Oliverrock’s Weblog

Tumbado a la bartola en la sala de estar

Noviembre 9, 2009 · Dejar un comentario

GEDC0600Pliegues y venas,

cárcavas del pie

tendido en el cristal

de la mesa de centro.

Es mi pie y me gusta contemplarlo

sin pensar en otra cosa,

sin obligarme a nada.

Bañado pie en la luz lateral

de un lunes por la tarde.

Deslizo mi mirada sedente

por los pasos termópilos,

por los sensuales límites

de mi pie otoñal,

que yace satisfecho

de haber pisado tanto,

y emerge como un tallo

de planta suculenta

de la pernera rígida

de un viejo pantalón.

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Educar es mejor que proteger

Noviembre 1, 2009 · Dejar un comentario

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De un teletipo de la agencia EFE fechado hoy en Huelva.

Juan José Cortés, el padre de la niña Mari Luz, asesinada en Huelva en 2008, promoverá una fundación que trabajará en distintos países de Iberoamérica, como resultado más inmediato del viaje que ha realizado a Chile, han informado hoy a Efe fuentes de la familia Cortés.

El viaje fue organizado para la promoción del libro “Ciudadano Cortés”, que dará nombre a la fundación, concebida para dar protección a las personas “con más problemas y más vulnerables” de la sociedad.

Juan José Cortes es digno de la mayor consideración, por el calvario que ha padecido y posiblement siga padeciendo, y por su perseverancia en que los asesinos de su hija reciban el castigo adecuado.

Sin embargo, y con todo el respeto a su iniciativa, me permito una objeción. A las personas con más problemas y más vulnerables no hay que protegerlas sino ayudarlas a que aprendan a resolver sus problemas y a dejar de ser vulnerables, a que se fortalezcan. Quizá no siempre sea esto aconsejable, pero sí debe de hacerse en todos los casos en los que existan posibilidades.

Por ejemplo, si se consigue convencer a los asesinos de Mari Luz de que tienen que reparar los graves problemas que han causado y se les enseña a hacerlo, nos ahorraremos proteger a muchas víctimas vulnerables a la brutalidad de individuos que han desarrollado una inclinación criminal, acaso porque ellos mismos fueron vulnerables en el medio social en el que se criaron.

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Amenábar. El sentido de la vida

Octubre 28, 2009 · 1 comentario

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Paisaje en perpetuo movimiento, Paco Campos. 1980

La doctrina Amenábar

He visto “Ágora”, la última película de Alejandro Amenábar, realizada con todo lujo de decorados, extras y curro de ordenador. He visto en ella doctrina. Una confusa doctrina que tanto puede ser masónica como pagana, atea o agnóstica. Una cosa sí es, disolvente. Porque en las sucias hordas cristianas de Amenábar, compuestas de hombres feos y envejecidos por el sectarismo, se pretenden disolver dos mil años de una Iglesia que, cierto es, ha esgrimido y utilizado a su conveniencia la Revelación que, según sus Padres, recibió de lo Alto. Sospecho que Amenábar no lo conseguirá, disolver siquiera una de las infinitas variedades del Cristianismo. Pero al menos, lo ha intentado. Con todas sus fuerzas y propósito. ¿Ha querido Amenábar disolver una religión y un buen puñado de iglesias movido por la Verdad, la suya, claro? ¿Se está cachondeando Amenábar de todos nosotros y de los cristianos en particular? ¿Ha querido hacer la Película Definitiva sobre el Holocausto ejecutado por los salvajes cristianos, y le ha salido un Churro Cosmogónico? Imagino que con el estreno de “Ágora”, Amenábar habrá lanzado un suspiro de alivio. ¡Ya está! ¡Ya se ha vengado! ¿De qué? ¿Estudió en un colegio de curas y le metieron mano en la clase de latín? ¿Tiene una hermana secuestrada por una perversa orden de monjas? ¿Pasó una crisis emocional en la adolescencia, pidió ayuda a Dios y Éste se hizo el sordo?

Amenábar se ha lucido. Pero se ha vengado, coño.

El sentido de la vida

Cada uno de los que hemos sido católicos (una de las categorías del ser cristiano) y hemos abandonado el redil y la fe de la Iglesia tenemos alguna razón visible y otra invisible.

Hoy se habla mucho de los abusos sexuales de los curas, uno de los motivos de huida de la Iglesia más comentados. Habría que ver los abusos sexuales que se perpetran en ámbitos laicos, y compararlos. Estas son las razones invisibles que de pronto se han hecho visibles. Excusas.

La mayoría de quienes hemos sido católicos, luego marxistas y después conciencias deconstruidas hemos seguido este itinerario porque nuestra vida dejó de tener sentido según la doctrina que creíamos a pies juntillas.

No era un problema de abusos sexuales, o de esa naturaleza ayer censurada y hoy mediática, relacionada con el escándalo, el lucro o la locura. Es algo más profundo, casi indescriptible.

En agosto pasado, para asirme a un salvavidas que me impidiera naufragar, escribí algo que al releerlo no rectifico ni en una coma.

Si la vida tiene algún sentido, todo lo que yo estoy sufriendo ahora, también lo tiene. Pero, ¿cual? ¿Estoy purgando un daño hecho anteriormente, en esta vida o en una previa? Esta explicación no me satisface, aunque tiene tanta validez como cualquier otra hecha en términos religiosos.

Si la vida no tiene ningún sentido,si es un sucederse biológico constante y repetitivo, con algunos saltos que hemos dado en llamar evolución, ¿por qué sufro?

¿Qué es la vida para un árbol? ¿Qué es la vida para un ratón?

El árbol no sufre. El ratón tampoco, al menos en la medida de mi sufrimiento humano, consciente, pero inexplicable, irreductible. Ni el árbol ni el ratón necesitan que la vida tenga sentido. Privados de conciencia, la vida les arrastra. Pero yo sí necesito encontrarle un sentido a la vida. Por alguna razón que desconozco y que no me encuentro en condiciones de discernir, yo poseo conciencia. Mi conciencia me permite disfrutar de grandes alegrías, me proporciona ilusión, me estimula. Pero también, mi conciencia me descubre el dolor de un modo profundo, íntimo; no el dolor de una quemadura, de un castigo, de una privación, sino aquello que los filósofos han llamado el sufrimiento del ser humano.

La vida tiene uno y muchos sentidos al mismo tiempo. Es el que le damos cada uno de los seres humanos a la nuestra, y aquellos que los grupos o colectivos que viven juntos deciden darle como una especie de identidad de clase, de partido, de ideología, religión, raza, tradición, etc; y también el sentido impreciso, moldeable, permeable de todo eso mezclado en conjunto o en fracciones.

El sentido de la vida lo encontramos cada día. El de hoy puede que sea distinto del de ayer. Y acaso mañana le encontremos otro significado que nos sorprenda, aunque hayamos oído hablar de él a otros individuos.

El sentido de la vida es vivirla.

Hay muchos sinsentidos, muchas torpezas que cometemos deliberada o inconscientemente, y que nos causan dolor. Por eso la vida nos ha dotado con recursos e instrumentos que nos permiten reaccionar y rectificar.

Pero hay un sinsentido fatal, la muerte, ya la provoquemos nosotros mismos o nos sobrevenga. Las religiones, conscientes de esta terrible angustia, han proporcionado explicaciones que otorgan a la muerte un sentido, una liberación, un nuevo empezar, un paraíso, un infierno.

Hasta aquí lo que escribí en agosto.

Hoy soy un poco más consciente de la multitud que convive en mi cabeza. Y tengo la impresión de que una de las formas más seguras de salir del desasosiego es poner de acuerdo a esa multitud, hacerles que todos profesen la misma creencia, ideología, fe o sueño.

Es una solución en falso, sin embargo. Es la de aquellos que han cortado de tajo su sufrimiento interior convirtiéndose a algo. Por ejemplo, muchos son los que encuentran en la filosofía oriental (en una de sus variaciones o en dos o tres al tiempo), en la ecología o en el naturismo un alivio a sus males.

La psicoanalista que me asiste da a entender (nunca afirma nada con rotundidad, algo que me irritaba al principio) que el mal que aflige al paciente no es nada malo; si acaso, lo contrario. Pero, ¿cómo va a ser bueno sufrir? Supongo que porque cuando uno sufre empieza a buscar soluciones, maneras de salir del pozo o de librarse de la nube negra, y porque el sufrimiento es inherente al conocimiento.

Cualquier promesa de felicidad es una estafa. Haz esto y serás feliz. Cree esto y obtendrás la felicidad. Tómate esto y te sentirás como una rosa. La felicidad se saca de dentro, no se compra.

Se pretende que adquiramos, que paguemos la felicidad, como cualquier otro bien mercantil. El gran descubrimiento de la vida es que el dolor es inevitable. La edad nos ensombrece, el miedo al final cada vez más próximo nos angustia. La felicidad, sospecho, es la capacidad de convivir con el miedo y con el dolor. Aprender esto es la empresa más difícil. Y aceptarlo, todavía más costoso.

Sostienen los maestros asiáticos que el YO, la CONSCIENCIA, es distinto de las emociones que disfruta o padece. El YO es el amo, o puede llegar a serlo. Con este objetivo se han elaborado a lo largo de los siglos disciplinas muy valiosas como la meditación o el yoga, que buscan el sosiego del YO, su distanciamiento de las emociones.

¿Es esto posible? ¿Cómo se puede trabajar, crear, amar dejando a un lado las emociones? La meta del ser humano no puede ser la impasibilidad, algo que también propusieron los griegos como modelo del sabio.

Pregunto a voces en este silencio internáutico tan lleno de signos y palabras (casi siempre, vacíos): ¿Soy yo distinto de mis emociones? ¿Sólo hay un camino para no dejarse arrastrar por las emociones, volverse impasible?

Todos los comentarios serán bienvenidos.

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Lo que funciona, eso es lo que vale. Qué risa.

Octubre 23, 2009 · 1 comentario

Cabeza poblada

Cabeza poblada

La imagen que ilustra este texto la realizó en 1980 mi amigo el pintor, grabador, muralista y dibujante Paco Campos.

No hace mucho me encontré con ella, a pesar de que la tenía colgada de una pared de mi casa. Es decir, descubrí el tremendo significado del dibujo: una cabeza de hombre sin mandíbula y con un colmillo de vampiro; en lo alto de su cerebro hay una nube negra, y en el interior de él, en su conciencia o en su inconsciente, una multitud de tipos sin rostro.

Me produce asombro esta imagen porque representa con exactitud el estado presente de mi cabeza y de todo lo que hay en ella, un galimatías poblado de personajes que intentan imponer su voz a gritos, y que me mantienen tan despabilado como si me tomara una raya de cocaína cada mañana, después del te con leche y tostadas del desayuno. Es una suposición, porque jamás he probado las drogas (ilegales) y desconozco sus efectos.

Al dibujarla Paco, ¿estaba viendo todo eso en mi interior o se dejó llevar de una premonición? Paco es un verdadero creador, de esos que transforman en algo plástico sus impulsos interiores; y lo hace con depurada técnica basada en el dominio real de las disciplinas que constituyen su oficio.

Pues bien, uno de los personajes que ocupan mi cabeza es un Talibán. Así lo bautizó una sicóloga de la Seguridad Social que me atendió con profesionalidad y afecto, aunque sin éxito. Talibán en su sentido más amplio quiere decir tipo rígido, doctrinario, malhumorado, desconfiado, y con un tufillo clerical, porque se siente obligado a hacer profesión de fe, de cualquier fe, a la primera de cambio. Un Talibán mental podría ser un inquisidor, aunque carece de su poder y de su fuerza coactiva.

Así que con este Taliban me desenvuelvo por los caminos de la vida. Con el Talibán y con los otros tipos que son, a saber, el Tipo Ponderado pero Escéptico, el Pobre Niño qué Malito Estoy, el Viva la Virgen sin Malicia, el Aventurero de Salón y el que Torea desde la Barrera.

También me compongo de individuos virtuosos y discretos, pero esos no me causan problemas. Según el eneagrama de Rheti, mi tipo dominante es el Lealista, ala Pensador. El amigo que interpretó el resultado del test afirmó que yo era una persona muy equilibrada, algo que me desconcertó mucho y me hizo desconfiar del eneagrama. Pero bueno, yo quería hablar ahora de cine.

En las últimas semanas he ido al cine con el Talibán y todos los demás pobladores cerebrales. Deseo comentar el efecto que ha hecho en mí y en esta multitud una película, Si la Cosa Funciona (Whatever Works).

En toda la proyección, el Talibán no dejó de darme la vara.

Whatever Works significa más bien “lo que funciona”, y viene a ser un enunciado filosófico del pragmatismo de W. Allen. No importa cómo llegues a conseguir tu bienestar, lo importante es que al final te encuentres de p. madre, eso es “lo que funciona”.

¿Y si tu bienestar se cruza con el de otras personas y les causa daño?

La pregunta la hace el Talibán.

La respuesta de W. Allen es evasiva. Whatever Works cuenta la historia de un profesor de física cuántica de NY retirado, materialista hasta la médula, con una necesidad insaciable de reforzar su ego (prueba de que lo tiene muy deteriorado), misógino, y cojo a consecuencia de un intento frustrado de suicidio. En pocas palabras, un gruñón simpático, la quintaesencia de W. Allen. Continúo: la historia de este profesor con una jovencita ingenua (de verdad, no una Lolita, aunque físicamente lo represente), que se descuelga en su vida como un ángel del Paraíso Inexistente.

La narración (el guión, las escenas, los gags, las situaciones, los discursos) es magnífica, un logro de su autor y director. La interpretación, excelente (el doblaje, espantoso, hasta que no pasan quince minutos y entras en la película, cuesta trabajo creer lo que están diciendo, que suena a discurso doctrinario).

El físico neoyorkino se enrolla muy a su pesar con la jovencita del profundo Sur. Llega a casarse con ella. Se nos da a entender que su inicial inapetencia sexual se debía a razones fisiológicas, la edad, convenientemente resueltas tras el matrimonio gracias a la Viagra (“siempre llevo una pastilla de Viagra en el bolsillo”, dice la jovencita en una ocasión).

Pero esta unión legalizada no dura mucho. La jovencita termina con un jovencito.

La película es una comedia de género, de un género que inventaron los griegos, que desarrolló magistralmente Plauto y que luego ha sido aplicada desde Lope a Shakespeare, desde Moratín a Moliere e incluso en el teatro llamado burgués, que es el que se hacía en Occidente hasta que llego el siglo XX y se cargó el teatro, la pintura, la escultura y todo lo que la Humanidad había construido hasta la fecha. Eso no lo dice el Talibán, lo digo yo. Pero en el cine todavía perduda la comedia de género con final feliz.

El final feliz de Whatever Works transcurre en una Nochevieja, en la que el físico, ya separado de la jovencita, y todos los demás personajes comparten alegres el tránsito de un año a otro, que es el propio tránsito de cada uno de ellos, de una vida convencional y aburrida a otra mucho más estimulante: la madre de la jovencita, antes una cristiana fundamentalista, se ha convertido en una promiscua que convive y duerme y todo lo demás con dos hombres (ricos, naturalmente), su marido, otro que tal bailaba, cristiano y pecador, que abandonó a su esposa por otra mujer (la mejor amiga de ella, como suele suceder en la realidad), descubre en un bar que en su más profundo interior había un gay, y se enrolla con un parroquiano que salió del armario hace tiempo y a quien ha abandonado su amante, un artista de éxito. La jovencita ingenua, que no ha dejado de ser ingenua, a pesar de todos los avatares por los que ha pasado ella y quienes le rodean, se abraza cariñosamente al jovencito rico con quien se ha unido, un actor, y el físico cojo hace lo propio con una nueva mujer que ha conocido en circunstancias muy humorísticas. Se despide de los espectadores, a quienes se ha dirigido durante toda la película, con una afirmación que revela su taimado conflicto interior: odio las Nocheviejas, porque hay que celebrarlas con alegría, aunque uno esté triste. Pero ese no es su caso, sino el contrario. Y a pesar de todo, afirma que odia las Nocheviejas.

El Talibán no paraba de hacer comentarios críticos morales. Hasta que se enfrentó a mi mujer, que le recordó que Whatever Works era una comedia de género, y que si no se desarrollaba de esa manera, a base de situaciones disparatadas, no podía funcionar.

Sin embargo, las protestas del Talibán me sirvieron para discernir el truco de W. Allen, tan viejo como él y como la comedia de género. “Como gustéis”, escribió Shakespeare, As You Like It. No nos compliquemos la vida, podemos ser gruñones, podemos estar frustrados, podemos no creer en nada, podemos sentirnos maltratados por la derecha casposa y reaccionaria, podemos estar metidos en un hoyo vital, pero si nos dejamos llevar por la intuición, el buen humor y el ingenio, todo acabará como gustéis. La vida es muy sencilla, sólo hay que desprenderse de la vieja piel reseca y dejar que emerja la nueva, fresca y suavecita.

Como si eso fuera tan fácil. ¿Cómo es posible, alegaba el Talibán, que personas con una moral y una psicología forjada a través de las décadas sean capaces de transformarse en lo contrario sin sufrir la menor conmoción? Es una comedia, tío.

Entonces me acordé de Willy Wilder. El arte de hacer comedias de ese director no tenía nada que ver con el de W. Allen. La visión de la vida que ofrece Wilder a través de sus personajes es más ácida, menos fantástica, y sus películas no tienen final feliz, sino un final lleno de reflexiones. Wilder si intenta responder a la pregunta de mi Talibán, ¿y si tu bienestar se cruza con el de otras personas y les causa daño? Sus guiones tratan exactamente de eso, y son comedias.

Los personajes de W. Allen pueden estar frustrados, ser maniáticos, sufrir decepciones… pero todos son hombres y mujeres (siempre guapitas de cara y de cuerpo) muy bien educados, de vida desahogada, y con cantidad de recursos para salir del hoyo. Porque, pragmáticos hasta la médula, están convencidos de que han de quedarse con lo que funciona.

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Un fin de semana en Los Madroños

Octubre 19, 2009 · 3 comentarios

Kommunismus

Religiones de antaño

Dice Almudena, médico naturista y Alma Mater de Los Madroños, que las terapias y los grupos alternativos están preparándose para atender a las víctimas de la crisis.

Los Madroños es una casa de reposo y una escuela de salud situada en un vallecito a la espalda del Desierto de las Palmas de Castellón,  una zona de pinos y madroños (ahora en plena sazón), con bancales de almendros y de algarrobos.

Los Madroños lleva abierta más de veinte años, y ofrece albergue y alimentación estrictamente vegetariana y sin condimentos a los pacientes de enfermedades digestivas, musculares, hepáticas, etc, todas ellas provocadas por disfunciones nerviosas. Encuentro yo un paralelismo entre las terapias de Los Madroños y la homeopatía.

He pasado un fin de semana en Los Madroños, y he descubierto la cantidad ingente de personas con problemas que hay a mi alrededor. No porque la casa estuviera hasta los topes, sino por la variedad de tarjetas y folletos allí depositados para los pacientes, de todo tipo de asistencias físicas, mentales, de grupo, individuales, gratuitas y de pago que hay abiertas en todas partes. También baso mi descubrimiento en los comentarios emitidos por los albergados, que describían un verdadero cosmos, casi una industria, de lo alternativo como instrumento de curación.

En cierta forma, curiosa paradoja, mi estancia allí ha sido deprimente, pues conocer las dimensiones sociales de esta enfermedad insidiosa que parte de la mente y se manifiesta en cualquier órgano del cuerpo, en especial el aparato digestivo, da pavor. Hasta ahora yo me sentía un desgraciado aislado. De pronto compruebo que estoy rodeado de personas cargadas de dolencias derivadas del estado de sus nervios.

La filosofía de estas terapias alternativas es que llevamos una vida insana, que somos víctimas del consumismo desbocado e irracional, del estrés del trabajo y de la industria del entretenimiento, y que estamos esquilmando los recursos del planeta. Esto nos ocasiona todo tipo de enfermedades. En términos generales, comparto este diagnóstico.

Para librarnos de semejantes plagas, debemos cambiar nuestra forma de vida, hacernos más austeros, distanciarnos de la inercia dominante o apartarnos todo lo posible de ella, y aumentar cada vez más el número de los que practican y predican la colaboración entre los seres humanos, la paz y la convivencia, la alimentación saludable (si es posible vegetariana) y un drástico ahorro energético, en sustitución de la competitividad y el despilfarro. También en términos generales, me parece correcta la purga, aunque pertenezca mucho al ámbito de la utopía.

Si no actuamos así, además de hacernos daño a nosotros mismos y a nuestros semejantes más próximos, no tardaremos en situar a la Humanidad a las puertas de su extinción debido a las consecuencias catastróficas de la codicia, la irracionalidad moral, y la simple despreocupación de la mayoría de los seres humanos, afanados en pasarlo lo mejor posible con el menor gasto permisible. Muy extremos veo yo estos vaticinios.

En realidad, la propuesta de esta visión del mundo alternativa es apocalíptica. En lugar de sosegar, pone los pelos de punta.

Es lo que a mí me ha pasado (aunque no exactamente por esa razón, luego me explico), si bien, la estancia allí ha multiplicado mi ansiedad porque me coloca a mí (y a mi malestar) en un camino irrevocable de destrucción según esa forma de ver el mundo y la existencia, puesto que no siento el impulso de convertirme en practicante de la vida alternativa o en apóstol de ella,ni creo que sea necesario tal postura para salvar el planeta.

Llegué yo a Los Madroños en un estado de ánimo alterado, con falta de sueño y un molesto estrés. Dolencias que no encontraron allí remedio, sino todo lo contrario. Y no por culpa de lo que allí me encontré. Encontré a personas encantadoras, generosas, solícitas, encargadas de la casa de reposo y la escuela de salud, que dirigían actividades estupendas para la recuperación del cuerpo y del alma. Encontré allí alojadas a mujeres y hombres (más de la primeras) de mi edad y condición, y con problemas similares a los míos, aunque en la mayoría de ellos se manifestaban en complicaciones intestinales. La empatía entre ellos y yo fue inmediata, no sólo se revelaron amables desde el primer momento, sino que dejaron ver que allí dentro no había barreras ni protocolarias ni emocionales. Conversamos unos con otros con entera espontaneidad y libertad, y sobre una variedad de temas que iban de las anécdotas personales a los problemas de cada uno, pasando por reseñas de libros, películas y comentarios de todo tipo. La casualidad o la afinidad, vaya usted a saber, me hizo conocer los conflictos más o menos íntimos de dos de los alojados allí, una mujer y un hombre. Aquello era una comunidad inestable (porque entraban y salían de Los Madroños, según sus previsiones) de seres humanos dispuestos a compartir sus emociones a lo largo del día, en especial en las comidas y después de la cena. Me sentía un adolescente, como cuando iba de viaje, me alojaba en una residencia juvenil y me comunicaba sin dificultad y con gran simpatía con desconocidos de todo género y procedencia.

En Los Madroños, la procedencia de los alojados era variada (Madrid y Barcelona en su mayoría), pero la clasificación social era uniforme: clase media sólidamente establecida, de ideas izquierdistas, aunque decepcionados de la clase política que supuestamente representaban su voto, y casi todos profesionales, en especial de la medicina (enfermeras y médicas). Tres excepciones a este retrato robot había, yo (el burrito delante, que no se espante), que no me identifico con ninguna de las izquierdas existentes o virtuales, un pequeño empresario inmobiliario sevillano que dejó ver que tampoco era de izquierdas (aunque el tema político fue tratado con precaución por todos, o incluso evitado, en cuando aparecía una nota de discordia, porque allí no se había ido a discutir, sino a reposar), y un fontanero de Bilbao con problemas digestivos y emocionales que le hacían digno de cariño, a pesar de que ni su discurso ni su visión del mundo coincidía lo más mínimo con la de los allí alojados.

He dicho que entré en Los Madroños con un significativo nivel de estrés y una molesta falta de sueño, y que allí ni encontré reposo ni pude dormir. La razón fue que estuve todo el tiempo en disposición de alerta. No porque las circunstancias obligaran a ello, sino porque me lo tomé así. Si fuera de otra manera, ni habría intentado la experiencia ni estaría ahora escribiendo esta especie de informe con el que busco desahogarme.

No tengo la costumbre de ir a estos lugares. De hecho es la primera vez en mi vida que he acudido a una casa de reposo. Y encima, iba solo. De modo que, lejos de estar relajado, me mantuve bien despierto. Mi estrés no fue perjudicado, porque como he dicho, la atmósfera era cordial y acogedora. Pero sí mi sueño. Al pasar el día entero en alerta, dormía fatal por la noche.

Al abandonar Los Madroños tuve dos sensaciones contradictorias. Mejor dicho, una sensación y una idea o reflexión. Las he expuesto al principio.

Me fui encantado, tanto de las condiciones de la estancia, de las actividades y de las atenciones de los responsables, como de la cordialidad de los alojados.

Y a la vez, con otra sensación nada tranquilizadora que ha disparado mi capacidad reflexiva. Me sentía aterrorizado. Y he tardado veinticuatro horas en empezar a reponerme, para lo que he tenido que emplear a fondo mi raciocinio.

El terror me lo producía la perspectiva que había adquirido de la existencia, una humanidad en vías de extinción acelerada si no ocurre algo formidable que detenga la catástrofe. He mirado con atención a mi alrededor para observar por encima a la multitud de seres humanos que me rodea, ignorantes de cataclismoy responsables de él por omisión. Y he concluido que esta visión apocalíptica contiene un elemento redentor: uníos a nosotros si no queréis acabar con el mundo, un elemento también apostólico.

La predicación de los alternativos es muy semejante a la predicación de los cristianos, de los budistas y de todas las religiones que ofrecen consuelo al ser humano por vía de la redención, el afecto, el comportamiento ético y las sanas costumbres. Ignoro si lo alternativo puede considerarse una religión, quizá en su conjunto sí, la religión del mundo rico y occidental, decepcionado de la religión de la política. Psicológicamente funciona como religión, porque alivia los sufrimientos de muchas personas.

Prueba de ello es la actitud de Almudena ante la crisis que está castigando a tantos seres humanos que podríamos llamar inocentes, en el sentido social o político, no ético, del término. Las personas que como ella creen y practican una forma de vida alternativa están convencidas de que pueden socorrer a los damnificados por la codicia y la corrupción globalizadas. Posiblemente tienen razón. Pero lo más hermoso es que estén preparándose para hacerlo.

Eso no es apocalíptico, sino altruista.

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Humor sin horas ni fronteras

Julio 31, 2009 · 1 comentario

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Evaristo Acevedo escribió esta novela en 1954, la publicó un año después, y volvió a editarla en la colección Reno de GP (Plaza y Janés) en 1972, de la que procede esta ilustración.

Lo más chocante de Los ancianitos son una lata es el título, que apenas tiene que ver con el contenido de la novela. El autor explica en el prólogo a la edición de 1972 que el título se lo dio la afirmación de uno de sus personajes, al reprochar a un médico geriatra que se dedicara a prolongar la vida de los viejos, porque eran “una lata”. Me cuesta creerlo. Sospecho que hay alguna otra razón, bien de interés comercial, bien de naturaleza censorial.

Evaristo Acevedo es un novelista hoy desconocido, cabe decir oculto, como mucho de lo bueno que produjo el franquismo o se produjo en el franquismo, que ambos enunciados valen. Es el problema de condenar un periodo histórico, que se acaban ignorando hechos valiosos, tengan o no que ver con el régimen castigado a un ejercicio focalizado (sectario) de la memoria: vale acordarse de lo negativo de aquellos años, pero no de lo positivo.

Evaristo Acevedo perteneció al grupo que editó y mantuvo viva por muchos años la revista satírica La Codorniz. Compañeros suyos fueron Álvaro de la Iglesia, Mingote, Chumi Chúmez,  y algunos de los cachorros del humorismo gráfico y escrito que luego editaron la heredera de La Codorniz, que se llamó Hermano Lobo, ya en el último franquismo y parte de la Transición.

La generación de quienes crearon y mantuvieron viva a La Codorniz es la de los vencedores de la Guerra Civil española (con la excepción de Gila). Procedían del falangismo menos adicto a Franco y/o de una derecha indeterminada, pero ajena al tradicionalismo, que hoy recibiría el ultradeshonroso adjetivo de “casposo”. Algunos de aquellos humoristas habían luchado en los frentes contra los “rojos”. Esto les concedió el privilegio de publicar una revista humorística y satírica en unos tiempos en los que hacer cuchufletas era algo peligroso, porque los censores en seguida encontraban un doble sentido crítico del que no siempre iban cargadas las bromas.

Los ancianitos son una lata describe la peripecia de un empleado de banca al que le toca el gordo de la lotería, y se convierte en un tipo infeliz. Aburrido y asténico recorre el mundo, y en Nueva York, una hostelera multimillonaria, conmovida por su lamentable estado, le pone en contacto con un médico (primer ex marido de la ricachona), especialista en prolongar la vida de los ancianos, pero que también se dedica a rehabilitar a antiguos burócratas venidos a más (por la suerte, por un negocio afortunado, por lo que sea). A estos les somete a un tratamiento singular: les hace volver a trabajar en una oficina, a someterse a la disciplina absurda de la burocracia, porque asegura que el problema de los nuevos ricos es que no se han deshabituado de sus viejas costumbres.

Aquí es donde Evaristo Acevedo entra en colisión con el franquismo más añejo. Muchos de los que en su juventud lucharon en los frentes nacionales, tras la guerra se fueron colocando en las entrañas inmensas de la burocracia del Régimen. Esta consistía en los Sindicatos, el Instituto Nacional de Previsión, diversos ministerios, sobre todo los dedicados a los temas sociales, con los que el franquismo intentó (y consiguió) contener los conflictos laborales, mediante una red de protección social y una serie de leyes interpuestas entre los intereses obreros y los empresariales, que aún continúan vigentes en parte, aunque no se llamen Fuero del Trabajo.

Los excombatientes (así se les calificaba) eran leales al franquismo, le debían su trabajo, pero no todos eran mentes ciegas, almas de cántaro o gusanos repugnantes. Había muchas personas con una visión propia de la existencia, con ambición creadora o empresarial o incluso político y sindical. De entre los últimos salieron aquellos que negociaron el desmontaje del Régimen. De los primeros, novelistas y artistas gráficos de gran calado, pero que hoy duermen en el limbo de los artistas condenados por su adscripción ideológica, el Movimiento, al que no todos sirvieron.

Los que peor suerte tuvieron, a efectos del reconocimiento póstumo, fueron los novelistas. Eran escritores de calidad, y encima populares. Pero eran franquistas, o lo fueron en su juventud. De ahí que no se les haya guardado el más mínimo respeto. Algunos, como Gironella, Torrente Ballester o Cela (aunque éste es una excepción porque explotó su capacidad entre taumatúrgica y circense) fueron aceptados por los mandarines de la cultura antifranquista (más bien ajena al franquismo).

Yo recomiendo la lectura de Los ancianitos son una lata. El lector se lo pasará bien, disfrutará de buena literatura, y podrá descubrir las estratagemas de los gerifaltes del Régimen para conducir una sociedad que había sido ingobernable (según los vencedores de la guerra) hacia los puertos seguros y gozosos del bienestar.

Yo os invito a descifrar en Los ancianitos son una lata las claves políticas ocultas. Por ejemplo, las que, según mi opinión, indujeron a Evaristo Acevedo a poner tan estúpido título a tan estupenda novela. La cosa va de burócratas cerriles, de neocapitalistas que empiezan a adentrarse en el territorio del Movimiento, monopolizado hasta el Plan de Estabilización (1956 ó 57, no me acuerdo bien) por un puñado de pseudofascistas cagones o atrabiliarios, de emprendedores aherrojados a las falacias ideológicas de los vencedores. Porque la novela pertenece al género del humor, al que Acevedo estaba adscrito y suscrito, pero es de un pesimismo escalofriante. Según entiendo yo, refleja la mente desconcertada de aquellos que se jugaron la vida en una guerra contra el rojerío, la ganaron y se encontraron luego con que la mejor perspectiva que tenía su existencia era fichar (o firmar) cada mañana en una oficina gubernamental donde trabajaban poco, charlaban mucho y se aburrían hasta convertir su privilegio en un castigo. Los perdedores de la guerra, castigados en Cuelgamuros o en las cárceles, reservaron su paciencia hasta la salida de las cárceles y, más a palos de ciego que con un programa econónico, social y político, fueron tejiendo en el telar de la legalidad vigente, lo que hoy es nuestra Democracia, que tantos enemigos tiene, por de dentro y por defuera. Hasta yo mismo a veces abomino de ella, la pobre.

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Impresiones en el nucleo protónico

Julio 26, 2009 · Dejar un comentario

Una escena de Muerte de un Viajante, publicada en El País

Una escena de Muerte de un Viajante, publicada en El País. Boixaderas es el de la derecha

Madrid es el núcleo protónico y proteico de ese átomo de fuerza floja que todavía llamamos España. Los diecisiete electrones que giran en torno a él pueden salir disparados por un arrebato centrífugo, o pueden colapsarse por un despótico puñetazo centrípeto.

Nuestras visitas a Madrid (de un servidor, acompañado de Toñi) son un alivio de la humedad estival valenciana, que lo impregna todo, desde las fachadas de las casas hasta la cultura. Curiosamente, estos días hace en Madrid un tiempo variable, ventoso y fresquito. El calor se ha desplazado hacia Levante, me dicen, donde el Poniente seca y achicharra.

Tres horas en el teatro Español, disfrutando de Arthur Miller. Muerte de un Viajante, en interpretación soberbia de Jordi Boixaderas, uno de los mejores actores españoles (y catalanes) de hoy en día. Coproducida por el Teatre Lliure de Barcelona, el Centre d’arts Escèniques de Gerona y el Teatro Español de Madrid, es una prueba del feliz resultado de una colaboración entre visiones culturales diferentes.

La obra está pensada en Cataluña y en catalán, que es como se estrenó. El elenco, catalán, igual que la mayoría de los que intervienen en la producción, incluido el director, Mario Gas, que a su vez lo es del Español, deja sin embargo poco margen a la intervención de personas de Madrid o no catalanas. Esto es un argumento a favor de los catalanófobos, que no son seres alucinados, sino artistas o intelectuales que ante el ninguneo recurren a la pataleta, porque a otros les da resultado. Que tengan razón o no es algo discutible. Lo cierto es que los catalanes hacen las cosas muy bien, y combinan como nadie la calidad artística con la comercialización del producto, algo que fuera de Cataluña todavía no han aprendido a realizar con éxito sus competidores.

Se suele decir que Muerte de un Viajante es una de las primeras andanadas críticas al sistema de vida norteamericano que, supuestamente, garantiza a todos los seres humanos el éxito con un mínimo esfuerzo. La he visto en dos ocasiones (la primera con un Sacristán absurda e impecablemente vestido en el papel protagonista del fracasado Will Loman), y en ninguna de ellas saqué la impresión de que Miller lanzara un torpedo a la línea de flotación del sueño norteamericano. Al contrario, nos presenta a un hombre que ha construido su fracaso cuidadosamente desde la juventud, engañándose a sí mismo, luego a su mujer y finalmente a sus hijos. Will Loman no es el modelo del esfuerzo no recompensado. Miller empapa su tragedia en las oleaginosas aguas de un sicoanálisis que en los años cuarenta ya practicaban multitud de ejecutivos, artistas e intelectuales. Nos da a entender que el fracaso de los personajes de Muerte de un Viajante procede de las carencias y trastornos de la educación familiar. Tenessy Williams bañó también sus obras enel océano del psicoanálisis.

El año 1949, en el que Muerte de un Viajante se estrenó en Broadway, fue uno de los más prósperos en Norteamérica. Abundaba el trabajo, y la sociedad empezó a deslizarse a velocidad de crucero hacia lo que hoy es la sociedad del consumo o democracia de mercado pletórico. El fracaso de Will Loman no era un hecho común en los E.U.A, sino exactamente lo contrario.

Lo que a mi entender pone Miller en tela de juicio es la cobardía del soñador enfermizo, y sus esfuerzos en aparentar que la vida le va como una seda, tragedia que se da en todas las sociedades del planeta y en todas las épocas de la historia de la humanidad. De ahí que la historia de Will Loman nos fascine. En el palco contiguo al que Toñi y yo ocupábamos, había una familia francesa (sin duda bilingüe) con varios adolescentes. Al acabar la función observamos con ternura que la muchacha más joven lloraba desconsoladamente, compadecida por la perra suerte de Loman. Era la prueba incontestable de la maestría de Miller y de los actores y el director de Muerte de un Viajante.

La versión del Español comienza con un minidocumental en tres pantallas, que sirven como auxiliar escenográfico. Se trata de una exaltación propagandística de la sociedad norteamericana anglosajona (hay otra sociedad norteamericana, la  mexicana) que, como digo, estaba entonces en el apogeo de su crecimiento, con acceso a electrodomésticos y viviendas que hasta hacía una década eran consumo exclusivo de las clases mejor consolidadas.

De pronto me vinieron a la imaginación documentales de este género, realizados en Moscú o en Berlín Este en la misma época. El capitalismo intentaba convencer a la población de que su vida era la mejor jamás experimentada; los publicistas exageraban y extrapolaban, pero en términos generales tenían razón. El socialismo real hacía lo propio con sus ciudadanos, pero no tuvo tanto éxito, porque mentía descaradamente, el consumismo podía ser alienante, pero colmaba las aspiraciones de los proletarios.

La falsedad en la que se construyeron las sociedades supuestamente socialistas (los países del Este europeo) equivale a la mentira en la que vive la familia Loman. Lo que resulta curioso hoy en día es ver el efecto que causó Muerte de un Viajante en los liberales anglosajones norteamericanos (antecedentes de nuestros progres). Vieron lo que les convenía ver, lo que su mala conciencia les dictaba.

Pero el valor de esa pieza de Miller se conserva intacto, porque la cualidad de la obra maestra no procede de la ideología, sino del talento del artista que la produce y, en este caso, del que la interpreta. ¡Menuda función! Al terminar, nos tomamos una cañita con Jordi Boixaderas, tan campante y relajado. Sólo un actor consumado puede salir a la calle tan tranquilo después de haber puesto toda la carne en el asador, digo en el escenario.

Antes de entrar en el Español nos detuvimos un rato en La Celestina, librería teatral de Vicente Gil y Gil. Acaba de abrirla en la calle del Príncipe, número 17, procedente de otro local en el mismo barrio que se les había quedado chico.

Vicente Gil es un librero concienzudo y cordial. Está ordenando en estos días los estantes y, yo no sé cómo, parece que haya leído todos los volúmenes que exhibe, porque estaba al corriente de una obra corta de Toñi, Todo por un Duro, publicada hace años en la revista norteamericana Estreno, dedicada al teatro iberoamericano.

María Fernanda, la mujer de Vicente, manifestaba su alarma por el futuro comercial del libro como encuadernación de textos impresos en papel. Yo creo, y se lo dije, que no tardará en desaparecer la edición impresa, una generación quizá. Esto redundará en beneficio de los bosques. María Fernanda teme que el libro digital perjudique al negocio de su marido. Dándole la vuelta al argumento, podría ser todo lo contrario, al convertirse los libros impresos en restos arqueológicos, ganarían en valor. De todos modos, el día en que imprimir en papel sea un lujo reservado para ocasiones extraordinarias, tanto Vicente como los de nuestra generación llevaremos tiempo jubilados, y con un pie en el estribo.

grichter_001 ¿Puede ser la creación plástica original una estafa?

Mientras me hacía esta pregunta, me quedé encerrado en uno de los ascensores de la Telefónica. Salía de la exposición titulada: Gerhard Richter, fotografía pintada. Tuve que apretar enérgicamente el botón de alarma para que me liberaran de aquella celda hermética, a punto de un ataque de claustrofobia.

Gerhard Richter es uno de los pintores actuales más cotizados. Esta es una de las pocas verdades objetivas que pueden decirse sobre él. Si es un gran artista o no, si pasará a la historia del arte o no, son cosas todavía debatibles. Otra verdad objetiva es que hacer una exposición con centenares de fotografías en papel, guarreadas con óleo, no es ningún mérito artístico, las firme Gerhard Richter o mi nieto Jannik Wulfmayer de trece meses.

Las fotos de Richter manchadas por él mismo son un verdadero rollo. Si en lugar de figurar su nombre en la presentación de la exposición, se leyera Juan Pérez o John Smith o Giusepe Carosone, el valor artístico de lo expuesto sería exactamente el mismo, aunque no atraería a nadie que no fuera de la familia del firmante.

Yo no sé si esta muestra repercute económicamente en el artista, o si él ha intervenido en ella. Pero me avergonzaría que mi nombre figurara como comisario de la exposición. Estoy seguro de que al que la suscribe no le produce el más mínimo sonrojo, entre otras cosas porque habrá cobrado sus euros por organizarla. Esto último es lo que roza la estafa. Y no lo es, porque para que hubiera sido una estafa habría sido necesaria la intención de engañar a cambio de un beneficio. Aquí sin duda alguien ha obtenido un beneficio, pero sin engañar a nadie. Todo lo más, se han propuesto embaucar a quien se deje, y hacerle creer que está visitando un lugar bendito por el toque sublime de la mano de un artista.

Falso debate al borde del abismo

El falso debate (porque no lo ha habido) sobre la financiación autonómica nos ha pillado de viaje al núcleo proteico y protónico de lo que queda de España. La información de Victoria Prego sobre las circunstancias de la negociación con los catalanes revela que poco a poco nos acercamos al abismo de la fractura. Hasta ahora los supuestamente separatistas catalanes (me refiero a los lloricas de Convergència i Unió) habían jugado con la idea de la independencia, dejando ver que no creían en ella porque no les convenía. Les ha sucedido en la palestra un grupo que no sólo la desea sino que hace todo lo que puede por llevarla a cabo. Es evidente que son una minoría en la sociedad catalana. Lo significativo es que el catalanismo haya caído en manos de mafiosos. Sólo los chulos pueden suscribir fantasías o aberraciones políticas.

De nuevo echo yo en falta la voluntad autorizada de un líder consecuente que proponga con sinceridad y energía una solución que muchos parecen anhelar en el fondo de sus torturadas conciencias, sin atreverse a exponerla con claridad: modificar la Constitución para hacer de España una República Federal, y permitir expresamente a cada una de las 17 autonomías la separación de España, desde la Rioja a Extremadura, pasando por Cataluña y las Vascongadas. Como esto precisa de uno o varios referéndum, la última palabra estaría en manos de la ciudadanía.

Sería la única forma de acabar con esta danza al borde del abismo. Si uno de los resultados fuera que las dos últimas regiones mencionadas decidieran separarse, se establecerían fronteras, pasaportes y aranceles. La lógica y sensata objeción de muchos es: ¿y qué sería de los residentes allí que no desearan la separación? Como la medida es draconiana, las soluciones también habrían de serlo. Los catalanes y vascos que desearan conservar la nacionalidad española, no tendrían problemas en entrar y salir y en comerciar con lo que quedara de España, y en ejercer en ella unos derechos políticos que sin duda se les negarían en los territorios segregados. Todos los inconvenientes que se derivaran de la independencia, desde los políticos a los económicos, serían responsabilidad de las autoridades separatistas. Que apechugaran con ellos.

Veríamos lo que les duraba la euforia independentista.

Una grave objeción le veo yo a mi propuesta furibunda. En menos de un decenio, Cataluña y las Vascongadas se habrían integrado en la República Francesa, con  muchas menos atribuciones autonómicas que las que ahora tienen.

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Bernard Rancillac, en Valencia. ¡Oh la la!

Julio 20, 2009 · Dejar un comentario

Una de las salas concuadros de Rancillac

Una de las salas con cuadros de Rancillac

Este año cumpliré los sesenta, y descubro en mí parches de ignorancia que me ruborizan. Por ejemplo, los sastres (antes, cuando confeccionaban ropa a medida a la clase media baja) preguntaban al cliente “de qué lado cargaba”, queriendo decir en qué pernera del pantalón solían colocar el paquete genital. ¡Y yo en la inopia! Claro que el último traje a medida que me hicieron fue a los quince años, cuando cargaba poco, y el sastre ni se molestó en preguntarme. Otra laguna, ahora cultural, que son las más peligrosas: Bernard Rancillac, uno de los padres de la Figuración Narrativa, nacida en París en los años 60. Junto a él se encuadran en ella un plantel de pintores de media Europa, desde el islandés Erro (Guomundur Guomundsson) hasta el español Eduardo Arroyo, pasando por el italiano Valerio Adami, y bastantes más.

El IVAM de Valencia expuso el año pasado una antología de la Figuración Narrativa. Algunos la calificaron de apoteósica. La verdad es que ofrecía una panorámica excelente del movimiento. Siendo yo un intelectual de orden mendicante y poco inclinado a presumir (¡entonces no eres intelectual, melón!), confieso que hasta hace unos meses no sabía nada de la figuración narrativa, aunque sí de algunos de sus iniciadores. Traduzco de la edición francesa de Wikipedia este acertado resumen:

La figuración narrativa es un estilo pictórico y un movimiento artístico surgido en el inicio de los años 1960 en Francia, en oposición a la abstracción y al Nuevo Realismo. La figuración narrativa está vinculada en general a la nueva figuración o al pop art, pero con menos carga ideológica y más tratamiento de la anécdota. No fue estructurada, en particular, por un manifiesto. Entre sus inspiraciones (encuadres, montajes) destaca el tebeo, la fotografía, la publicidad, el cine, en resumen, el conjunto de imágenes de lo cotidiano. Los temas de las obras se vinculan por lo general a escenas de lo cotidiano y a reinvindicaciones sociales o políticas. Aunque el término apareció con anterioridad, la figuración narrativa obtuvo su acta de nacimiento en la exposición Mitologías Cotidianas de 1964, en el Museo de arte moderno de la Ciudad de París.

Pues bien, Bernard Rancillac, una de las figuras de la figuración narrativa, nos cuenta una larga novela de tres decenas de cuadros este verano en Valencia, concretamente, en la sala de exposiciones del Ayuntamiento de la capital. No se distingue precisamente el área de exposiciones de este municipio por la publicidad de la cultura supuestamente no popular (y eso que es un ayuntamiento Popular, je, je, qué fácil el chiste). Parece que le diera vergüenza o pereza o yo qué sé qué, anunciar sus realizaciones, del mismo modo que otras áreas municipales vocean sus obras públicas, sus parques o sus fiestas. Sobre todo sus fiestas, como la actual de julio, que remata las semanas del mes con castillos de fuegos artificiales en la playa.

El artista hablando con el periodista emérito

El artista hablando con el periodista emérito

Bernard Rancillac asistió a la inauguración. Es un tipo de setenta y nueve años muy bien llevados, dicharachero y burlón. Me dedicó el catálogo con estas palabras,  “F.B., periodista emérito”. Es la primera vez en mi vida profesional que me califican de esta manera. Será por la barba y por las canas.

A mí, la figuración narrativa me gusta más que las corrientes no figurativas del siglo XX tardío. La verdad es que el camino que ha tomado la creación plástica desde entonces favorece cualquier cosa pasada. Lo nuevo es (casi en su totalidad) abstruso, y también ridículo, y además insufrible, feo, caótico, minimalista, impreciso, enajenante… Muchos trenes creativos han descarrilado en el siglo XX, y todavía andan dando vueltas por los barrancos del arte moderno, machacando el paisaje y dejando víctimas en la cuneta y en el convoy. Por eso, una exposición de un pintor como Bernard Rancillac refresca el ánimo y merma el pesimismo que se apodera del conocedor de  tiempos mejores.

Rancillac mantiene en su obra los elementos constitutivos de la escuela que fundó. Esto nos conduce a una pregunta inquietante: ¿ha evolucionado este artista y otros de su edad y condición que continúan trabajando? La fidelidad al género es una opción tan válida como la promiscuidad estética. Lo importante es que la obra esté viva. La de Rancillac lo está. Esta exposición tiene varios capítulos. Orquídeas, jazz, rabiosa actualidad y cajón de sastre. Todas encajan en la versión original de la figuración narrativa. Formas que evocan el tebeo, colores nítidos, imágenes publicitarias y mediáticas. Pero en cada una, el artista ha decidido colocar un sello clasificatorio.

El de las orquídeas es un secreto (alguien me sugirió que erótico) del pintor, porque las coloca en distintos contextos (¡no te hagas el intelectual, tío!): el cine, la música, la etnología. El jazz es el capítulo más próspero de Rancillac, es decir, el que más gusta, el que más se vende, según me dijo una simpática muchacha que acompañaba a la expedición francesa, que yo tomé por hija del artista y que resultó ser su agente (“no soy ni su modelo ni su amante”, me advirtió con una sonrisa en la que había mucha guasa).

La rabiosa actualidad contiene literales referencias a Chechenia, a Ingusetia, al conflicto israelo-palestino, a Irak, a Afganistán, a las guerras africanas, incuida la argelina. Es la reserva ideológica de Rancillac, su testimonio comprometido. Si no fuera porque procede de un artista con probados antecedentes políticos y recursos gráficos anclados en el pop (es decir, con un creador que bebe de fuentes originarias), podría pensarse que es la obra de un joven airado. Hoy en día, un tipo/tipa coloca una silla rota en medio de una sala con un cartel provocador al lado, y se convierte en un artista comprometido.

Crepúsculo

Crepúsculo

El capítulo cajón de sastre es el que más me sedujo y conmovió. Hay un autorretrato consistente en una orquídea con una calavera de tebeo en el medio, que me pareció explosivo. Sí, ya sé que he mencionado un capítulo de orquídeas, pero este lienzo es ecléctico. Y uno todavía más ecléctico, gigantesco, seis metros por dos y pico, titulado “El crepúsculo”, contiene todos los elementos del género, todos los capítulos mencionados. A primera vista parece una viñeta surrealista. Pero emana de él tanta inquietud, tanta angustia vital, que al pasar por delante, uno lo mira con el respeto que se observa un toro ante el estoque del matador.

Beyrout

Beyrout

Recomiendo para acabar una mirada a “Beyrout”, una joven desnuda que desparrama viejas postales sobre una ciudad compuesta por una ensalada de barrios modernos, como los de cualquier ciudad española víctima del urbanismo especulativo. Solo que a Beirut no la han maltratado los arquitectos y los concejales sino las bombas, el sectarismo, la codicia, los intereses nacionales, étnicos, religiosos, y todos los vicios que en el mundo han sido. Espléndido trabajo del viejo artista, en cuya juventud el mundo y la belleza femenina parecían más salvajes y auténticos.

Agradezco a Vicente Alcaraz, comisario de la exposición, que me invitara a la misma, porque, como digo, el Ayuntamiento de Valencia se distingue por su desinterés publicitario hacia lo que aparenta ser cultura minoritaria. Vicente ha hecho un magnífico trabajo, y a toda prisa, por lo que pude saber.

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Una tarde en Las Atarazanas de Valencia

Julio 16, 2009 · Dejar un comentario

La comitiva, ante una de las esculturas.

La comitiva, ante una de las esculturas.

Hemos conseguido inaugurar Yuxtaposición Hostil, una exposición de esculturas monumentales de Víktor Ferrando, en Las Reales Atarazanas de Valencia. No ha habido bajas, y el éxito ha sido notable. Estoy contento. He aprendido mucho y he observado desde dentro el laberinto del arte, con la ventaja de conocer los atajos y los secretos para salir de él indemne.

El creador manifstándose ante los notables

El creador manifestándose ante los notables

Víktor Ferrando cambió la C de su nombre por una K. Así empezó todo. Desde que nació se ha resistido Víktor a los convencionalismos. Para empezar, estuvo a punto de morirse cuando era un bebé. Luego fue un mal estudiante. Después, cultivó la imagen de inadaptado. Recorrió medio mundo. Aprendió artes marciales, y la disciplina inherente a esta práctica redujo su carácter levantisco. Luego regresó a su patria chica, Calpe, y descubrió que pelearse con el metal, maza y soplete en mano, era algo que le producía una satisfacción desconocida hasta entonces. Gracias a la prosperidad de su familia, se ha podido dedicar en cuerpo y alma a la escultura monumental, en su taller de Benissa, apartado de los convencionalismos, de las intrigas y de las contrariedades inopinadas del mundo corriente y moliente. Recluido en su acogedor castillo, Víktor ha ido forjando primero monstruos de tebeo fantástico, luego puertas ciclópeas y finalmente ejércitos minimalistas.

Atravesados los años tormentosos de su juventud, Víktor es hoy una persona de gran cortesía, que escucha con interés a quienes le hablan, y sobre todo a quienes le transmiten información y enseñanza. Contrasta esta afabilidad con la apariencia de sus obras. A Víktor, el mundo real le importa un comino. Esto tiene sus desventajas, pero le permite vivir intensamente en su mundo interior y esculpirlo a martillazos. Su mundo es el de los titanes, las leyendas, la mitología. Se mantiene al margen de las intrigas de la existencia cotidiana, pero no las desconoce. Está atento como un avezado perro guardián, que distingue al viajero que pasa del malevo que acecha. Y mientras tanto, crea. Sin cesar. Sin descanso.

El Espejo de Arquímedes, antes de la inauguración

El Espejo de Arquímedes, antes de la inauguración

Conozco a varios artistas consagrados a su trabajo (ninguno de ellos famoso), y todos tienen en común su dedicación monástica. Los monjes, cuando salen del cenobio para un trámite mundano, van siempre acompañados, nunca solos. Es preciso que sea así, para salvaguardar su integridad, inabordable en el monasterio, pero desprotegida fuera de él.

La vulnerabilidad del artista ante el mundo es su punto flaco. Curiosamente, Víktor posee una intuición aceradísima, y una fuerza física evidente y temible (es cinturón negro de Taekwondo, tercer dan). Tampoco le tiene miedo al terreno resbaladizo de la celebridad. Lo ansía con una voluntad de Aquiles, César o Aníbal. Aunque lo adivina, cuando acceda a ella, se percatará con todas sus consecuencias de que la fortaleza moral de sus héroes no se corresponde con las condiciones de la existencia real y contemporánea. Pero esto pertenece al porvenir, y el porvenir no existe, según dicen los terapeutas de la conciencia.

El titán peleándose con su propio ejército

El titán peleándose con su propio ejército

He trabajado con Víktor en los últimos meses. Hemos pasado juntos muchas y cruciales horas, hemos vivido avatares llenos de lecciones morales y profesionales. He conocido y admirado a su equipo, que son un grupo de trabajadores de diversos oficios y de diversas procedencias continentales, empleados en los negocios del padre de Víktor. En contacto con ellos he podido comprender por qué los negocios de don Manuel Ferrando se mantienen sólidos en esta época de crisis y conflictos: el secreto de toda empresa está en la calidad de sus directivos y de sus empleados, y los de Manuel Ferrando con inigualables. Me refiero a Juanjo, a Vicente, Germán y Jose, y a Santiago Ferrando, el hermano pequeño de Víktor, que en lugar de ser un pollo pera a sus 18 años, es capaz de coger un soplete o de arrastrar un cacho de vía de cien kilos de peso. Y en intendencia, Natacha, la novia del artista, que vigilaba desde su ordenador todas las maniobras.

Las horas finales de Yuxtaposición Hostil han sido la lección final, sutil, más incisiva. Se han sucedido las contrariedades (las normales, ninguna cosa excepcional), han chirriado algunas bielas, hemos pasado un calor de narices en la nave, y hemos llegado casi intactos al estreno, a la inauguración, a esa representación nada banal, gloriosa e incómoda a la vez a la que acuden políticos, personajes importantes de las artes, intelectuales y amigos.

Vik y Fer ante la ferralla dadaísta, preplejos

Vik y Fer ante la ferralla dadaísta, preplejos

Debo decir que de estas cuatro categorías, la más decepcionante ha sido la de los intelectuales, la mayoría sin cargo en plaza, avecillas carroñeras, minusválidos versátiles. Y como en todo hay excepciones, he de hacerla notar. Excluyo de esta nómina de lo mediocre a Ricardo Bellveser, un hombre noble, que ha ayudado a Víktor de muchas y diversas maneras. También se escapa algún otro (por ejemplo, Eusebio López, el diseñador del estupendo cartel), sin el renombre del aludido, que he querido salvar para evitar malévolas insinuaciones de las avecillas.

Adjunto una de las informaciones que enviamos a la prensa, para que quienes no saben nada de Víktor Ferrando (la mayoría de los mortales) conozcan un poco de él.

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LA EXPOSICIÓN DEL VERANO SE INAUGURA EL MIÉRCOLES 15 DE JULIO

Yuxtaposición Hostil

20 toneladas de hierro en Las Atarazanas de Valencia

Víktor Ferrando, creador nacido y residente en Calpe, ha traído a Las Atarazanas de Valencia más de veinte toneladas de acero reciclado ferroviario. Son 12 esculturas ciclópeas, seis de las cuales constituyen el motivo de la muestra: Yuxtaposición Hostil.

Se inaugura el próximo miércoles, día 15, organizada por el Ayuntamiento de Valencia y patrocinada por la Consellería de Cultura de la Generalitat Valenciana. Las piezas representan una antología del trabajo de Víktor Ferrando, que se inició en el arte de la forja hace seis años, y ha desarrollado su instinto creador de manera autodidacta.

La primera parte de la exposición exhibe sus primeras piezas, figuraciones surrealistas y oníricas, inspiradas en el mundo de la ciencia ficción y el cómic. La segunda, responde a una estética conceptual y minimalista, iniciada con Existencia Coaxial, pieza de tres metros de alto y ancho, construida con cubos retráctiles de acero. De ella surgió la idea de formar un ejército llamado Yuxtaposición Hostil, compuesto de momento de seis piezas, que en el año 2011 Ferrando completará hasta el medio centenar.

El material de las esculturas de Víktor Ferrando es acero ferroviario, material reciclado de vías y convoyes adquirido a la Renfe y a FGV, compuesto de un metal especialmente resistente y cargado de una gran energía, que Ferrando asegura haber mantenido en sus obras, que constituyen una antena energética de características terapéuticas.

Víktor Ferrando no quiere aparecer como artista. “Que sea la gente que visita la exposición quien juzgue la personalidad del autor de las esculturas. Puede ser un herrero o cualquier persona animada por una sensibilidad estética. No tengo interés en que se clasifique a las personas por oficios. Esta obra la ha hecho un ser humano, y con eso basta… Podría haberla hecho a lo mejor un guerrero.”

“Yo me inicié en la creación escultórica practicando con el hierro, y sometido a la disciplina de un maestro herrero, al que le debo todo lo que sé de este oficio. Si uno va a los inicios de la civilización, se encuentra en seguida con los herreros. Ellos fabricaban utensilios para la guerra, pero también para la paz del hogar.”

El músico Luis Ivars ha compuesto el tema de fondo que se escuchará en la exposición, recreando de un modo armónico los sonidos de una forja y los propios de una estructura ferroviaria.

Víktor Ferrando ha participado con sus esculturas en eventos públicos, como el Festival de Cine de Sitges, la Ciudad de la Luz de Alicante y diversos eventos deportivos. En 2005 realizó su monumental pieza Elogio al Progreso (Homenaje a Miguel Hernández), para el Campeonato del Mundo de Vela Match Race. Esta escultura se encuentra desde entonces en una rotonda de la ciudad de Calpe.

Así mismo, ha expuesto en la Lonja de Alicante, en el Museo de Cáceres y ha participado en la Trienal de Arte de Praga 2008.

La última intervención de Víktor Ferrando ha sido la cesión de Existencia Coaxial al club Náutico de Valencia, con motivo del Trofeo Reina Sofía, el primer fin de semana de julio de este año.

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MUSEO VOSTELL EN MALPARTIDA DE CÁCERES

Julio 8, 2009 · Dejar un comentario

Esta acumulación de peñas son Los Barruecos de Malpartida. Vostell tuvo la ocurrencia de obsequiarlos con un coche de cemento empotrado en cemento. A las cigüeñas les dio igual.

Esta acumulación de peñas son Los Barruecos de Malpartida. Vostell tuvo la ocurrencia de obsequiarlos con un coche de cemento empotrado en cemento. A las cigüeñas les dio igual.

En Malpartida de Cáceres, un municipio rural próximo a la capital extremeña, se encuentra un museo urbano y cosmopolita, el Museo Vostell.

Wolf Vostell fue un artista alemán que participó en la gestación del movimento Fluxus. Fluxus  nació en Alemania Federal, aunque participaron en él artistas de varios continentes que residían entonces en Europa o en Norteamérica, donde Fluxus tuvo su impacto mediante los happenings, que fueron su principal manifestación.

Definir Fluxus es casi imposible. Esto es algo que buscaron y consiguieron sus creadores, Vostell, Joseph Beuys, Maciunas, Chiari, Hendricks, Simonetti, June Paik, y así hasta 31, que son los que tienen obra en el Museo Vostell, gracias a la donación que un galerísta italiano, Gino Di Maggio, le hizo.

En el catálogo del Museo hay una explicación muy expresiva de lo que fue Fluxus: “El movimiento Fluxus no tiene normas ni directrices, es un estado del espíritu, una nueva forma de arte, es elevar las cosas sencillas a la categoría de obras de arte. En Fluxus todo vale, sin embargo nada es imprescindible.”

Pilatos lke dedicó dos minutos a Jesús, según el título de esta pieza de Vostell. Y sin embargo, pasó a la historia. ¡Menudo récord!

Pilatos le dedicó dos minutos a Jesús, según el título de esta pieza de Vostell. Y sin embargo, pasó a la historia. ¡Menudo récord!

Wolf Vostell se casó con una extremeña, Mercedes Guardado Olivenza, en 1959. La conoció en Guadalupe, donde Mercedes era maestra. Al repasar el álbum de fotos familiar de la familia Vostell-Guardado se descubre a una pareja de jóvenes ataviados convencionalmente el día de su boda, él con traje elegante y ella de blanco. Esto es chocante, porque el artista ya andaba realizando happenings desde hacía dos años. Los happenings son la cosa menos convencional que puede imaginarse, de hecho son una agresión al convencionalismo. No obstante, sus organizadores los llevaban a cabo con todo tipo de permisos de las autoridades locales, planificación casi milimétrica y control de los eventos. Recorrían ciudades (París, Berlín, Chicago, Ulm) montando numeritos desconcertantes, en los que participaba a veces la población, a veces un selecto grupo de personas que viajaban en autobús a los escenarios donde se realizaban los actos.

Las cigüeñas son turistas que no necesitan reservas de viaje ni de estancia. Son aves de pico largo.

Las cigüeñas son turistas que no necesitan reservas de viaje ni de estancia. Son aves de pico largo.

Para conocer más de los happenings, médula espinal de Fluxus, recomiendo el magnífico libro 10 Happenings de Wolf Vostell, de José Antonio Agúndez, que además es director del museo. Conoció a Vostell en Malpartida, al principio de los 70. Vostell había descubierto los Barruecos, unas gigantescas formaciones de piedra granítica, asomadas a una laguna, y frente a un antiguo lavadero de lanas de los rebaños de ovejas que se reunían allí en el invierno. Eran los años de tardofranquismo y Vostell, un artista rompedor y comprometido, judío, antinazi, convenció al alcalde del pueblo para que no sólo cediera el lavadero, sino que le ayudara a restaurarlo. Así es como empezó el Museo, que hoy, después de algún bache y numerosas vicisitudes, está gestionado por al Junta de Extremadura, y es un ejemplo envidiable de cultura y adaptación al medio ambiente.

Las viejas instalaciones del lavadero de lanas acogen la colección privada de los Vostell-Guardado. El artista alemán representa en enormes lienzos las hipotecas de nuestro tiempo: el culto al coche, el ocio absurdo, la televisión. Y en instalaciones precursoras de lo que hoy es algo común (y bastance absurdo), Vostell evidencia su enfebrecida imaginación en un cochazo norteamericano en medio de un mar de platos Fiebre del automóvil, que barre con una especie de escobas; dos cuerpos, probablemente de dos accidentados, yacen en el suelo, rodeados por el festín de platos vacíos. Pero la instalación más nítida, a mi entender, es Depresión endógena, en la que una serie de televisores colocados sobre pupitres de estudiante o sobre mesas viejas, soportan el peso de la mierda de cigüeña y de cagallones de hormigón.

Lo más llamativo del museo es ¿Por qué el proceso entre Pilatos y Jesús duró sólo dos minutos?, una torre construida con un avión Mig soviético y tres automóviles (creo que Ladas, también soviéticos), pantallas de ordenador y dos pianos. Las cigüeñas han anidado en el monumento, y lo han dotado de una vitalidad que contrasta con  el absurdo anticonsumista de la columna.

Tres elementos de l amodernidad: el avión de combate, el coche utilitario y el ordenador.

Tres elementos de la modernidad: el avión de combate, el coche utilitario y el ordenador.

Vostell, que, como Beuys, empleó el hormigón como material de trabajo, empotró varios automóviles en cubos enormes de cemento armado. Uno de ellos yace a los pies de los Berruecos, rodeado de nidos de cigüeñas, omnipresentes en la provincia de Cáceres durante la primavera y el verano.

Visitar el museo Vostell de Malpartida de Cáceres es zambullirse en la tradición antiartística del arte que emergió en el dadaísmo, un estilo tambien muy europeo, y sobre todo alemán. ¿Es el antiarte una forma de arte? Vaya a Malpartida y compruébelo por usted mismo.

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