciudadanía.

Sería la única forma de acabar con esta danza al borde del abismo. Si uno de los resultados fuera que las dos últimas regiones mencionadas decidieran separarse, se establecerían fronteras, pasaportes y aranceles. La lógica y sensata objeción de muchos es: ¿y qué sería de los residentes allí que no desearan la separación? Como la medida es draconiana, las soluciones también habrían de serlo. Los catalanes y vascos que desearan conservar la nacionalidad española, no tendrían problemas en entrar y salir y en comerciar con lo que quedara de España, y en ejercer en ella unos derechos políticos que sin duda se les negarían en los territorios segregados. Todos los inconvenientes que se derivaran de la independencia, desde los políticos a los económicos, serían responsabilidad de las autoridades separatistas. Que apechugaran con ellos.

Veríamos lo que les duraba la euforia independentista.

Una grave objeción le veo yo a mi propuesta furibunda. En menos de un decenio, Cataluña y las Vascongadas se habrían integrado en la República Francesa, con  muchas menos atribuciones autonómicas que las que ahora tienen.

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